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Analisis | ¿A quién vas a llamar?

ANÁLISIS: Better Call Saul – Cuarta temporada (Spoilers)

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Por: Jessica Blady

Tan simpático que parecía.

Por mi parte, quedó varias veces estipulado que “Better Call Saul” es una serie más acabada, profunda y pulida que “Breaking Bad” (2008-2013). Ojo, acá no se trata de desprestigiar un show tan genial y amado como el de Walter White y compañía, pero cuando tenés la vara tan alta, parece imposible de superar. Y Vince Gilligan y Peter Gould (creador del abogado más chanta de la TV) lo lograron.

Las desventuras de Jimmy McGill (Bob Odenkirk) no calaron en el inconsciente colectivo o en la cultura pop como sí lo hicieron las de Heisenberg; tampoco en los responsables de otorgar los galardones más prestigiosos, que siguen haciendo la vista a un lado y postergando la celebración cuando se trata de una de las mejores apuestas de la tele en estos momentos. Pero, ¿a quién le importan los premios?

Desde su primera temporada, “BCS” demostró que es parecida y diferente a su antecesora: la dupla creadora se encargó de mantener todo bien delineado dentro de los confines de un universo pre-establecido, pero siempre dejan abiertas las puertas (y las posibilidades) para expandir las fronteras de Albuquerque, cada vez que es necesario.

Todo es muy familiar para los fans de “BrB” que se maravillan cuando se cruzan con un viejo conocido de la serie o un guiño simpático al pasado/futuro de McGill; pero estos son sólo detalles, partes de un “decorado” súper complejo, donde lo más importante son los porqués y los cuándo de estos protagonistas que conocimos en circunstancias tan diferentes.   

Desde ese primer episodio en el año 2015 (“Uno”), buscamos el punto de quiebre para Jimmy sin darnos cuenta que esto se trataba de un proceso que debemos que atravesar junto al protagonista y a aquellos que lo rodean, muchas veces un daño colateral de sus malas decisiones, y otras tantas, el motivo principal de su “transformación” en Saul Goodman.

Sabíamos que, en algún punto, esto nos iba a doler, ya que muchas veces las respuestas no son las que nos esperábamos. Algo que dejó bien en claro esta cuarta temporada, una de las mejores hasta el momento, y eso es decir demasiado.

La cuarta entrega de “BCS” nos dejó diez episodios increíbles cargados de sutilezas, otras no tanto, y una calidad audiovisual y narrativa que exceden lo terrenal (¿es mucho?). “Breathe”, dirigido por Michelle MacLaren (cuando no); “Quite a Ride” de Michael Morris; o el tremendo “Something Stupid” con la maestría de Deborah Chow detrás de las cámaras y un prólogo al ritmo de la canción homónima interpretada por Frank y Nancy Sinatra que va a quedar en los anales de la TV, son muestras suficiente de la genialidad que Gilligan y Gould manejan entre sus manos, pero más que nada de la coherencia y la humanidad con la que impregnan su relato y este universo televisivo que, a pesar de moverse en el marco de la precuela, representa un verdadero upgrade con respecto a su antecesora.  

Quisimos creer que McGill era mucho más que el “resbaladizo Jimmy”. Que sus acciones, a pesar de tener desenlaces (casi siempre) nefastos, venían cargadas de buenas intenciones; y que las hirientes palabras de Chuck (Michael McKean), sólo eran una muestra de su desdén y de cierta envidia acumulada hacia su hermano menor. Quisimos creer que la culpa era de los otros. Nos dejamos segar por la simpatía y las ocurrencias de un personaje perfectamente desarrollado, y nos olvidamos (por momentos) que “aunque la mona se vista de seda, mona queda”, y que James nunca fue el tipo 100% decente que nos quisieron “vender” en un primer momento.

Ojo, es culpa nuestra y no de los realizadores que jamás ocultaron los hilos, sólo los embellecieron lo suficiente para que dudemos y creamos que, tal vez, había un poco de redención en esta historia, y que las “circunstancias” eran las verdaderas responsables de empujar a Jimmy hasta el abismo.

Resulta que Jimmy disfruta asomarse constantemente al precipicio, balancearse en el borde y darse una zambullida de vez en cuando, de la misma forma que Walter disfrutó su poderío como Heisenberg, aunque las diferencias con este último son más notorias y menos dañinas y violentas. Bueh, tal vez Chuck no opine lo mismo.      

Pensamos que gente “perversa” como Charles o Howard Hamlin (Patrick Fabian) eran los grandes villanos de esta historia, los responsables de los tropiezos de Jimmy o sus éxitos postergados. La realidad es que McGill jamás se hace responsable de sus actos y, en el camino, arrastra a aquellos que intentan ayudarlo.

Diez episodios esperando a que muestre algún indicio de culpa, remordimiento o, simplemente, cualquier sentimiento sobre la partida de su hermano. La muerte de Chuck afectó a sus colegas, a la mismísima Kim (Rhea Seehorn), que se replanteó toda su vida y más aún su carrera, pero nada hizo click en la cabecita de Jimmy, al menos, no de buena manera. Todos ya sabíamos cómo es Saul Goodman, el tipo siempre pendiente de cuidarse su propia espalda, pero nos encariñamos con este James y el contraste fue demasiado duro.

A Walter White lo dejamos de querer por el camino al ver lo maquiavélico de sus acciones, pero con Saul siempre hicimos esa excepción, mediando el hecho de que sus intervenciones no eran “para tanto”. Les tenemos malas noticias: toda esa manipulación, falta de moral y menosprecio pueden resultar tan terribles y venenosas como las lilies of the valley. Mucho más, a través de los ojos de Wexler que, como nosotros, no deja de caer (y lastimarse) bajo los influjos de su compañero de aventuras.

A lo largo de esta temporada vivimos momentos súper tensos entre los dos protagonistas que, de alguna manera, anticipan lo que va a pasar. No por nada, pero Kim no es un personaje presente en el futuro de “Breaking Bad”, y cada día quedan más claras sus diferencias con McGill, ¿o es con Goodman?

Su camino, paralelo al de Jimmy, tomó giros inesperados tras el suicidio de Chuck. En medio de la corrección y las buenas acciones de los trabajos pro bono, la abogada sintió esa “necesidad” del roce con la transgresión que tanto le atrae y lo distancia de su compañero. Culpemos a la monotonía o la adrenalina del momento, pero muy dentro nuestro entendemos que esto no va a terminar para nada bien. Ya sea que las pequeñas jugarretas legales de Kim salgan a la luz y pierda su licencia, o algo todavía más grave que ni queremos imaginar porque el amor es más fuerte.

El desarrollo de su personaje y la actuación de Seehorn no se pueden obviar a la hora de hacer cualquier balance positivo, sobre todo si entendemos cómo se va (también) transformando de esa suerte de Pepe Grillo de Jimmy, en una cómplice más de sus fechorías. Esa última escena de “Winner”, ¿hará la diferencia para la temporada que se viene?

En la mirada de Wexler parece haber más que sorpresa ante la firme decisión de James, más bien dolor y decepción al descubrir que Chuck no estaba tan errado en sus percepciones. Acá, todos somos Kim, viendo como la frágil aura de McGill se desvanece para siempre, dejándole la vía libre a Saul Goodman.  

Como cada temporada, esta cuarta entrega nos fue acercando a esa historia que ya conocemos, rellenando los “baches” de varios personajes ilustres de Albuquerque. Este año descubrimos las consecuencias del ataque que dejó postrado a Hector Salamanca y la historia de la campanita; la creciente enemistad con Gus Fring (y su plan vengativo) en pleno proceso de convertirse en el lord de la metanfetamina, con “cocinero” y laboratorio propio incluido; pero más que nada cómo Mike Ehrmantraut (Jonathan Banks) decidió dejarse seducir definitivamente por el Lado Oscuro y convertirse en el lugarteniente favorito del chileno. De alguna manera, la muerte de Werner Ziegler (Rainer Bock) sella su destino para siempre, y nos entrega ese personaje inquebrantable y dispuesto a todo, que pocas veces conoce medias tintas.   

Las apariciones de Banks siempre son breves y concisas, demostrando que “Better Call Saul” puede abarcar mucho, apretar bien fuerte y salir triunfante… en la mayoría de las ocasiones. Sí, te estamos mirando a voz querido Nacho Varga (Michael Mando), un personaje con buenos momentos, pero poca sustancia, que termina siendo una anécdota dentro de un show tan bien planificado. Una lástima, pero tenemos fe en el futuro y en su papel de “doble agente” entre los Salamanca y un Fring que poco perdona.

Los realizadores prometieron una temporada durísima y no nos defraudaron. Una vez más, “BCS” demostró que no necesita de artificios para generar impacto, sólo buenos guiones y las grandes interpretaciones de un elenco casi insuperable. Sumemos esa impecable narrativa y estética que ya es una marca registrada, y el resultado es una de las mejores temporadas televisivas de lo que va de 2018.

¿Por qué? Porque todo tiene que ver con estos personajes, sus decisiones, las consecuencias de sus actos, pero más que nada su naturaleza inmutable. La gente no cambia, sólo se adapta a su entorno y, en el caso de Jimmy McGill, decide que es mejor adoptar un nuevo alias (y no un alter ego como quisimos creer), en vez de estar ligado al apellido y a la sombra de un hermano con el que no pudo conciliar los tantos, incluso después de muerto.  

James no se convierte en Saul para tapar sus chanchullos: Goodman es la mariposa que emerge del capullo de McGill dispuesta a llevarse el mundo por delante ahora que tiene permiso y ya no necesita la aprobación de nadie, ya sea Kim, Chuck o la sociedad que siempre lo juzgó de antemano y le dio la espalda. Claro que tampoco tiene conflictos morales. De ahora en más, ¿todo es ganancia?