The Division 2
Opinion

Tom Clancy’s The Division 2: Postales desde la Casa Blanca

Después de combatir hordas interminables de enemigos, Chopper trae sus primeras impresiones del nuevo juego de Ubisoft.
 

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Por: Jeremias Curci

Al momento de escribir estas líneas, llevo acumuladas un total de 20 horas transitando los alrededores de la Casa Blanca en la Washington DC de The Division 2. Contra todo pronóstico, estoy muy lejos de completar lo que sería la campaña principal: he visto tan solo un tímido 25% de su totalidad -la manía de medir todo lo que hacemos es una de las cosas que más me gusta de este juego.
Así y todo, no han pasado pocas cosas. The Division 2 viene para expandir absolutamente todo lo bueno del primer juego, sazonando el plato principal con ideas innovadoras y más contenido.

Ante todo, necesito hacer la aclaración: la primera incursión de Ubisoft en este género inaugurado ante las masas por Destiny siempre me resultó una experiencia redonda, al menos dentro de la campaña para un jugador. Aunque necesitaba ajustes, la jugabilidad se me antojaba responsiva y las misiones tenían una inventiva que se alejaban mucho de la monotonía que planteaba el tanque de Bungie. Pero no todo fue color rosa: el “endgame”, que es donde quienes juegan este tipo de títulos pasan la mayor parte del tiempo, nunca estuvo a la altura de las circunstancias.

Como podrán imaginarse, estoy a una distancia considerable de esa posición. Puedo decirles que en esta oportunidad tenemos varias Dark Zones o “zonas oscuras” que repiten la mecánica del primero. Habrá también eventos más grandes y masivos dentro de lo que se conoce como el “Year One”. Y definitivamente, es un juego que está mejor pensado para el juego en equipo, ya sea con amigos o desconocidos: el matchmaking funciona perfecto, encontramos partidas enseguida y además, se las ingenia para mantener el progreso de cada jugador recompensando sin importar si éstos están en distintas etapas de la campaña principal.

El loot también fue algo que recibió duras críticas y en este sentido tengo buenas y malas noticias. Por un lado, The Division 2 sigue siendo un juego militar a la Tom Clancy: con esto quiero decir que si bien se toman ciertas libertades tecnológicas, es un juego “con las botas en el suelo”. No hay lugar para la fantasía. Si no se coparon con la pornografía armamentística del primero, acá no van a encontrar una oferta superadora. Por el otro, las opciones de personalización ahora son enormes, y el meta de estar farmeando elementos para apropiarnos de las armas desde lo estético funciona muy bien. Podemos hacer bastantes cosas jugando, pero también tenemos microtransacciones. Sí: está lleno de ropitas, trajes, skins y demás chirimbolos que harían las delicias del gamer más fashionista.

De momento, no obtuve recompensas exorbitantes en ninguna de las misiones que me tocaron hacer. Supongo entonces que lo mejor llegará cuando pise los convulsionados confines de la Dark Zone. Pero vayamos a lo que sí puedo contarles, que tiene que ver con todo lo que pude jugar durante estos días.

Aunque un vistazo rápido nos puede invitar a concluir que estamos básicamente ante el mismo juego que la entrega anterior, basta con trastear un par de horas con los mecanismos de The Division 2 para entender que hay un paso hacia adelante en factores que resultan fundamentales. El más importante sin dudas es el combate, el cual se ve enriquecido en primer lugar por una inteligencia artificial implacable y sin ningún tipo de piedad, que no va a dudar en llenarnos de plomo ante la primera de cambio. Con sorpresa, fui testigo de mi propia muerte mientras era flanqueado por toda clase de enemigos con distintas habilidades.

The Division 2 nos obliga a utilizar todos nuestros recursos.

Los he visto venirse encima con un hilo de vida mientras recargaba mi fusil, casi en un acto kamikaze; así mismo, los he visto retirarse en busca de aliados. Patrones impredecibles y distintas tendencias de combate según el entorno: mis enemigos poseen un sentido espacial y situacional que da gusto ver, así implique morir reiteradas veces, porque The Division 2 es un “shooter looter”, y algo propio de este género es que rápidamente se vuelve todo una tarea mundana y tediosa. Son duros, pero no tan esponjas de balas como antes, principalmente porque hay una inteligencia en el formato de los pelotones que nos asedian: siempre nos enfrentamos a combinaciones que buscan sacar lo mejor de nosotros.

A su vez, las armaduras incorporan un sistema de puntos débiles que podemos destruir para infligir daño localizado. Esto, sumado a nuevos cacharros como los drones, las libélulas (una especie de enjambre robótico de alguaciles asesinos), o mismo la utilización de armas químicas cierran un apartado jugable que resulta muchísimo más compacto y redondo que el de su antecesor, repleto de alternativas que derivan en una libertad absoluta de experimentación y por qué no, expresión.

Nueva York es una ciudad encantadora, pero el cambio de locación no le sienta mal a The Division 2: el escenario es enorme y combina siempre segmentos de interiores y exteriores, mostrándolo todo con una factura técnica realmente soberbia. Encontramos una vez más edificios y monumentos -con documentación histórica real- y muchísima más vida en las calles, dentro de lo que el planteo del juego permite. Patrullas aliadas y enemigas en busca de provisiones; escaramuzas intensas; animales domésticos y salvajes conviviendo en calles donde la vegetación lo comió todo: The Division 2 genera climas muy intensos, acentuados por una climatología -valga la redundancia- que lo torna todo más espectacular.

Enemigos más variados, letales y sobre todo, muy inteligentes.

Mientras abrimos paso por los primeros barrios, comprobamos que hay una enorme cantidad de misiones principales y secundarias, pero también hay actividades que recompensan con mejoras e insumos para los distintos refugios y puntos seguros. De forma práctica, estas mejoras consisten en ciertos ítems o habilidades, pero desde lo narrativo, hay un valor muy importante en la manera que se refleja la vida de quienes militan en la resistencia. Niños correteando y jugando videojuegos (nosotros les conseguimos las consolas), comedores, huertas de terrazas. Todo se siente vivo, orgánico; siempre nos sentimos parte de ese lugar.

Tengo que reconocer que en términos de “interacción”, no hay más opciones que apretar el gatillo constantemente. Por fortuna, la estructura de las misiones y sobre todo, la jugabilidad, acompañan lo suficiente para tenernos siempre enganchados con el pad -o lo que sea con que lo jueguen- en la mano. Todavía queda muchísimo por recorrer pero no me tiembla el pulso en decir que estamos ante un muy buen juego, cargado de buenas decisiones: tanto las que tienen que ver estrictamente con lo jugable, como también en mejoras de calidad de vida en lo que respecta al manejo de inventario y distintos sistemas de seguimiento de progresión y personalización. The Division 2 supera todo lo que hizo el primero y si el endgame acompaña, tranquilamente puede ocupar ese lugar de “forever game” que una vez supo ocupar Destiny. Y eso no es poca cosa. El veredicto final llegará pronto. ¡Estén atentos!

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