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Aguafuertes: Salame y Queso

La felicidad necesita un poco de mayonesa.
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Por: Victor Gueller

Desde hace un año -días más, días menos- me encuentro oficialmente libre de una de las adicciones más grandes que he enfrentado: las pizzas en soledad. Aquel delicioso hábito me acompañó durante mucho tiempo, y luego de haber recaído en un par de oportunidades, decidí reemplazar el clásico manjar italiano por alternativas un tanto menos dañinas o, en su defecto, al menos más pequeñas. Pedir una pizza y no comerla entera me parecía una falta de decoro, por lo que en alrededor de furiosos quince minutos ajusticiaba mi media napolitana y media provolone con jamón, generalmente junto a un par de fainás rellenas y a litro y medio de gaseosa dietética.

No ahondaré en tiempos pasados que poco me enorgullecen, sino en los nuevos placeres culposos con los que me recompenso una o dos veces al mes. Es probable que los chinos por peso que me rodean hayan erigido un busto con mi rostro, no sé qué tan usual será que un solo cliente compre en cada visita entre 1.2 y 1.5 kilos de alimentos excedidos en aceite. Las nobles empanadas son otra opción válida; seis, a lo sumo ocho, son suficientes para saciar mis ansias. Sin embargo, quisiera dedicar estos párrafos a la coqueta fiambrería que se ubica a aproximadamente 100 metros de mi departamento. Emplazada en la populosa avenida, la descubrí una tarde en la que esperaba visitas para ver un partido de fútbol. El flechazo fue instantáneo.

Empecemos por lo más sencillo. 300 gramos de salame y 300 gramos de queso de máquina. Jamás entendí a esa gente que elige meticulosamente su queso; el queso de fiambrería debe ser inexorablemente queso de máquina. Si nos preguntan cuál preferimos, la respuesta es obvia: el más barato. Para envolver ese festival de grasa se necesita un buen pan lactal. Las rodajas finas tienen la considerable ventaja de ocupar menos lugar en nuestro estómago, garantizando de este modo un mayor ingreso de nuestros embutidos preferidos. Mayonesa en abundancia y un sensual toque de mostaza terminan por redondear una cena irresistible. Pero eso, estimados lectores, es sólo el comienzo.

La fiambrería, mi fiambrería, cuenta también con un amplio surtido de snacks, alejándose de las tradicionales bolsas de papas fritas y aire, para ofrecer -por ejemplo- pretzels. Pretzels. Esa delicia salada que, disculpen mi ingenuidad, por mucho tiempo creí que sólo podía conseguirse en los aviones. Están ahí. Al alcance de mis manos. Esperando ser elegidos para fusionarse con mis sandwiches de salame y queso. Habiendo cumplido con mi dosis de esnobismo, una pequeña ración de palitos y una bolsa de aceitunas descarozadas me devuelven a lo cotidiano, elevando paralelamente mi alegría y mi colesterol, para celebrar una fiesta gastronómica en la que soy el único invitado.

Algunas consideraciones. El sandwich, cuando sus ingredientes son salame y queso, cambia instantáneamente su foránea denominación por sánguche, mucho más fiel a nuestra idiosincrasia y a nuestros sentimientos. Su fórmula ideal, resultado obtenido tras decenas de sabrosos intentos, consiste en tres fetas de queso por cuatro de salame. Finalmente, aquellos que deseen coronar su atracón con un siempre bienvenido postre, cualquier alfajor de envoltorio abrillantado es una elección infalible.

No quiero ser malinterpretado. A nadie recomiendo esta irrefrenable conducta alimenticia. Nuestro médico amigo rechazaría consternado un menú como el precedentemente expuesto. No obstante, debe saber ese hombre de blanco delantal que el sánguche de salame y queso no es sólo una forma de saciar nuestro apetito. Es, también, un digno sustituto de la felicidad, si es que aquello es posible. Nuestro cuerpo probablemente se lamente un par de horas después de ingerido el vendaval calórico, pero nuestra alma... nuestra alma nos guiñará un ojo en señal inequívoca de agradecimiento.

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