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Aguafuertes: Montaña Rusa

La espontaneidad es vértigo, el vértigo es libertad.
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Por: Victor Gueller

Debo reconocer, con un dejo de vergüenza, que a lo largo de los últimos meses he comenzado a mirar con cierto respeto los horóscopos. Mi naturaleza, mayormente racional, solía despreciar esas palabras vanas que no parecían ser más que un placebo absurdo para las mentes más ingenuas; sin embargo, en un terreno gris limitado por la casualidad y por el destino, una sucesión de acontecimientos puso en jaque mis creencias, sembrando la posibilidad de una duda que -intuyo- jamás podré descifrar.

Soy Géminis según el Zodiaco, y soy Chancho, para los chinos. El chancho siempre me pareció un animal simpático, a nadie puede caerle mal un chancho, excepto quizás a aquel que lo coma en exceso. Algún día seré vegano, lo prometo. Pero no hoy, no ahora. Según los que saben, este 2018, para los Chanchos como yo, será una montaña rusa. Y considerando el modo en que ha comenzado, todo indica que los vaticinios serán acertados.

Enero fue muy similar a todos los eneros. Una rutina entumecida, de días largos que comienzan muy temprano a la mañana y terminan bien entrada la noche. No me quejo. A veces se hace aburrido, pero suelo atravesar el primer mes del año casi sin darme cuenta, con todo lo bueno y lo malo que ello implica. En febrero, no obstante, comenzó a vislumbrarse un nuevo porvenir.

Partí a Uruguay sin saber exactamente por qué. En lugar de repetir mi clásica excursión sureña, preferí sorprenderme en un nuevo paradero. Allí, entablé relación con varias de esas amistades fugaces que sólo se pueden conocer viajando. Un grupo de argentinos alegró la noche montevideana, una chica francesa me regaló uno de los mejores momentos del año, y una adorable chilena me invitó a visitar su país.

En lugar de establecerme en la eterna incertidumbre, asumiendo que si no lo hago ahora tal vez jamás lo haga, opté por no pensar demasiado y abordar un nuevo avión. Escribo estas líneas desde Santiago de Chile. En unas horas, volaré de regreso a mi Buenos Aires. Aquí, recorrí Viña y Valparaíso, ciudades mágicas a su particular manera, maravillándome con esas diferencias insignificantes entre nuestras respectivas culturas. Nunca, pero nunca, podré decirle “manjar” al dulce de leche.

Aproveché a fondo mi estadía en Chile, sabiendo que en unos pocos días mi hermano volverá a operarse, lo que me llevará a convertirme en su enfermero nuevamente. No sé. Supongo que es parte del trajín de la montaña rusa. Un miércoles estuve desayunando en el Cerro Concepción, y el lunes siguiente estaré en la sala de espera de un hospital céntrico. En el proceso, cualquier cosa puede suceder. Si algo aprendí en los últimos tiempos es a no dar nada por sentado; de haber un Dios, posiblemente se ría cada vez que alguien afirme tener un plan, una certeza o un itinerario establecido.

Personalmente, me cansé de vivir en una meseta. A mis 34 años, elijo lo inesperado, elijo el azar, elijo mis modestas aventuras. Viajar es siempre una aventura. Probar una comida desconocida es también una aventura El amor, claro está, es la más grande de todas ellas.

Salto al vacío, sin saber si hay una red esperándome allá abajo. Adopto una especie de espontaneidad imperiosa, que quizás no sea más que una respuesta automática a un estancamiento que se prolongó más de lo recomendable. El 2018 será una montaña rusa para los Chanchos. Y yo creo ser un digno representante de mi especie.

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