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DIARIO: The Legend of Zelda: Breath of the Wild - DIA 4

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Habiendo salido victorioso de un nuevo santuario observé la presencia de una curiosa edificación a pocos metros.

Me disponía a ir a ver qué onda con el dragón ese de madera, cuando de repente noto algo en el cielo nocturno: una estrella fugaz se precipitó a tierra. Fue cosa de un instante, pero al observar con la función de catalejo de mi tableta sheikah descubro que no fue una ilusión. ¡Allá hay un marcador!

No esperaba semejante evento y de repente ir a Kakariko me resulta menos prioritario. ¡Quiero ver qué es eso que cayó del cielo! Pero tan pronto como bajo el catalejo me encuentro con otra sorpresa: una muchacha se ha acercado a ver qué había pasado con el santuario. Se llama Sagesa y dice que viene del rancho de ahí en frente. Ah, mirá vos, esas estructuras tipo cabeza de dragón en realidad representan una cabeza de caballo y son ranchos donde puedo encontrar una cama para descansar.

Sagesa aprovecha para aconsejarme algunas recetas de cocina. Resulta que si mezclo ítems no-comestible puedo preparar pociones y elíxires, y la piba es tan macanuda que hasta me regala una poción. ¡Gracias!

Aprovecho que estoy cerca y voy a examinar ese rancho. Parece que allí también puedo registrar los caballos salvajes que consiga domar. Interesante, aunque todavía no he visto ninguno por la zona. Lo que sí veo es una cacerola al fuego, lista para usar, así que paso un buen rato haciendo de químico de cocina y obteniendo una buena cantidad de alimentos y elíxires gracias a toda la chatarra que tenía en la bolsa, aún luego de venderle buena parte a Bonto. Esto es bien fácil; ahora soy Link-El-Que-Prepara-Alto-Guiso. Si lo de derrotar a Ganon no se me da, podría poner un restaurante. Hay que pensar en el futuro.

También aprovecho para charlar con algunos de los viajeros que pasan por el rancho, entre los que se destaca una muchacha que dice que ya quiere llegar a Kakariko porque allí puede comprar ropas. ¡Uhm, ropas! Qué tentador, a ver si puedo cambiar estos harapos sucios que me dejaron en la cámara de la vida. Todo bien, muchachos, pero si soy el famoso héroe legendario me podrían haber dejado algunas pilchas más decentes, ¿no?

Ya con la bolsa colmada de manjares y estupefacientes varios encaro en dirección al marcador dejado por la estrella fugaz, que obviamente queda en dirección contraria a Kakariko. ¡Lo siento, Impa, pero esto es más importante! ¡No te me Impa-cientes!

Luego de recorrer buena parte del mapa veo a la distancia más de esos guardianes desactivados, pero igual avanzo con cuidado, a ver si alguno se hace el vivo y me dispara otro de esos rayos. Por suerte ninguno de los bichos reacciona, pero eso no impide que la entrada a la que parecían estar yendo cuando se desactivaron sea menos ominosa.

Atravieso el portal y encuentro un pequeño bosque al otro lado. Además de algunos panales de abejas que puedo llevarme (las abejas no estaban muy de acuerdo, pero buéh) también encuentro una cabañita. No había nadie en el interior, pero podía usar la cama para dormir. Acordándome de Ricitos de Oro decidí que mejor no me arriesgaba a que el edificio fuese propiedad de algún bicho letal. Además, estaba tras el rastro de una estrella, ¿no? Un momento...

...Caramba, ya no está el rastro de la estrella. ¿Será porque es de día? Pucha, me desvié del camino para nada... ¿O quizá no? Uhmmmm... ¿Qué es eso que veo allí?

¡Una torre! Bueno, ya que llegamos hasta aquí, bien podemos avanzar un poquito más y aprovechamos para activar aquella torre. Sí, y así podemos usarla luego para teletransportarnos a esta área. ¡Me encanta, vamos! A lo que también les encanta la idea es a la pantilla de bokoblins que merodea por la zona, pero no les causa tanta gracia cuando los agarro a espadazos. Lo que no me causa gracia a mí es que mi mejor arma se terminó de romper con este último ataque, pero por suerte los bokoblins tenían un arma mortífera que me llevé de recuerdo.

¿Quién cuernos usa un trapeador como arma? La pandilla de bokoblins que despaché, ellos lo usan. Y lo sorprendente es que... ¡es una buena arma! Buéh, "buena", pero es mejor que una rama y tiene un alcance decente... y más me vale, porque allá adelante hay un matón de mayor tamaño. Decido que prefiero atacar a distancia y ensartarle flechas como si de un alfiletero gigante se tratase, y en la caída del monstruo deja en el suelo su enorme garrote. Venga.

Llego a la base de la torre y me encuentro que está invadida por esas zarzas infames, pero también veo que hay un camino zigzagueante que lleva hasta la cima. Okay, podemos hacer esto.

Empiezo a escalar y a medida que voy subiendo tengo una creciente sensación de pánico al notar que mi nivel de resistencia se va a pique justo cuando estoy a un metro de alcanzar el primer descanso de la torre. Me canso y caigo al suelo, y como la torre está en una pendiente la gravedad hace el chiste de dejarme rodar un par de docenas de metros hasta que me puedo recuperar. Tremendo. Vuelvo a probar... vuelvo a caer. ¡Ah, pero a mí no me va a ganar! Por suerte fui precavido y preparé aquellos elíxires en el rancho, así que usemos eso.

Subimos... escalamos... escalamos... se nos está por terminar la energía... abro mi inventario y empiezo a revisar mis comestibles, a ver: aumentar fuerza, aumentar poder de ataque, resistir el frío, aumentar el sigilo, aumentar la defensa, aumentar temporalmente el máximo de corazones... mmmhhh... síp, jamás preparé el elíxir de recargar energía, y allá viene otra vez el suelo a toda velocidad.

Cuando recuperé el conocimiento decidí que iba a dejar ir a la torre con una advertencia y que lo mejor era volver al plan original y viajar a Kakariko, así que meta teletransporte al santuario frente al rancho y a reanudar el viaje, que aquí no ha pasado nada y si Impa se entera de esto seguro que se Impa-cha de la risa.

Justo al pasar por el rancho me encuentro con un tipo llamado Hinagan, que me pregunta si conozco la luna carmesí.

¿Lo qué? Por lo visto es un evento que ocurre una vez cada cierta cantidad de noches. La luna se pone color rojo y el mal renace en Hyrule. Dicho de otra forma, todos los bichos que mataste vuelven a aparecer. Esto es obra de Ganon, sin duda. Bueno, por un lado, mal, porque el peligro en Hyrule es constante. Por el otro lado... ¡che, ahora ser superhéroe es mucho más rentable! ¡No va a faltar laburo! Definitivamente tengo que ir a comprar ropa a Kakariko, así me disfrazo de superhéroe y salgo a repartir justicia. Hmm... todavía necesito un arma icónica. Un paso a la vez.

Y un paso más adelante me encuentro con este... individuo.

Caramba, es la versión king-size de esos simpáticos Kologs. Se llama Obab y parece muy contrariado porque una pandilla de bokoblins le robaron sus maracas. ¡Eh, me da una misión! ¡¿Hay misiones  a cumplir?! Esa idea de ser superhéroe cada vez me gusta más. ¿A ver? Ajá, hay que ir a una cuevita cercada, darle una paliza a los malos y recuperar las maracas. Descuidá, Obab, estás hablando con Link-El-Que-Hace-Los-Mandados; enseguida te lo soluciono.

Y realmente fue enseguida, porque los villanos estaban a pocos metros de distancia y no fueron rivales para mi armamento mejorado, amén de haber recolectado un par de piezas más fuertes durante mi desvío para buscar esa estrella fugaz. Al menos para eso me sirvió. ¡Ah, y ahí están las famosas maracas!

Vuelvo corriendo a darle las maracas a Obab y el tipo se pone recontento, aunque lamenta que le faltan semillitas a las maracas. De inmediato tengo la premonición de lo que se viene, así que tres... dos... uno... síp, Obab dice que necesita esas semillas kolog que esos pequeñines me han estado dando cada vez que los encontraba en el mundo. ¡Ah, pero hay premio! Obab dice que puede aumentar la capacidad de mi alforja si le doy semillas kolog, así puedo llevar más armas, escudos y arcos. Lo que no entiendo es por qué no puedo guardar esas cosas en la alforja de los ingredientes e ítems misceláneos, que parece tener capacidad infinita. Esos pequeños caprichos de la vida, viste.

Le doy a Obab el puñado de semillas que junté y el tipo se manda un bailecito simpático cada vez que aumenta la capacidad de mi alforja. Gracias, Obab, estoy seguro que serías una sensación en YouTube. Sigo mi camino y encaro en ruta hacia la aldea Kakariko y, de alguna forma que no puedo asegurar, terminé trepado a la pared del acantilado y me mandé hacia la cima. No sé, ¿me pareció mejor idea? ¿Me servía para cortar camino? Pero no importa, porque acabo de llegar al borde, y allá abajo veo civilización.

Fantástico. Ahora nada más es cuestión de bajar y encontrar a Impa, que estoy seguro que no le va a molestar el que me haya desviado tanto del camino. Apuesto a que es Impa-rcial.

Link-El-Campeón-Del-Stand-Up. Sí señor.

CONTINUARÁ...


¿Te perdiste alguna parte? ¡Leé las anteriores!

DÍA 1: Despertar

DÍA 2: Mil y un formas de morir en Hyrule

DÍA 3: Nuevas tierras, viejos problemas

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