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Editoriales | Como estar entre amigos

EDITORIAL: Red Dead Redemption 2 - El vínculo por encima de todo

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Por: Sebastián Cigarreta

Recorriendo el lejano oeste junto al mejor grupo de inadaptados.

La espera fue atroz, entre cancelaciones y noticias de trabajadores explotados, pero finalmente llegó a buen puerto. Red Dead Redemption 2 generó expectativas colosales, aún entre los detractores de Rockstar, así de grande es el título del momento. Pero así como nos engolosinó con un apartado técnico brillante, o un mundo detallado y vivo en el que perdernos, también nos golpeó con el martillo de siempre. Mecánicas que atrasan dos generaciones, controles poco precisos y un esquema de misiones lineales que contrasta violentamente con la libertad que propone a la hora de explorar el extenso mapeado.

Cuando salió el primer juego, allá por 2010, fue amor a primera vista. No solo por la temática de Western, sinó por la coherencia que proponía. John Marston era un ex bandido que se veía arrastrado una vez más a la vieja vida para salvar su pellejo y el de su familia. A medida que fui explorando aquel universo una cosa me quedó clara: había generado un vínculo afectivo con Marston que nada iba a poder romper. Eso y la falta de puntos de comparación hicieron que Red Dead Redemption sea mi juego favorito de Rockstar hasta el día de la fecha, bueno, las cosas pueden haber cambiado estas últimas semanas.



Se esperaba mucho de esta grandiosa secuela. Los sueños y las esperanzas de millones de jugadores estaban puestas en la nueva gran apuesta de Rockstar. Algunos esperaban ver cual era la respuesta de los creadores de GTA ante el exquisito The Legend of Zelda: Breath of the Wild, otros querían libertad (y libertinaje) en el lejano oeste como si fuera un Grand Theft Auto, es decir cada cual esperaba cumplir sus fantasías y Red Dead Redemption 2 debía estar a la altura de las circunstancias.

El resultado final fue otro. Luego de un comienzo lento, aunque espectacular, orientado a la narrativa Red Dead Redemption 2 volvía a mostrarse como una extensión next gen de aquel juego de 2010. Todo aquello que podíamos considerar “malo” seguía allí, de alguna manera 8 años de evolución en cuanto a shooters en 3ra persona y juegos de mundo abierto pasaron a Rockstar de largo y terminaron haciendo lo que quisieron. Dentro de esa casi incomprensible actitud nos encontramos con un apartado que termina por redimir a uno de los títulos más esperados de la generación: el vínculo con los protagonistas, una vez más.

A lo largo de las 40 horas de juego que llevo invertidas en Red Dead Redemption 2 hubo siempre una constante, nunca me sentí del todo solo como en el primer juego. Por el contrario frente a cada decisión, cada misión y cada consecuencia siempre fui parte de una comunidad. La pandilla de Dutch está formada por un crisol de personajes de diferentes razas, credos. Hay estereotipos, sí, pero también hay lugar para el ideal de igualdad que todos deberíamos abrazar de una vez por todas. Por cada Micah hay un Lenny, por cada mujer ignorada hay otra que se alza entre los hombres como una igual, y el pegamento que los une a todos somos nosotros, es decir, es Arthur Morgan.



Las misiones son rígidas, sí, pero están acompañadas por una narrativa exquisita que emerge en misiones secundarias, encuentros casuales en el campamento y en el medio de la nada. Cada uno de los miembros de la pandilla tiene su personalidad, su historia y algo que aportar tanto a la banda como al contexto, así Rockstar termina calando hondo en nosotros y, cuando menos lo pensamos, ya es demasiado tarde. Red Dead Redemption 2 me tuvo al borde del sillón en persecuciones, indignado a la hora de defender los derechos de las minorías, preocupado cuando la vida de un amigo estaba en riesgo y furioso cuando una serie de malas decisiones nos llevó por un camino sin retorno. En algún momento comencé a pensar en “Yo” cuando me refería a Arthur Morgan y llegué a conocer tanto a cada uno de mis compañeros y compañeras que realmente me uní a la pandilla.

Fue entonces cuando me dí cuenta del verdadero valor de Red Dead Redemption 2. Y es que, más allá de sus mecánicas vetustas y sus misiones anticuadas, logra crear un universo coherente poblado de personajes únicos que terminan por ofrecernos una experiencia profunda y empática. Ese mundo vivo, lleno de vegetación y animales cuya vida virtual decidí respetar, esas decisiones de Arthur Morgan que lo llevan a ser un “buen tipo”, esas borracheras legendarias y los escapes de último minuto cuando las situaciones van de mal en peor, los viajes de pesca con amigos y cada cabalgata… todo se siente propio, personal, sincero y profundo.



Red Dead Redemption 2 no es el GTA en el lejano oeste que muchos esperaban, pero es el mundo en el que elijo perderme cada vez que puedo. La pandilla de Dutch no es el clásico dream team de Los 7 Magníficos en el que cada uno es el mejor con un arma o se especializa en algo, es un grupo de personas, reales, deficientes, con sueños y anhelos que comparten la aventura conmigo cada vez que booteo el juego. Y lo más importante, el Lejano Oeste que nos propone Rockstar no es el arenero donde vamos a secuestrar doncellas para ponerlas sobre las vías del tren, o donde un grupo de limitados golpea mujeres que se manifiestan por conseguir el voto; es el último bastión de libertad que le queda a este grupo de inadaptados virtuales que elijo llamar “mis compañeros”. Por esto es que Rockstar vuelve a plantar bandera en la generación, y también son los motivos que hacen que padecer el resto de sus problemas valga la pena, todas y cada una de las veces.