Noticias

Aguafuertes: El lado oscuro de la medialuna

Después de todo, hombres ordinarios, ¿no?
Avatar de Victor Gueller

Por: Victor Gueller

Incluso menos habitual que el calor sofocante del odioso abril que acaba de culminar es encontrar un adolescente alegre ante su realidad, o un joven con objetivos e ideales satisfechos, o un hombre que no añore su idealizado ayer. Al superar las tres décadas de vida solemos caer en ese vil engaño llamado nostalgia, fenómeno que nos lleva a suponer que todo tiempo pasado fue efectivamente mejor. La trampa, porque siempre hay una trampa, es que lo que vemos, lo vemos desde una perspectiva falaz.

Resulta relativamente sencillo creer que antes todo era verde y rojo y primeros cigarrillos y amores inocentes y responsabilidades nulas, sin embargo, no contamos a esa edad tan precoz con el discernimiento necesario para valorarlo, por lo que toda añoranza presente se torna más quimérica que real, condenándonos a naufragar a lo largo y ancho de ese triste río conocido como Autocompasión, que es el mismo río en el que se ahoga la mayor parte de la gente que conozco.

Mi infancia fue mayormente intrascendente. Podría decir que transcurrió de una forma análoga a lo que debe experimentar un paciente en coma o un junkie excedido en ácido. No recuerdo aventuras iniciáticas ni paseos familiares; no hubo festejos multitudinarios ni vacaciones descollantes. Pasó, simplemente pasó, tal como pasan las agujas de un reloj antiguo o esos camiones que van por los campos haciendo quién sabe qué cosa sobre las plantaciones solitarias.

No he sido, tampoco, un adolescente rebelde. Y un adolescente que no se rebela no puede ser considerado adolescente. Sí, en cambio, aproveché ese calmo tedio para empezar a adentrarme en todos aquellos conocimientos que la escuela no podía brindarme, conocimientos cuyos frutos comenzaron a aflorar varios años después, quizás cuando ya eran inútiles. A los cinco años no sabía dibujar, por lo que mis páginas siempre permanecían en blanco; hoy, puedo divagar varios minutos sobre asuntos que ni siquiera conozco. Supongo es una habilidad tan poco práctica como poder comunicarse telepáticamente con una servilleta o dominar el arte de comer una empanada de carne sin derramar su sabroso, sabrosísimo jugo.

Recién a partir de mis veinte pude mutar en alguien parecido a quien verdaderamente era, con ciertos límites y atenuantes. Por lo general, no es sensato pavonearse demasiado ante multitudes de cieguitos voluntarios que sólo ven lo que quieren ver, o lo que pueden che, lo que pueden. En esa época las cosas cambiaron muy rápido. Fue cuando comencé a desear que el tiempo vuelva atrás, fue cuando me reconocí como un paladín de las causas imposibles. Si sabemos que la batalla está perdida de antemano (porque todos vamos a morir) lo más noble es honrar el recorrido como podamos, como nos salga, siendo fieles a esa esencia tan nuestra, que habitualmente descansa detrás de todas las cerraduras y todos los candados y todos los cepos imaginarios que entrometemos entre nosotros y nosotros.

Si quieren saber quién soy, pregúntenle a mi gato. O lean lo que no dicen estos párrafos. O atrévanse a iniciar por su cuenta ese mismo recorrido incómodo que aún hoy me encuentra deambulando entre sus pasillos. Existe algo similar al orgullo, lo reconozco, en el hecho de abrir los ojos. Pero al orgullo le sigue la duda, y a la duda la resignación, y a la resignación -sorprendentemente- una leve, pequeña esperanza, una leve y pequeña esperanza que justifica todo el arduo proceso. Hay alguien en mi cabeza que no soy yo.

Podría seguir escribiendo palabras mudas, claro que podría. Podría, pero no quiero, porque me acaba de asaltar el deseo de una chocotorta bien empalagosa y es sabido que hay cosas que, bajo ningún punto de vista, pueden ser pasadas por alto.

En esta nota
  • aguafuertes

Comentarios