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Aguafuertes - Capítulo 67: Prioridades

Dylan vuelve a uno de sus lugares favoritos en el mundo, para encontrarse (o no) con el personaje más popular en la historia de los videojuegos.
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Por: Victor Gueller

Aguafuertes - Prioridades

Lamentablemente, al momento de abordar un transporte uno no puede elegir a sus compañeros de ruta. Quiso el azar que las casi tres horas que me separan de Chacabuco hayan transcurrido en compañia de una madre y su pequeño hijo, quien pese a sus escasos años de vida, grafico a la perfeccion las sensaciones que me invaden cuando debo emprender una aventura. “Chau, Buenos Aires”, dijo una y otra vez, sin saber que en su inocente despedida se esconde tambien el mayor motivo por el cual muchos decidimos escapar.

He visitado Chacabuco una veintena de veces y puedo afirmar casi con total seguridad que nunca me cansare de hacerlo. La rutina establecida con los sucesivos regresos me obliga a caminar las cuadras que hay entre la terminal de micros y el cafe centrico al que ya adopte como propio. Como en tantas otras oportunidades, el paisaje me recibio ostentando una notable cantidad de parejas de ancianos tomando mate en las esquinas, perros descansando a resguardo del Sol y la paz y tranquilidad que solo poseen las ciudades pequeñas. Que dificil es describir a Chacabuco sin repetir aquellas gastadas frases de nuestros mayores, que solian ensalzar las bondades de otros tiempos, añorando la libertad de las veredas como patio de juego y la confianza de dejar las puertas del hogar sin cerrar.

Hace varios meses, mis amigos de Chacabuco me encomendaron la mision de encontrar un viejo cartucho de Family Game, al cual pude acceder sin demasiadas complicaciones. Hubiese preferido una epopeya digna de un heroe del fichin, pero en su lugar debi conformarme con emprender una sencilla busqueda virtual en un popular sitio de subastas.

No necesito excusas para volver a Chacabuco. Sin embargo, la oportunidad de jugar Super Mario Bros 3 tal como lo hice hace mas de dos decadas es un motivo mas que valido para recorrer 200 kilometros.

Las sorpresas han sido una constante en cada excursion a mi ciudad bonaerense preferida. Sin proponermelo, asisti a cumpleaños, despedidas y celebraciones de todo tipo de gente que muchas veces ni siquiera conocia. Y nunca, verdaderamente nunca, me senti como un extraño. Esa familiaridad tacita, fruto de una complicidad espontanea, es una de las cosas que mas valoro de Chacabuco.

Apenas llegue -y para no perder la costumbre- emprendi la caminata hacia el cafe que a esta altura mas que cafe es un templo y que mas que un templo es simplemente un bar. A los pocos minutos, fui invitado a participar de un partido de futbol de esos que no disfruto desde hace largos años. Me negue a formar parte, mi lamentable nivel deportivo usual se vio potenciado recientemente por una apatia fisica sin precedentes.

La temprana lesion de uno de los improvisados deportistas me obligo a ocupar un lugar en el arco, mas alla de no contar siquiera con una vestimenta acorde. Me desenvolvi de un modo pauperrimo dentro del campo de juego pero, sin embargo, a nadie parecio importarle. Comence a intuir que mi visita era mas importante que el resultado de un partido; que la alegria del regreso pesaba mas que una derrota esperable.

Esa misma noche, asisti a una fiesta de disfraces en conmemoracion de los 50 años de la madre de un amigo, a quien nunca habia tenido el gusto de conocer. Una tunica negra y una imprescindible guadaña de plastico ayudaron a dar forma a una poco creible version de “La Muerte”, que paso desapercibida entre atuendos considerablemente mas originales.

La mañana siguiente me encontro recorriendo (otra vez) las silenciosas calles, cuyo trazado recuerdo casi de memoria. Un almuerzo al aire libre, el saludo ocasional de gente que conozco hace una decada y la amabilidad sin par de todo un pueblo; eso -y mucho mas- es Chacabuco.

La hora de la merienda, aquel momento en que Chacabuco suele paralizarse, fue una invitacion ineludible a ver futbol en la television. Muy cerca de ella, en el mismo mueble, descansaba con algo de polvo el Family Game. Nadie me hubiese impedido que lo conecte y disfrute -al menos por unos minutos- de la inoxidable tercer aventura de Mario. Pero no lo hice.

Cuando el Sol comenzo a caer, me dispuse a volver a la ruta, aquella que me separaba de mi neurotica Buenos Aires. Me despedi, como suelo hacerlo, con la promesa de un pronto regreso.

Cuando esto suceda, se que habra manos por estrechar e historias para contar. Ademas, tendre que lidiar con el despecho de cierto fontanero, a quien probablemente vaya a usar de excusa para volver. Tendras que disculparme, Mario, pero debo confesarte algo que Chacabuco me ha enseñado: la vida es mucho mas que un juego.