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Shoujo: Mucho más que animé para chicas

En la entrega semanal del Animartes, Johanna nos contó un poco sobre un género bastardeado en el ambiente.

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Definir el shoujo puede ser una tarea muy compleja porque puede ser múltiples cosas al mismo tiempo: el género paraguas de manga, animé, literatura y tv, una representación de género, y la palabra “muchacha”. Todas están intrínsecamente relacionadas entre sí, pero para poder entender el nivel de complejidad en el que se yuxtaponen, hay que tener una pequeña clase de historia.

Allá por el 1900, en el período Meiji, empezaron a serializarse una serie de publicaciones llamadas shoujo, orientadas a mujeres que incluían no sólo códigos de vestimenta, consejos de maquillaje, recetas de cocina, que estaban fuertemente cargadas con propaganda imperial. Básicamente, eran una bajada de línea sobre cómo, las mujeres japonesas, tenían que comportarse y entrenarse para ser funcionales a sus futuros maridos, la sociedad y su lugar como ciudadanas. Ésta forma de adoctrinamiento, duró casi 60 años, dentro de los que empezaron a surgir publicaciones de kodomo shoujo (orientadas a niñas pequeñas) y editoriales de manga orientados a adolescentes; generando una presión social y cultural de género que impulsó a una gran revuelta llamada Uman Ribu, o la revolución feminista asiática de los años ‘60.

Éstas mujeres no sólo cuestionaban su lugar y condición como mujeres dentro de éstas condiciones impuestas por el imperio, sino también, cosas como la libertad de expresar su sexualidad libremente sin estar atadas a un yugo familiar, la libertad de expresar su feminidad como considerasen más adecuada a su individualidad y no a los estándares rígidos que se imponían desde el gobierno.

Éstas activistas entendían que mientras podían encarnar sus ideales como mujeres dentro de sus propios límites y espacios, no podían excluirse de la patriarcal dinámica de poder en la sociedad, y honestamente, tampoco estaban buscando eso. Trataban de cambiar la sociedad al rechazar las expectativas de género de su época y ofreciendo otras posibilidades, no removiendose de la sociedad como un conjunto. Finalmente éstas mujeres logran remover la inherente impronta negativa en el arquetipo de mujer y promueven la legitimidad de la expresión femenina y la autodeterminación. Fue ésta libertad (ésta habilidad de considerar más de un tipo de expresión femenina como válida y auténtica) que permitió al shojo como un género salir a la luz. Previo a éste movimiento de los 60’s y 70’s, no había intentos de mostrar una pluralidad de voces.

Volviendo a la definición literal de la palabra, shoujo es “mujer joven”, pero actualmente, en el Japón contemporáneo, también es una especie de tercer género independiente de sexualización, porque incluso luego de esa revuelta el shoujo sigue definiendo un arquetipo de mujer. El arquetipo de mujer que, aún hoy, sigue existiendo como una mirada masculina de una forma alternativa y sesgada de la expresión sexual.

Una “chica shoujo” es simultáneamente todo lo que los japoneses esperan de una mujer y al mismo tiempo todo lo que esperan que sus hijas jamás sean. Es inocente, femenina, admira a la autoridad y sus hobbies e intereses son inocuos o relegados a tareas hogareñas o típico de mujer. Pero al mismo tiempo puede ser dominante, emocional, extremadamente sexual, consumista y al mismo tiempo intenta constantemente ser “tierna” o kawaii. Artísticamente se ve como una nena, con figura de muñeca, ojos enormes, boca pequeña, una cabeza desproporcionada para para su cuerpo “adulto”. También dentro de algunos de sus subgéneros, puede haber una idea de cierto empoderamiento femenino, gracias a que muchas de éstas protagonistas pelean con violencia con fuertes convicciones y muchas características que en occidente se verían como masculinas; personajes como Sailor Moon, Princesa Mononoke, pero también en Naruto, Pokemon y Fruits Basket. Y por otro lado, dentro del mismo género son deshumanizadas y objetificadas, cosa que ciertos subgéneros utilizan como plot device en orden de atraer a la audiencia masculina.

El shoujo empezó como una categoría de modernización de la sociedad, en donde las mujeres eran adoctrinadas como futuras esposas y madres, pero rápidamente se convirtió en algo más. Y las presiones de esos estándares, se transformaron en ansiedades generalizadas sobre la responsabilidades de la adultez, pero mostrarlas no eran aceptables públicamente (pre revolución de Uman Ribu) y se canalizó en una subcultura en donde se pudieran expresar fueron literal y simbólicamente representadas. Y ahí nace lo que conocemos como el shojo en el manga y la literatura propiamente dichos.

El trabajo de la novelista Yoshiya Nobuko influenció fuertemente y ayudó a darle forma a la cultura de las chicas de su época. Una abiertamente lesbiana escritora de ficción nacida a finales del siglo 19, es conocida por su empática y repetitiva celebración de lo ultra femenino. Saltó a la fama primariamente en 1920 por sus serializaciones y novelas, donde estilísticamente se distinguía de otras publicaciones con descripciones muy intensas y es considerada la piedra angular de la cultura Shoujo. Al celebrar la vida de chicas y mujeres, su resistencia a éste estatus quo no pasaba por la difamación del sistema familiar japonés, sino el énfasis en el valor y virtud de la feminidad y emocionalidad japonesa, independientemente de su lugar en un rol familiar.

Más o menos por el mismo tiempo, el gobierno japonés creó internados para transformar jovencitas en éste pináculo de moralidad, pero como efecto colateral creo un espacio amorfo de falta de supervisión de figuras masculinas. Y ésto parece una boludez, pero en una sociedad tan patriarcal, ésto transformó generaciones de jóvenes que cambiaron el paradigma de que representaba ser una mujer su era. Éste fue el reino del shoujo. Sin la supervisión masculina, las mujeres en éste espacio fueron vistas como peligrosas, corruptibles y moralmente cuestionables; incluso hasta vistas como una especie de tabú en su forma de relacionarse con otras y accionar, cuyas acciones llevaron a nombrar la generación como “furyo shoujo” o “chicas malas” (aunque furyo -不良- implica no sólo maldad, sino también inferioridad y delincuencia) y ésto se trasladó a la literatura.

Chicas creando su propia atmósfera cultural (con un aire de exclusividad y sirviendo sólo a intereses femeninos) no fueron vistas de buena manera. Las “chicas shoujo” estaban enfocadas en sí mismas y en sus deseos y espacios personales, y sus intenciones fueron vistas como modelos y formas de escapismo. Una de las famosas novelas de Nobuko “Dos vírgenes en el ático”, habla de cómo las protagonistas buscaban escapar de la posición de esposa sin negar la existencia de su deseo sexual. Cuestión que va a definir a éstos inicios del shoujo, además de a ésta novela. Esencialmente, el shoujo quería la posibilidad de desear y no ser el objeto del deseo. Sin embargo el matrimonio seguía siendo la finalidad de éstas jovencitas, y si no querían ser esposas existía sólo otra forma de entenderlas: como niñas. Esta visión infantilizadora tanto las retiene de las responsabilidades de la adultez y les ofrece la posibilidad de no ser sexualizadas. Y así definimos al shoujo: un incómodo contraste de una joven mujer experimentando la madurez sexual por primera vez mientras expresándose a sí misma con el comportamiento y la imagen de una niña.

En la Japón contemporánea, la cultura shoujo se extiende al género paraguas del que hablamos y que conocemos y define la vida de cientos de mujeres que aún hoy en día sienten una presión por ser de una forma determinada y además se las vé de esa forma por el otro género: el boom explosivo del pop-shoujo (o las novelas ligeras de shoujo) en los medios así como el abrazo colectivo a la cultura kawaii resultó en consecuencias extremadamente serias. Primero, porque el pop-shoujo pasó de ser éste movimiento de mujeres empoderándose y definiéndose ellas mismas a una caracterización tomada por los medios masivos de comunicación y aggiornado para complacer a una audiencia masculina, despojandolo de cualquier connotación feminista. El shoujo pop de los medios masivos no adoptó la infantilización y la cultura kawaii como medios de escape; por el contrario, la aniñada feminidad es una parte inherente de los personajes que normalmente es ridiculizada, puesta en juicio o peor, sexualizada.

Actualmente, shoujo pop más visto es un subgénero llama “bishoujo” o “hermosa joven peleadora”, donde prevalece la poderosa heroína, como Sailor Moon. Originalmente, bishoujo existían como modelos a seguir para jóvenes adolescentes e identificarse, pero la audiencia pretendida fue sobrepasada ampliamente por una audiencia masculina, los otaku. Y me refiero específicamente al otaku como un consumidor obsesivo de la cultura del manga y animé, el que necesita ese fanservice, y es a quién ampliamente la academia culpa por la sobresexualización del género shoujo. Ésto bajo ningún aspecto implica que todos los otaku buscan ese tipo de consumo, pero es innegable que existe un número enorme de éste tipo de consumidor. Y en éste subgénero particular muchas veces nuestra heroína se encuentra humillada y atacada, infantilizada, puesta como una simple llorona, mostrada atada, amordazada y normalmente mientras se la muestra en ropa interior o parte de ella. Y ésta degradación es enteramente para el público masculino.

El psiquiatra Saito Tamaki argumenta que además del obvio sex appeal del sexo y la violencia en el mismo paquete, bishoujo existe en una realidad ficcional que no intenta imitar las reglas o limitaciones de nuestro propio mundo. Como chica, ella tiene que mantener la autoridad como mujer o figura maternal, mientras a través de la pelea romper con los arquetipos usuales de éstas figuras. Y también nos habla de que está diseñado de forma en que los espectadores masculinos pueden empatizar con la heroína durante su abuso constante, especialmente porque la mayor parte de los agresores en las escenas no son humanos, pero objetos fálicos, máquinas o criaturas fantásticas. Como por ejemplo ésta imagen:

También habla de cómo hay cierta fascinación japonesa sobre hombres impersonando mujeres, no como forma de engaño o sátira, sino para realmente experimentar y entender la feminidad. Podría detenerme y hablar de la fetichización y popularidad del genderbender, la fluidez de género o la ambigüedad en anime y manga acá, pero honestamente eso implicaría todo una editorial en sí misma.

El problema está, no tanto en la producción de los medios, pero en la interpretación de las audiencias externas a Japón. La proliferación de éstas imágenes deja entender que éste material es una representación real de las chicas, y francamente, contribuido con el estereotipo de las mujeres asiáticas como recatadas, inocentes y sumisas. Esencialmente, las mujeres en Asia son vistas bajo la lente de éste shoujo pop, que escapa totalmente de sus orígenes escapistas y empoderadores. Y mientras ésto también es un problema en Japón, la violencia contra las mujeres en los medios se manifiesta menos frecuentemente que en América.  

Para ir cerrando con la historia del shoujo como género, como estilo, como definición y como movimiento cultural, vuelvo a repetirles una frase que dije más arriba en el texto: definimos al shoujo como un incómodo contraste de una joven mujer experimentando la madurez sexual por primera vez mientras expresándose a sí misma con el comportamiento y la imagen de una niña, y contemporáneamente a través de la mirada masculina.


Si quieren leer un poco más sobre la historia del género, les recomiendo ampliamente los siguientes materiales de lectura:

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