Noticias

Aguafuertes: Miento, luego existo

Una humilde reivindicación a la Mentira, quizás el más humano de los actos dialécticos.
Avatar de Victor Gueller

Por: Victor Gueller

Sin orgullo ni nada que se le parezca, debo reconocer que con el correr de los años he roto varias de esas promesas que en su momento supuse eternas. De niño, solía repetirle a mi padre que jamás me convertiría en alguien como él, yo no encontraría la paz en los bares, yo no escucharía tango, yo no sería un paladín de la reflexión silenciosa. Más temprano que tarde, el tiempo me llevó a quebrantar aquel precoz e inexacto juramento.

Un escalón más abajo en el subsuelo de la vergüenza, recuerdo haber prometido amor perpetuo a mujeres que hoy son apenas un recuerdo tibio. Supongo que, a excepción de una sola, ninguna de ellas merecía recibir una confesión tan grande y tan falible. He aprendido, en consecuencia, a no regalar afirmaciones con tanta facilidad, me he vuelto un hombre de actos más que de palabras.

Me resulta imposible precisar las veces que me engañé a mí mismo al asegurar que dejaría de fumar, hábito que ha sido suprimido -en el mejor de los casos- por casi dos meses, para luego regresar sin siquiera pedir permiso, sin generarme ni un atisbo de culpa. Algún día te venceré, mejor amigo, algún día dejaré de necesitarte, algún día elegiré otra forma de acercarme a la muerte, y vos querrás volver arrastrándote y no te lo permitiré, pues te miraré con la misma altanería con que he mirado a esa señorita que quiso reivindicarse después de haberme rechazado, y vos recibirás la misma respuesta que ella. Algún día ya no nos buscaremos, puchito, y seremos libres y hermosos.

He mentido, generalmente de buena fe, pese a considerarme un hombre honesto. He mentido y no me arrepiento tanto, pues el principal inconveniente de la mentira es su mala prensa. Mentí y sé que volveré a hacerlo, porque a veces la mentira esconde dignidad e hidalguía. Me atrevo a conjeturar que quizás mentí porque también a mí me han mentido.

Es mejor viajar ligero, afirmaron Cabral y otros tantos antes que él, y yo quiero amenizar mi carga. Antes que Dostoievski resucite y escriba 500 páginas sobre mí y esa pequeña cosita llamada remordimiento, prefiero confesar algunas de mis mentiras, las que recuerde, las que aún me persiguen, las que atacan de madrugada. Tal vez así me convierta en un hombre mejor.

Mentí esa mañana en que dije que había estudiado cuando sólo estaba apelando a mi confiable locuacidad. Supe que estaba mintiendo en el preciso instante en el que acepté una responsabilidad que luego desecharía. Mentí cuando aseguré con inexpresiva calma que no te extrañaba, todavía lo hago. Creo que fueron más las veces que mentí diciendo que diciendo no, por lo que supongo que tendré que decir que no con mayor frecuencia.

Mentí regalando sonrisas de tácito asentimiento. Mentí en sucesivos taxis, evitando confrontaciones repetitivas sobre fútbol o política. Le mentí a mis amigos, cuando no quise sumarme a un plan previsiblemente tedioso. Le mentí a un par de mujeres acerca de sus vestuarios, aunque en realidad carezco de los conocimientos necesarios para opinar al respecto. Me mentí a mí mismo incontables veces, conjurando engaños disfrazados de excusas, justificaciones o simplemente temor. Mentí, me hago cargo, aunque insisto que no es tan grave. Quien esté libre de pecado que arroje la primera pizza, yo gustoso la recibiré.

¿Cuál será mi próxima mentira? ¿cuántas mentiras habré esgrimido al llegar el día en que por fuerza mayor no pueda mentir más? ¿cuánta gente habrá fingido creerme? ¿cuánta gente habrá desconfiado de mí incluso cuando hablaba con verdad?

Debo domar ese gigantesco corcel llamado Ego y asumir que ninguno de mis actos es en verdad tan importante. No soy Stephen Hawking, ni Hitler, ni Michael Jordan, ni Jorge Luis Borges, ni Johnny Cash, ni Vlad III, ni Buda. Mi producción artística no será especialmente recordada. No tengo el magnetismo de Marlon Brando ni la inteligencia de Da Vinci. No he salvado ninguna vida, apenas puedo con la propia.

Si alguno de los destinatarios de mis tantísimas mentiras lee estos párrafos, me gustaría ofrecerle mis más sinceras disculpas, escritas en el reverso de una adorable postal con la cara de Snoopy y envueltas en un sonrojado papel metálico. Te pido perdón por haberte mentido. De todos modos, quedás advertido, quizás no deberías tomarme tan en serio, ni siquiera ahora.

En esta nota
  • aguafuertes

Comentarios