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Aguafuertes: Oda a lo Cotidiano

Cosas que pasan mientras pasan otras cosas.
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Por: Victor Gueller

Mi gato me examina con ojotes inquisidores, como si supiera algo que yo no. Al despertar, siento cada madrugada su mirada amarilla, clavándose en mí quién sabe desde qué momento de la noche. Tal vez, en su singular fantasía, me está protegiendo de alguna amenaza invisible. Quizás, simplemente, no tiene nada mejor que hacer a esas horas. Ese gato reclama mi atención como si fuese el perro que a veces piensa que es; lo hace desde el sillón que ya conquistó como propio y que, por supuesto, no me atrevo a intentar reclamar.

El día no comienza si no hay café, y el café no se toma si no hay diario que lo acompañe. Leo el diario como un ritual y no buscando informarme, entendí hace mucho que las noticias no son eso que nos quieren vender como tales. Además, hay una historieta de Horacio Altuna que me cae simpática, esporádicas sugerencias para viajeros, un horóscopo siempre errado, los puntajes del Gran DT, las columnas de la última página que, cada tanto, merecen ser leídas.

Me gusta ir al gimnasio en el horario de los jubilados, me gusta entrenar incluso antes que amanezca. Ahí está Pancho, un señor de casi 90, dueño de una vitalidad envidiable y de un discurso sumamente sensato, el cual suele repetir mecánicamente a todos los jóvenes, instándonos a disfrutar, pues la vida dura apenas un instante. También hay una señora de nariz graciosa que habla en voz muy alta y que siempre lleva consigo una valija. Y está Gustavo, el profe, cuya efervescencia cubana sería capaz de generar una expresión de alegría hasta en el rostro de Juanita Viale.

Prometí que dedicaría gran parte de este año a escribir, escribir mucho, mucho, mucho para luego publicar esos párrafos con la esperanza un tanto ingenua de que algún lector hipotético los encuentre dignos. Disfruto mis crónicas, aunque siempre revoloteen alrededor de las mismas temáticas; la ficción me cuesta un poco más, pocos personajes podrían resultar más interesantes que esa gente que parece tan común y tan corriente y se pasea entre nosotros aparentando una normalidad que en realidad nadie posee. Soy bueno escribiendo diálogos, pero lo cierto es que me da fiaca hacerlo.

Dije también que me subiría a un escenario, pero hasta la fecha sólo me he dedicado a procrastinar, reemplazando teatros con placeres banales, efímeros. Aún estoy a tiempo, lo sé, no me juzgues, adorable subconsciente. Ni siquiera tendré la posibilidad de sostener un micrófono en el show ese de jueguitos que se hace todos los años en Costa Salguero, puesto que la empresota cuya chomba gris he vestido con hidalguía decidió cambiar el enfoque de su contenido. Quizás algún día vuelva a usarla, si es que me invitan a una fiesta de disfraces que no me motive a producirme demasiado; caso contrario, descansará en el mismo cajón en el que están la remera conmemorativa del Barcelona, un par de dantescas bermudas de mis años obesos, un gorro de lana y esa bufanda tricolor que jamás usé.

Si todo sale bien, pasaré mi cumpleaños en Los Angeles, perdiéndome por los interminables pasillos del Centro de Convenciones o, en su defecto, disfrutando de las playas y las liberales leyes californianas. Hay una calle cerca de Venice Beach en la que hacen buen café y, como bien sabemos, el día no comienza si no hay café, y el café no se toma sin diario que lo acompañe, por más que ese diario esté en otro idioma y Horacio Altuna no publique esa historieta que tan simpática me cae.

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