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Aguafuertes: Segundo Round

El Sol, de un modo relativo, es el mismo.
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Por: Victor Gueller

“Estamos viejos”, sentenció sin anestesia uno de mis amigos más cercanos, mientras caminábamos -simbólicamente- hacia el bar que habíamos elegido como refugio tres lustros atrás. Él también tiene treinta y cuatro años. Juntos atravesamos, de forma paralela, varios de esos sucesos que definen una y todas las vidas, y aquí seguimos, fieles a nuestro tablero de ajedrez, a nuestra silenciosa complicidad, a incontables recuerdos compartidos.

Yo siempre me consideré viejo, aunque preferiría utilizar una palabra menos tajante. Soy adulto, claro está; debería -supongo- haber adquirido cierta experiencia, la suficiente como para ser considerado un hombre maduro. Pero… ¿viejo? ¿Por qué viejo? ¿Viejo para qué?

Luego de meditarlo unos instantes, comprendí lo que me quiso decir. Por lo general, nuestras conversaciones giran en torno a nuestros recurrentes fracasos amorosos y, justo es decirlo, a esas pocas victorias que de algún modo los justifican. El tiempo, tristemente, sigue pasando, y nosotros no somos los mismos. Desearíamos poder serlo, pero por cuestiones que nos exceden, ya no lo somos.

No podría precisar en qué momento me convertí en este que soy hoy, en este que hoy escribe. Los días pasan lentamente, pero los meses y los años realmente se han esfumado ante mis ojos, con una preocupante, inverosímil celeridad. Haber encontrado casi por azar una decena de álbumes de fotos de antaño no ayudó a superar esta incómoda sensación de finitud que me acompaña desde aquella charla, que quizás no debería haber sucedido jamás.

Fui un niño de seis años al que le costaba sonreír ante una cámara. Fui un alumno ejemplar, que creía ingenuamente que destacarse académicamente lo convertiría en alguien mejor. Fui, también, un holgazán rotundo en mis años universitarios, los cuales preferí dedicar al deporte, a la música y a adquirir esos otros conocimientos que no me podrían enseñar en ningún aula. Fui un lector empedernido de Cortázar, Borges y Arlt, un cantante frustrado, un actor sin talento. Desarrollé una técnica sumamente falible para no perder jugando al blackjack, sufrí rechazos de esos que en un comienzo duelen pero luego se recuerdan con cariño.

Un día, que ya se sentía especial desde el mismísimo amanecer, conocí a la Mejor Mujer del Mundo. A ella le dediqué mis mejores años. Mi profesora de teatro se enojaría si me escuchase decir que no son estos mis mejores años, que no es hoy mi mejor día. Esos años, en perspectiva, se sienten fugaces, casi como si no hubieran existido. Tal vez no lo hicieron.

A las mujeres no les simpatizan los hombres cobardes, y yo fui el más cobarde de todos, por no querer aceptar el paso del tiempo y todo lo que en su arbitraria sabiduría él conlleva. Cuando la Mejor Mujer del Mundo partió, logré recuperar mi estado físico en pocas semanas, creyendo que así podría acercarme a todo eso que perseguía sin saberlo. Una vez más, me había equivocado de manera inapelable.

Después, me saludó la incertidumbre con su hipócrita cortesía. Debí enfrentar a un mundo que había cambiado más rápido que yo. Tuve que adaptarme a las relaciones modernas, a las heridas ajenas, a la desconfianza, a una aproximación sin compromiso con la vida, a los múltiples significados implícitos de un corazón instagramero, a una triste banalización del amor. Hice todo eso, lo admito, básicamente por no haber podido encontrar una alternativa mejor.

Miro atrás y me sorprendo cuantitativamente con mis logros. Sólo cuantitativamente, pues al momento de recapitular mis años, no puedo dejar de sentir al fracaso como norma. Hice muchas cosas, pero pocas de esas que realmente importan, pocas con verdadero sentido. Yo no soy abogado, por más que haya un título que así lo asegure, ni soy escritor, pese a jugar a ser Kerouac de a ratos. Sí creo ser un eterno buscador, un hombre mucho más simple de lo que aparenta ser, un tipo de una intuición desmedida y poco práctica.

Pude, al menos, aprender de ese padre ausente que fue Luca, cuyos días en este mundo fueron menos que los míos. Tomé una birra con Springsteen, cultivé la sensibilidad extrema de Brian Wilson (que algunos prefieren desmerecer llamándola simplemente locura), y caminé mi porteñidad con Dolina. Viajé deseando inútilmente llenar algún vacío y también viajé sospechándome completo. Desperté bajo las estrellas desnudas, bajo un sol agobiante, en camas ajenas y hasta siendo atacado por una molesta plaga de orugas. Creo haber sido digno de la lealtad de algunos animales, intuyo he ayudado a construir instantes mágicos con gente que quizás ya me haya olvidado.

“Y de repente un día te das cuenta que tenés diez años a tus espaldas”, y no entendés cómo pasó, ni dónde se fueron. Te cuesta distinguir qué fue real, inventás historias que nunca sucedieron, buscando la aprobación de gente que ni siquiera te importa. Te congraciás en memorias dudosas, porque íntimamente sabés que no podrás forjar nuevos recuerdos. Ya estás viejo para eso. Tu cuerpo no es el mismo, el pasado siempre fue más dulce. Es mejor quemarse que desvanecerse lentamente, dijo un músico ligeramente sobrevalorado.

Todos seremos olvidados más tarde o más temprano. Dentro de cuatro millones de años nadie sabrá quién fue Beethoven. Dentro de cien años, probablemente no quede mayor registro de mi calva existencia. No le vamos a ganar la guerra al tiempo, por lo que es más conveniente tenerlo de aliado, incurrir en un hedonismo escapista, pensar lo menos posible.

Ya no soy el que fui, ni soy el que alguna vez seré. Quizás, como parte de aquel proceso de aprendizaje, haya envejecido. Me frustra enormemente mirar atrás, pero hay veces que no puedo evitarlo. Prefiero, en cambio, engañarme en la promesa de un porvenir maravilloso. Debe haber, en algún lugar, alguien esperándome. Tal vez aún no he conocido a la Mejor Mujer del Mundo. La vida sigue sucediendo. Tengo 34 años. Ancianos se han referido a mí como “pibe”, mientras que adolescentes me han dicho “señor”, me han tratado de “usted”. 34 años. No es poco. Tampoco es tanto.

Yo, como Rocky, aún no escuché la campana.

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