Noticias

Aguafuertes: Los Secretos de Rosario

Engañando a la Ciudad que amo con otra Ciudad que amo.
Avatar de Victor Gueller

Por: Victor Gueller

Rosario es una de mis ciudades fetiche, un lugar al que regreso para maravillarme con sus pequeñas cosas, con su melancólica urbanidad, con la amabilidad de su gente, con el tostado de El Cairo. Mi primera visita tuvo lugar casi una década atrás, con motivo del casamiento de mi por entonces cuñada. Un papel insignificante en una obra de teatro me impidió ser parte de la caravana porteña que partió un viernes por la tarde, por lo que esa misma madrugada, en soledad, equipé mi mejor traje, un par de libros y mis nobles cigarrillos en la mochila, para partir desde Retiro a esa urbe que me resultaba incierta.

Llegué junto al amanecer. Mis investigaciones previas dictaminaron que la Avenida Córdoba era la principal, y que si la caminaba por alrededor de veinte cuadras, llegaría al hostel donde me estaban esperando. Disfruté aquellos pasos tempraneros, sólo interrumpidos por un Havanna que al día de hoy sigue operando en esa misma esquina. Hay pocas cosas mejores que vagar sin preocupaciones por calles desconocidas.

Mientras las damas preparaban sus largos cabellos para la ocasión especial, otro muchacho -quien fuera mi amigo más cercano por alrededor de siete años- y yo nos dedicamos a pasear por aquel nuevo lugar. Era cierto lo que todos decían; aún sin haber recorrido Argentina en su totalidad, puedo afirmar que las mujeres oriundas de Rosario son de las más bonitas del país. Los motivos me son completamente ajenos, supongo hay realidades que no necesitan explicación para ser disfrutadas.

Después de ese primer acercamiento, el destino me recompensó sucesivamente con otros tantos. Cada mañana, en cada nuevo viaje, yo me alejaba de mi grupo, compraba el diario La Capital, y disfrutaba su lectura en alguno de esos bares que poco y nada tienen que envidiar a los de Buenos Aires. Solía regresar con facturas, quizás intentando justificar mi breve ausencia. Habiendo compartido tanto tiempo conmigo, no obstante, ya todos conocían mis mañas matutinas, mi necesidad de espacio, mi tendencia al ensimismamiento.

Con el correr de los años, las aventuras fueron multiplicándose. Una vez, junto a un grupo de amigos, emprendimos un camino suicida bajo una tormenta que apenas nos permitía distinguir el camino. En otra oportunidad, enfrentamos una oleada de zombies autóctonos en una estación de servicio perdida en la Ruta 9. También perseguimos a un rastafari temerario, convivimos sin saberlo con dos esqueletos, vimos un globo flotar en el Río y comprobamos que la teoría de los doppelganger era auténtica.

Cuando ya no tuve razones para volver a Rosario, hice lo más sensato que podía hacer: seguir yendo. Rosario como fin de semana de descanso, Rosario como parada intermedia en un viaje a Córdoba, Rosario como musa inspiradora de algunos de mis escritos. Soy feliz en Rosario, de alguna forma, la ciudad santafesina ocupó el lugar que Mar del Plata había tenido en mi primera juventud, regalándome una curiosa sensación de libertad que no pide nada a cambio.

Te escribo estos párrafos, Rosagasario, en primer lugar porque te quiero. Te escribo, además, porque el comienzo del nuevo año me encontrará cerca tuyo. Estaré visitando esos pasajes que desbordan cultura, te admiraré en silencio como hago desde la primera vez que nos vimos, brindaré por todas esas cosas por las que se suele brindar, contemplaré embelesado los pupos más lindos del mundo. Sería un cliché decir que siempre has estado cerca, aunque ambos sabemos, íntimamente, que así es. Nos vemos en unas horas, che, para juntos inventar otra esperanza, para volver a vivir.

En esta nota
  • aguafuertes

Comentarios