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Aguafuertes: Último Testamento

La madrugada y los divagues metafísicos transitan, por enésima vez, el mismo camino.
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Por: Victor Gueller

Me pregunto cómo hubiera sido mi vida de haber tenido el talento instintivo de Jim Morrison, o su magnetismo, o su atractivo, o todas esas cosas juntas. Me lo pregunto, claro, porque carezco de ellas. Lo que yo tengo es una furiosa meticulosidad, unos gramos de intuición, la habilidad inútil de hacer cuentas velozmente, un romance clandestino con las palabras, un gato gordo, café, inseguridades, un espíritu camaleónico, un par de brazos muy fuertes, una relación de amor y odio con la soledad, algunos recuerdos que justifican mis años.

Borges supo hacerse cargo de quién fue, y fue el mejor de todos. Yo, en cambio, luché animosamente contra lo que se suponía debía ser. El mundo tiene demasiados abogados y demasiada gente gris, y yo decidí a tiempo no convertirme en uno de ellos. El problema, si es que es un problema, es que habiendo tantos caminos resulta complicado decidirse sólo por uno.

Cada pequeño suceso, por más insignificante que pueda parecer, moldea al que hoy somos y condiciona al que seremos mañana, pero esa sumatoria de actos arbitrarios y mayormente vanos de ninguna forma nos debe definir. Podemos ser alguien diferente a cada instante. Yo fui Jim Morrison, por ejemplo.

Yo no sería quien soy si varios lustros atrás la chica de la montaña rusa me hubiese besado a mí y no a él. No sería quien soy si mi camino y el de Roberto Arlt jamás se hubieran cruzado. Arlt fue un tipo valiente. No llegué a conocerlo, pero podría intentar definirlo mediante varios calificativos y difícilmente nos equivoquemos, mis prejuicios y yo. Quizás el valor no sea más que la acción irreflexiva frente al miedo, la cobardía conspirando contra su propia naturaleza.

Una vez, hace muchos años, caminé por la calle Lezica. Aún lo hago con cierta regularidad. Quién sabe, por ahí la Verdad me está esperando en Colombres o en San Pedrito o en Quintana o en Defensa o en Cabildo o en ese café bohemio que encontré en Brooklyn o en un puente húngaro o en la Ruta 5 o en la mirada sincera de todos los perros o en la ducha de aquella casa a la que temo regresar.

Fui el que pintó una pared avejentada con témpera roja, el que caminó bajo una tormenta inclemente en la playa de la infancia, el que buscó incansablemente la mejor medialuna del mundo. Supongo tendría que haberme otorgado con mayor frecuencia el permiso de exteriorizar toda mi locura inocua, entendiendo a la locura como la forma políticamente incorrecta para referirse a la falta de sensatez. La locura está subestimada y tiene mala prensa, y también tiene una balada hermosa, escrita y recitada en honor a todos los locos, que son más de los que creemos.

En su juventud, Moris cantaba con los huevos y no con sus cuerdas vocales. Dylan lo hace con el alma, que es casi tan gangosa como su voz. Agradezco que mi padre no me haya llevado a la cancha de Boca pero sí a la vecindad del Chavo. Ojalá, viejo, hayas podido reencarnar en Ron Damón y vivir eternamente en ese lugar que tanto amaste.

Todos estamos solos. Y eso da un poco de miedo. Para negar ese miedo, entonces, muchos hombres se enamoran y se resignan a mujeres que son víboras y muchas mujeres se enamoran y se resignan a hombres que terminan siendo sus propios verdugos, creyendo ilusamente eso de que no lo volverán a hacer, porque lo juran por su vieja, por su equipo de fútbol, por lo que más quieras, infinito punto rojo.

Si un meteorito fuera a caer sobre mi cabeza próximamente, me gustaría tener la oportunidad de decirle a mi hermano que no siga mis pasos, que son poco más que un engaño luminoso. Desearía manejar a velocidades demenciales una vez más, como cuando Pink Floyd y mate y Autovía 2. Le pediría a Fichi que recopile, prologue y publique mis textos, y que done las improbables ganancias a algún refugio de animales que lo necesite. Comería una última pizza con mucho provolone y la acompañaría con varios litros de Nesquik. Confesaría enamoramientos secretos, si el orgullo me lo permite. Iría a Ushuaia, porque no quiero morirme sin antes conocer Ushuaia. Sólo una cosa no hay, es el Olvido.

Pero nada de eso va a suceder, porque tengo antojo de una galletita Oreo bañada en chocolate blanco, y el kiosco, que está abierto las 24 horas, se encuentra apenas cruzando la avenida, y en un trayecto tan corto es poco probable que un meteorito caiga justo, justo, justo sobre mi cabeza.

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