¿Qué significa, para vos, el gaming japonés?
Opinion

¿Qué significa, para vos, el gaming japonés?

La relación con los videojuegos tiene un factor emocional que no se puede separar de nuestra visión de la industria - como este redactor experimentó en carne propia durante la última E3

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Por: Ignacio Esains

Creo que todos estamos de acuerdo en que la edición 2019 de E3 fue bastante floja. El único gamer al que vi realmente emocionado durante la semana fue a mi compañero Rippy Rizza, que el martes por la mañana salió a toda velocidad de la redacción al hospital a recibir a su primer hijo.

Pero mientras Rippy pasaba por el día más feliz de su vida, yo, en mi infinito egoísmo, temblaba frente al desafío que tenía por delante: transmitir la conferencia de Nintendo sin la compañía del periodista de gaming que más sabe sobre el tema.

Mi estrategia para superar la tarde fue jugar el rol del contrera frente al genial V. Dylan, que se autodescribe como “jueguitólogo” y entendió el código a la perfección. No sólo era una forma de mantener la transmisión entretenida para el que no comulga en la iglesia de la Gran N, sino de enmascarar mi propio desinterés (y, lo admito, desconocimiento) del material de la empresa.

No es que no conozca la historia de Nintendo, sus personajes, sus hitos, sus creativos. No es que no haya jugado sus franquicias más importantes. El problema es que no tengo una conexión emocional real con la compañía, al no haber sido poseedor de ninguna de sus consolas en la infancia y adolescencia, más allá del noble Family Game en el que podía jugar Super Mario Bros. pero no Zelda, ni Metroid, ni siquiera un mísero Kirby

La conferencia de Nintendo no me movió un pelo. A pesar de haber disfrutado muchísimo Breath of The Wild, no siento el impulso de festejar una secuela de la que no se nada. Jamás entendí el atractivo de Pokémon como juego (los bichitos los amo). No conecto con el humor de la serie Luigi’s Mansion ni con la estética de Link’s Awakening. Por supuesto, la audiencia en el chat no compartía mi sobreactuada apatía, pero entre los comentarios indignados que esperaba (y que de cierta manera estaba invitando) hubo un par que me desestabilizaron.

Porque en medio de mi nube de desinterés/desconocimiento de Nintendo se me pasaron otras cosas, que los comentaristas ofendidos, a su vez no dejaron pasar. No reconocí la música de Dragon Quest antes de que presentaran al héroe como un nuevo personaje de Smash. No conecté los dragones voladores con Panzer Dragoon, y tardé en identificar al elenco de ese Contra absolutamente deforme que presentó Konami (basta, Konami).

A mi avanzada edad y con una década de trabajo como periodista especializado ya no rindo examen sobre conocimiento de videojuegos (y menos frente a un tribunal de fanboys indignados), pero no voy a negar que esos baches me preocuparon. A lo largo de mi carrera en Malditos Nerds (y Loaded) siempre exalté el gaming japonés, pero si estas tres franquicias gigantes me pasaron por encima y la misma gran N me es indiferente ¿soy realmente un fanático de los juegos de ese país? ¿o tengo que comprarme un Elite Controller y entregarme a los dulces brazos de Master Chief?

Listo para decir adiós a mi fake love por Japón, abrí el baúl de los recuerdos y me puse a investigar un poco las raíces de esa admiración por los juegos de este origen… ¿cuál era mi idea del gaming japonés en mi infancia como gamer que sólo tenía acceso al antiquísimo sistema operativo de PC MS-DOS?

Para eso tuve que empezar con la primera vez en la que reconocí un producto como japonés: las aventuras del robot gigante Mazinger Z, en 1986, que me obsesionó con la violencia godzillesca de sus combates y la intensidad dramática de la relación de Koji Kabuto y su novia Sayaka, a la que cacheteaba con mayor frecuencia que André a Kuliok (sí, el animé ya era problemático en esa época). De Mazinger pasé a Robotech, Candy Candy, y lo que los canales de aire dejasen vislumbrar en esos años de sequía otaku.

Pero mi primer juego japonés no tuvo nada que ver con un animé, sino que era algo cercano a lo que yo ya reconocía como un RPG (niveles laberínticos, combate por turnos, personajes con distintas habilidades que subían de nivel y acumulaban objetos). Pero no era un Final Fantasy, un Dragon Quest, ni siquiera algo más esotérico, como un Ys o un Phantasy Star.

Su nombre era Psychic War, y era absolutamente incomprensible. La acción toma lugar en simultáneo en siete ventanas distintas. Una de ellas tiene a nuestro equipo de simpáticos combatientes alienígenas, otra descripciones de texto, la de más allá una rudimentaria visión 3D de la estación espacial que ocupamos, hay números sueltos que no tienen significado claro, un mapa indescifrable, y una enorme chica animé en traje de baño que no es parte de la historia pero hace lo posible por simular que esta pesadilla gamer tiene algo de sexy.

Psychic War no tenía tutorial, cinemáticas, ni manual perdido en esos (claramente pirateados) diskettes. Había sido traducido sin mucho esfuerzo y comercializado en Estados Unidos por Bröderbund, el mismo estudio que sacaba Prince of Persia y los juegos de Carmen Sandiego. Años después descubrí que era la secuela de un RPG de MSX llamado Cosmic Soldier, que por supuesto nunca había salido para PC, no tuvo remakes, ni pasó a la historia. No conozco personalmente a nadie que lo haya jugado, pero es una parte inseparable de mi historia personal del gaming japonés.

Hoy hay muchos gamers que no tienen el dinero para acceder a juegos narrativos y eligen experimentar Life is Strange o The Last of Us a través de YouTube. En mi infancia hacía algo parecido con las revistas españolas que llegaban a Buenos Aires. Jugué el primer Metal Gear completo en 1989, siguiendo los mapas y la solución (narrada, por alguna razón, en primera persona) de la revista Input Micros MSX, y mi única experiencia de Super Nintendo en una década fueron los videos promocionales llamados “El Cerebro de la Bestia” que venían con la Hobby Consolas. 

Y mientras tanto, jugaba en PC todo lo que parecía medianamente japonés. Mi primer Metroidvania, y el que ocupó en mi corazón el lugar que Zelda, quizás, ocupe en el de Rippy, se llamó Zeliard - un RPG de acción con una banda sonora memorable que hasta hoy considero brillante. Pasé horas tratando de resolver J.B. Harold Murder Club, una aventura que resultó haber sido un modesto éxito en su país de origen, y llegué más lejos de lo que esperaba al épico simulador de shogun de Koei Nobunaga’s Ambition.

¿El primer JRPG que terminé? Cobra Mission, una aventura hentai bastante más ambiciosa que lo que su picante género sugiere.

De ahí las fichas van cayendo en lugares más predecibles. A fines de los ‘90 llega PlayStation y los juegos de Konami y Square dominan mi dieta gamer, al mismo tiempo que los emuladores de PC me permiten terminar los JRPG esenciales y pasar de Final Fantasy a Suikoden, de Megami Tensei a Valkyrie Profile, de Snatcher a D.

Una década después pude usar mi lugar de privilegio en la revista de gaming más vendida de Argentina para publicar una de las pocas críticas positivas del (sostengo, genial) Lightning Returns, descubrir y analizar los juegos de Kotaro Uchikoshi, y pelear una portada de Catherine de la que todavía estoy orgulloso.

¿Qué pasó entonces con esos juegos que me quedaron colgados? ¿esa evidencia incuestionable de que el gaming japonés no es lo mío? Contra me pasó de largo porque mi compañera de batallas co-op era mi hermana, y preferíamos Snow Bros. y Bubble Bobble a los juegos de tiros. Panzer Dragoon es uno de esos juegos que conozco más de nombre, ya que Sega Saturn nunca llegó acá, el port a PC era pésimo, y sólo nos quedó soñar con el aclamado RPG Panzer Dragoon Saga. Dragon Quest… no hay excusa, más que los juegos son mortalmente tediosos. Los primeros siete parecían prehistóricos frente a los Final Fantasy de SNES, el octavo era tan lindo como repetitivo, y sólo llegué al final del noveno, de DS, en el que podías crear tu propio personaje.

Es imposible negar que todavía tengo baches en mi conocimiento, algunos de los cuales nunca voy a llenar, por tiempo o por elección personal. No voy a jugar ningún Pokémon más de lo necesario. No voy a hacerme profesional en los fighters de SNK. No voy a platinar el nuevo Dynasty Warriors, a menos que la saga alguna vez vuelva a encontrar el rumbo.

Nunca voy a ser un experto en gaming japonés, pero este viaje por mi historia personal (gracias YouTube, GoG, Internet Archive) me hizo reforzar mi conexión con el gaming japonés, con su inventiva, su avidez por los riesgos, su sentido del humor y (lo que para mí es lo más importante) su interés por contar historias humanas, pequeñas, cotidianas aún dentro de lo épico.

Mi relación emocional con el gaming nunca va a ser la misma que la tuya. Tratar de compararlas o evaluar el nivel de compromiso de acuerdo a un canon imaginario minimiza mi experiencia y la del otro - convierte un viaje personal en una acumulación de achievements de Xbox. Es como rankear destinos vacacionales de la Costa Atlántica: seguramente Miramar pierda en tu ranking porque no te diste tu primer beso debajo de una sombrilla en el balneario Pleamar.

No aprendí mucho sobre Zelda ni sobre Dragon Quest en el direct de Nintendo de la E3, pero sí decidí que es hora de retirar al personaje sarcástico, ese contrapunto que antes me parecía imprescindible en cualquier debate sobre gaming. No me parece que el marketing deba ser celebrado, pero el entusiasmo está atado a cosas más profundas que el consumismo.

Este año voy a asistir a mi primer Tokyo Game Show, y la ansiedad me carcomía porque ¿qué voy a inventar cuando tenga que rendir examen sobre Granblue Fantasy o Fate/Grand Order? ¿cómo voy a explicar que no crecí abrazando un almohadón con forma de Sonic? ¿qué va a pasar cuando me abrumen los juegos que no conozco? 

Hoy, gracias a mi viaje por la memoria, tengo la respuesta: no va a pasar nada. Porque el gaming japonés, aún a su manera inabarcable, excéntrica y caprichosa, me recibió una vez con los brazos abiertos. Lo va a hacer de nuevo.

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