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Analisis | Reviviendo tragedias

ANÁLISIS: 22 July (2018)

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Por: Leo Valle

Paul Greengrass vuelve a retratar un hecho de la vida real.

La rapidez con la que solemos dejar atrás ciertas tragedias para convertirlas en mero alimento de las estadísticas en ocasiones puede ser tan nefasta como la tragedia misma. La normalización de ciertos eventos y la desensibilización que esa normalización conlleva hacen que por momentos no podamos discernir entre un tiroteo masivo y otro y no identifiquemos a víctimas o victimarios.

Algo por el estilo me sucedió durante la investigación previa al estreno de 22 July, la nueva película original de Netflix dirigida por Paul Greengrass (Jason Bourne, United 93), que repasa el peor ataque terrorista de la historia de Noruega que se cobró las vidas de 77 personas y dejó varios cientos de heridos. Recordaba vagamente la noticia pero no los detalles, que comenzaron a caer uno a uno a medida que leía viejos artículos y la página de Wikipedia y me quitaban igual de rápido las ganas de ver la película.

Por fortuna me encontré con una experiencia diferente de la que esperaba sin haber visto United 93 (2006) pero no habiendo disfrutado demasiado Captain Phillips (2013), otra producción basada en hechos reales del director.

22 July revive los hechos de aquella mañana del 22 de julio de 2011 en la isla de Utoya, Noruega, pero su historia se enfoca en las secuelas del ataque desde la mirada de tres personajes: el perpetrador Anders Breivik (Anders Danielsen Lie), su abogado Geir Lippestad (Jon Oigarden) y Viljar Hanssen (Jonas Strand Gravli) uno de los sobrevivientes en medio de una larga recuperación. Cada uno de ellos ofrece un punto de vista fundamental para entender las motivaciones del ataque, sus consecuencias y el dilema moral de un sistema que necesita respetar sus propias leyes para no sucumbir ante la anarquía que el mismo ataque pretende instaurar.

Durante la primera media hora Greengrass trata con frialdad casi documentalista la brutalidad del accionar de Breivik, que primero hizo estallar una camioneta frente a una oficina del gobierno y luego se dirigió a Utoya, donde la juventud del Partido Laborista se encontraba acampando y debatiendo ideas para el futuro de Noruega, Europa y el mundo. Breivik, para quien los jóvenes son “marxistas, liberales y miembros de la elite” asesinó a sangre fría a 69 personas en la isla antes de ser capturado sin resistirse por las fuerzas de seguridad. A partir de su detención el director se enfoca en mostrar los efectos del ataque en la sociedad, las víctimas y el mismo atacante.

La historia de Viljar es sin dudas la más poderosa. El joven recibió cinco disparos y una de las balas, que le estalló en el cerebro, le hizo perder un ojo y lo obligó a vivir de por vida con algunos fragmentos que hubiera sido muy peligroso extraer pero que en caso de moverse podrían costarle la vida. Por desgracia Greengrass cae por momentos en lugares demasiado comunes durante su proceso de recuperación, como el drama de hospital, la frustración de la fisioterapia o las pesadillas rememorando el hecho. Sin dudas es más impactante verlo interactuar con su hermano menor, a quién protegió durante el tiroteo, y lidiando con su propio drama y con la culpa del sobreviviente, o encontrarlo en una habitación a oscuras, en un rincón, viendo el juicio por televisión y teniendo que enfrentar a su agresor a través de la pantalla. 

Donde la película da en la tecla es en el tratamiento de Breivik y su abogado defensor, Lippestad. El director no ahoga los justificativos del terrorista sino que le da lugar a su discurso nazi, pero mostrándolo como una anomalía, como el germen de un tipo de maldad que no encuentra reflejo en ningún lugar, ni siquiera en aquellos que comparten su ideología —aunque se sienta un poco fuera de tiempo considerando el levantamiento de estos movimientos de ultraderecha en todo el mundo—. Igual de interesante es la perspectiva del abogado defensor Geir Lippestad, solicitado por el mismo atacante y en medio del dilema moral que le genera defender a un asesino sabiendo que, más allá del rechazo colectivo, merece ser juzgado por la ley como el hombre que es. Lippestad nunca se muestra compasivo por Breivik pero mantiene sus principios intactos porque entiende que el orden y el respeto por las instituciones es el único camino para mantener a salvo la democracia que su mismo cliente intenta desgastar.


22 July es un tratamiento intimista de una tragedia que tomó por sorpresa a un país y es esa su fortaleza. La emotividad de Viljar y su familia contrasta perfectamente con la frialdad y sociopatía de Brevik y la dualidad de sensaciones de Lippestad, muy bien interpretados todos. Sus 140 minutos por momentos arrastran, sobre todo durante la recuperación del joven, pero mostrar el mismo conflicto desde varias perspectivas ayuda a mantener el ritmo y convertirla en un valioso testimonio.

LO MEJOR
+
Buen tratamiento de la tragedia.
+ Buenas actuaciones.

LO PEOR
Cae en algunos lugares comunes.
Le sobran algunos minutos de drama.