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Analisis | DÉJESE MOLESTAR

ANÁLISIS: Sorry to bother you (2018)

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Por: Leo Valle

El rapero Boots Riley debuta detrás de cámara con una sátira que se siente demasiado real.

El año pasado Jordan Peele nos sorprendió con su thriller de ciencia ficción Get Out (que él mismo define como un “thriller social”), una escalofriante metáfora de la esclavitud y la apropiación humana en un contexto de racismo y opresión sistémica. Esta vez es la ópera prima del rapero Boots Riley la que viene a plantear temáticas similares pero a través de una comedia satírica con elementos fantásticos que será para muchos la gran sorpresa de este 2018.

Sorry to bother you es un ataque directo a las corporaciones, a la cultura exitista de Silicon Valley, a los vínculos clasistas y racistas y la gentrificación en medio de una realidad alternativa que, por desgracia, se asemeja demasiado a la que le toca vivir a gran parte de la población.

La historia sigue a Cassius Green (el genial Lakeith Stanfield), un veinteañero largo viviendo en el garaje de la casa de su tío que se cuestiona su propio impacto en el mundo mientras intenta sobrevivir día a día sin trabajo y sin proyectos. Sucede que gran parte de la fuerza laboral es contratada y tercerizada por la empresa Worry Free Living, un conglomerado que promete casa y comida de por vida a cambio de volverse parte de la empresa, vivir en sus instalaciones y realizar las tareas asignadas a cada contrato. El hacinamiento y la condiciones infrahumanas de vida de estos individuos que visten el mismo overol y sonríen en las publicidades corporativas es fácilmente identificable en aquellos inmigrantes o habitantes del interior que trabajan en talleres de ropa o campos en situaciones que rozan la esclavitud, el precio a pagar por esa pesadilla capitalista que es el libre mercado.

Cassius finalmente consigue trabajo en Regalview, un call center definido por estereotipos como el gerente que presiona por resultados al borde de un ataque de nervios, la mosca corporativa a cargo de la motivación con su sonrisa tatuada y sus discursos llenos de lugares comunes, y el ambiente de trabajo donde la moral escasea y el sometimiento es moneda corriente. Por fortuna para Cassius, que no puede concretar una bendita venta, un compañero (Danny Glover) comparte con él la clave del éxito: usar su voz de blanco, que define como la de un hombre relajado, que no tiene problemas para pagar las cuentas y que está esperando cortar para subirse a su Ferrari y salir de ahí.

Con esa nueva voz (doblada por David Cross) Cassius gana una confianza inédita y las ventas caen una tras otra, un desempeño que rápidamente lo convierte en un Power Caller, un grupo de élite que trabaja un piso superior y cuenta con ascensor propio, oficinas individuales y un único cliente: Worry Free Living. Atrás quedan entonces su amigo Salvador (Jermaine Fowler), su novia artista activista Detroit (Tessa Thompson), el Norma Rae del call center Squeeze (Steven Yeun) y el resto de sus compañeros, en medio de un cese de actividades en reclamo de sindicalización y mejores condiciones laborales al que Cassius hace oídos sordos obnubilado por su nueva condición de clase acomodada.

El nuevo niño mimado de la empresa sigue escalando la pirámide corporativa hasta que es invitado a conocer al CEO de Worry Free Living, Steve Lift (Armie Hammer), y se encuentra frente a la realidad que hasta entonces se había empecinado en negar.

El mayor acierto del director y guionista es plantear un universo satírico que difícilmente podamos distinguir del propio y transmitir su ideología de una manera original y atractiva, sin perder el foco en el entretenimiento y sin caer nunca en la necesidad de culpar al hombre blanco (como hacía por momentos Get Out) sino pintando un panorama que es más propio de la condición humana y no de una raza particular. La película está plagada de guiños a la cultura popular y críticas al sistema y hasta se reserva un gag recurrente para apuntar el dedo contra el capitalismo cultural, la apropiación de cualquier movimiento social legítimo reformularlo y convertirlo en un producto (como vimos en la infame publicidad de Pepsi protagonizada por Kendall Jenner).

El concepto del afroamericano que debe pasar por blanco para triunfar en la sociedad y su pérdida de identidad es muy poderoso, y aunque la historia del hombre que vende su alma a cambio de éxito ha sido contada decenas de veces, Riley encuentra la forma de volverla no solo propia del protagonista sino también proyectarla en el espectador e invitarlo a cuestionarse a sí mismo, sus prioridades y las injusticias que elige no ver en la búsqueda de lo que sea que esté buscando — la comodidad propia a cambio de la explotación ajena es un dilema con el que nos cruzamos diariamente cuando vemos un precarizado repartidor de Rappi, esté o no cargando nuestro pedido.

Aunque las casi dos horas de película nunca se sienten densas, el tercer acto puede alejar a más de uno con su salto de la sátira a la fantasía científica sin aviso. En lo personal el cambio de tono me encantó no solo porque reivindica la visión de Riley, sino también porque el final tiene su propio mensaje encubierto, que es un desenlace perfecto para la historia que acabamos de ver, pero entendería que más de uno pueda experimentar ese cambio repentino de forma diferente. Es el momento que define a las películas de culto, aquel que algunos abrazarán y otros rechazarán pero que no por eso dejará de tener el mismo impacto.


Sorry to bother you es una inteligente y ácida mirada a la sociedad en la que vivimos que demuestra que la peor distopía es aquella que sentimos más cerca. Grandes actuaciones y un director debutante con ideas e inspiraciones muy claras construyen un producto que no solo hay que ver por su valor como entretenimiento, sino también para quedarse pensando en las problemáticas que plantea

LO MEJOR
+
Una ácida sátira de la realidad.
+ Un guión inteligente y dinámico.
+ Grandes actuaciones y dirección.

LO PEOR
Alguno la puede sentir larga.
El tercer acto polarizará.