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DIARIO: The Legend of Zelda: Breath of the Wild - DIA 3

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Vooolaaare, oh-oh... Caaaantaaare, uh-oh-oh-oooh...

Esto de andar en paravela está buenísimo. Me siento un superhéroe. Solamente necesito una capa, un arma icónica y un nombre. "Link, el Despachador"... no, no suena bien. "Link, el Héroe"... no, muy genérico. Buéh, ya pensaremos en algo. Además, con los harapos que llevo puesto seguro que me dicen "Link, el Vagabundo". La gente es mala y comenta. En fin.

Enfrascado en esos pensamientos todo tierra y observo los alrededores. Me está cayendo la ficha de que ahora me encuentro en terreno desconocido, de modo que lo mejor que puedo hacer es ir con cuidado. Tras avanzar unos metros veo el primer punto de interés de mi viaje: una extraña columna que se yergue a un lado del camino. Lógicamente, voy y la trepo.

Más lógicamente todavía, lo alto de la columna es imposible de agarrar debido a su ángulo pronunciado, así que se me resbalan los dedos y me precipito al suelo. Lo bueno es que tengo mi paravela para suavizar la caída. Lo malo es que me olvido de usarla y el piso me da un beso en toda la cara.

Quitándome el polvo y la vergüenza regreso al camino marcado y emprendo la ruta hasta el punto señalado en mi mapa, la supuesta Villa Kakariko. Por supuesto que sería mucho más fácil si el mapa mostrase la geografía de la zona, pero creo que hasta que no escale la torre de esta área voy a tener que andar un poco a ciegas. Para colmo, es de noche y hay varios bichos nuevos por aquí. En especial aquel bokoblin de allá, que le está detallando sus derechos a un pobre infeliz al ritmo de su cachiporra--Un momento, ¿qué fue lo que dije? ¡Una persona en apuros! ¡Atrás, que Link-El-Que-Quiere-Ser-Superhéroe está en camino!

La verdad es que solamente era un enemigo y lo despaché rapidito, pero lo que me importa ahora es ver si este tipo que estaba siendo atacado está bien.

Se llama Bonto y es un comerciante. Me agradece que lo salvara del enemigo y me ofrece comprar/vender items. Es en este momento en que por primera vez me doy cuenta que todavía no había visto ni una miserable rupia en todo el juego, así que imagínense mi sorpresa cuando le empecé a vender cosas a Bonto y se me llenaron los bolsillos de gemas.

Es interesante todo el tema del comercio, en especial para deshacerme de la media tonelada de cuernos de bokoblins que estuve juntando de manera compulsiva durante las últimas horas. No sé qué harás con tantos cuernos, Bonto, pero ese no es asunto mío. Prefiero seguir mi camino y ver cómo hago para llegar hasta Kakariko.

Al cabo de unos minutos noto una irregularidad en una de las paredes de roca cercanas.

Ya me parecía que extrañaba algo, y ese algo eran las paredes obviamente diseñadas para ser voladas en mil pedazos; así que saqué una de mis bombas infinitas y convertí ese accidente geográfico en un accidente premeditado. Había un pequeño tesoro oculto bajo todas esas rocas. Cómo llegó allí, no lo sé y no me importa; lo único que sé es que ahora reposa en las profundidades de mi bolsa de ítems que, por cierto, es bastante más grande de lo que suponía. ¿Cómo es que puedo cargar tal cantidad de armas, escudos alimentos e ítems varios? Supongo que es otra de esas cosas que no debo cuestionarme, a riesgo de romper el Espacio/Tiempo.

Tras perderme al doblar en una curva decido que va a ser todo más fácil si enciendo la luz o, dicho de otra forma, si me trepo a esa estúpida torre que veo allí cerca y la activo para actualizar mi mapa... así que eso fue lo que hice. Debo decir que si antes cuestionaba al que diseñó estas torres y no le puso una escalera en espiral para descender de forma eficiente, lo cuestiono mil veces más cuando se trata de subir hasta la cima. ¿¿Cómo hacían los sheikah para subir esto?? Bah, seguramente en aquella época estaba todo siempre activado, así que solamente se teletransportaban. Qué vagos. Gracias por pensar en los pobres infelices que debemos meterle pata al asunto, ¿eh?

Pero bueno... llegamos a la cima y allá está el panel para mi tableta sheikah... y ahí la activamos. ¡Al fin!, ahora puedo ver esta zona del mapa.

Caramba, parece que el camino más seguro es el que atraviesa los Picos Gemelos, a menos que quiera hacer de alpinista y escalar cuarenta kilómetros de rocas empinadas. Creo que por ahora voy a seguir por el camino, así que emprendo viaje hacia los Picos Gemelos, un ícono de la geografía local y excelente lugar para sacar fotos y venderlas como postales, onda "Aquí nos dimos un Pico", o "Tardamos cuatro horas y Pico en llegar". Yo debería ser gerente de márketing.

El paso de los Picos Gemelos es impresionante y ligeramente aterrador, ya que en cuanto mirás hacia el cielo te das cuenta que toda la ruta está a un terremoto pequeño de ser sepultada por incontables toneladas de montaña, así que yo procuro mantener la vista al frente, porque así además puedo ver los grupitos de enemigos que esperan más allá. No son difíciles, pero ya voy notando un aumento en la dificultad de los combates, así como una mejora en la calidad de las armas y escudos que estos bichos sueltan al caer.

Finalmente salgo de los Picos Gemelos y encaro hacia el norte, atravesando un puente y encontrando justo al paso un nuevo santuario. ¡Qué bueno! Salgo corriendo a su encuentro y... ¡ZAZ!, no vi la barrera de zarzas espinosas que rodean la entrada del santuario.

Lo que me insulta de esta situación, mientras me quito espinas de las piernas, es que tengo actualmente en mi inventario al menos seis armas con filos cortantes, y ninguna de ellas me sirve para podar esta obra de la Naturaleza caprichosa de Hyrule. Le doy vueltas a la situación, intentando ver cómo hago para superar este obstáculo. Un vistazo a los alrededores revela que la pared cercana del acantilado es lo suficientemente baja como para escalarla y suficientemente alta como para usar mi paravela y planear hasta el santuario, así que paso los próximos cinco minutos dándole envidia a Tom Cruise con mi fantástica habilidad para treparme por ahí sólo con mis manos desnudas. Llego a la cima, apunto en dirección al santuario, salto, activo la paravela, floto hasta llegar al punto indicado y suelto para aterrizar en el blanco. ¡JA! ¡Yo soy Link-El-Que-Da-En-El-Blanco!

...inmediatamente me doy cuenta que el santuario está en un charco de agua y que podría simplemente haber usado mi poder de criogenia para elevarme en un bloque de hielo y saltar al interior del círculo de espinas en cuestión de segundos. Soy Link-El-Que-No-Quiere-Que-Se-Vuelva-A-Mencionar-Esto.

Decido que mejor me meto al santuario, donde me espera un lindo puzzle que no tengo problemas en resolver (fascinante, considerando lo que acababa de ocurrirme afuera). Agarramos la orbe de valor y huimos. Afuera ya es de noche, y allí, a pocos metros, veo una edificación que invita a ser investigada.

Pero eso será en el próximo episodio.

CONTINUARÁ...


¿Te perdiste alguna parte? ¡Leé las anteriores!

DÍA 1: Despertar

DÍA 2: Mil y un formas de morir en Hyrule

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