Noticias

Aguafuertes: Huellas Afines

El destino de un viajero está marcado por las huellas que lo precedieron.
Avatar de Victor Gueller

Por: Victor Gueller

Hace poco más de un año escribí una crónica sobre los viajes de Gustavo Llusá, un aventurero incansable que recientemente ha dado otra vuelta al mundo, un mundo que le pertenece, viviendo nuevas aventuras y encontrando el amor en unas fronteras inesperadas. Gustavo, según me contó semanas atrás, pasa sus horas quilmeñas escribiendo el libro que retrata sus experiencias en el Camino, quizás como guía para quienes aún tienen (tenemos) temores infundados, tal vez simplemente para hacer una catarsis, para recordarse a sí mismo que su odisea efectivamente sucedió, que nunca nadie podrá despojarlo de sus recuerdos.

El libro como objeto, no obstante, me resulta curioso. Es pequeño y es frágil, y puede contener toda la sabiduría del universo condensada en unas pocas páginas. La paradoja -porque es una paradoja y no una contradicción- es que miles y miles de kilómetros puedan ser recreados en una sucesión caprichosa de papel de unos pocos centímetros de extensión.

Borges sugirió que el Paraíso, el suyo al menos, tenía la forma de una biblioteca. El mío, y lo digo con un dejo de vergüenza, sería mucho más banal. En mi Paraíso habría mucha comida chatarra, un televisor repitiendo indefinidamente las películas que me hicieron feliz, los paisajes que supe atesorar, todos los perros que alguna vez acaricié y cada una de las mujeres de las que me he enamorado. Pero no estamos hablando de mí sino de Borges, y de viajar y de vivir y de vivir viajando. Volvamos, entonces, a los libros.

En noviembre del pasado año leí “La Guerra Perdida”, una pequeña pieza teatral que, por una serie de azares, me tocó protagonizar en un teatro ubicado en la localidad cordobesa de Camilo Aldao. Nuevamente en Buenos Aires, tras una interpretación comprensiblemente mediocre y con el cansancio propio de todo regreso, Facebook me informó que en ese preciso instante se estaba llevando a cabo una feria de libros viajeros a pocas cuadras de mi hogar. Sin pensarlo dos veces, me dirigí hacia allí, sin saber verdaderamente con que me encontraría.

El espacio de la calle Gascón era colorido y alegre. Los presentes sonreían mucho y creo que yo también llegué a sonreír. Un puñado de stands se disputaban la atención de la concurrencia, pero mis pasos se encaminaron directamente hacia un rostro en particular. Juan Pablo Villarino, el Acróbata del Camino, es otro viajero legendario, un muchacho alto y delgado, probable poseedor de la cara más honesta que haya visto. Junto a él se encontraba Laura Lazzarino, su novia, su cómplice de rutas, la mujer con la que cruzó su destino y su vida gracias a esa pasión compartida por viajar.

Mi timidez inicial me impidió siquiera llegar a felicitarlos por su iniciativa, por su compromiso con la vida, por ese amor que forjaron a base de carreteras interminables. Me limité a comprar uno de sus libros, Caminos Invisibles, y a dar una última vuelta por ese lugar que desconocía. Después fue Varela Varelita y una primera, hipnótica lectura. Ese hombre no sólo viajó por todo el mundo, sino que además resultó ser un escritor notable y lleno de recursos, capaz de evocar a Cortázar en un párrafo e indagar en la sabiduría oriental al siguiente. Laura también participa activamente en ese mismo libro, complementando a Juan Pablo de forma intimista y sensible. Es muy difícil culminar aquella lectura sin querer adentrarse en una aventura, por más modesta que pueda llegar a ser.

Unos días atrás, el encuentro viajero volvió a repetirse en el mismo lugar, mancomunando a ese grupo de adorables trotamundos que decidieron convertir sus vivencias en arte. Mi radar interior, el único radar en el que confío, me llevó hacia los libros de Aniko Villalba, cuyas primeras páginas fueron las que me motivaron a escribir estos párrafos. Al comienzo de “El Síndrome de París”, la autora se pregunta para qué viaja, si al final siempŕe quiere estar en otra parte. Me reconocí en sus palabras de manera fulminante. Facundo Cabral cantaba que no era de aquí ni de allá, lo que me lleva a interpretar que él era en realidad del mundo entero. Mi sensación es incómodamente opuesta; no soy de aquí ni de allá, porque no me encuentro aún en ningún lugar.

El tiempo me enseñó a no creer en las casualidades. En un par de meses, si las condiciones están dadas, estaré emprendiendo un nuevo viaje, un viaje con sus propias reglas y su propio ritmo, que culminará en Los Angeles, en esa otra feria que conozco tan bien. Viajo con una pequeña mochila, viajo sin expectativas ni objetivos concretos, no sé muy bien por qué viajo pero sí sé que no me quiero quedar quieto. Viajo con el íntimo deseo de honrar las páginas de Gustavo, de Juan Pablo y Laura, de Aniko. Viajo, supongo, para tener -yo también- algo que escribir.

En esta nota
  • aguafuertes

Comentarios