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Analisis | FUNCIÓN PRIVADA

ANÁLISIS: Private Life (2018)

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Por: Leo Valle

Tags: Netflix
Tamara Jenkins se rodea de figuras y lo hace de nuevo.

Private Life, la nueva producción original de Netflix, es el mejor ejemplo de porqué es tan sencillo ser un fundamentalista de Tamara Jenkins. La guionista y directora vuelve a ponerse detrás de cámara más de una década después de la fabulosa The Savages (2007) para contar otra historia de personajes desarmados intentando juntar las piezas de una realidad que no es la que sus versiones más jóvenes envisionaban, y vuelve a hacerlo con una mirada realista y una atención al detalle extraordinario.

Rachel (Kathryn Hahn) y Richard (Paul Giamatti) son una pareja de artistas aferrados a los retazos de la vida en una Nueva York en la que ella podía dedicarse por completo a la escritura y él era un renombrado actor y director de teatro experimental. Hoy Rachel tiene dificultades para publicar su nueva novela y Richard abandonó el arte por una fábrica de pickles orgánicos. Lo único que se mantiene estático es el mismo departamento de tres ambientes en el que viven, en un edificio que fue testigo del proceso de gentrificación a su alrededor y de alguna manera sobrevivió a la llegada de la nueva burguesía.

Con 41 y 47 años respectivamente, la pareja está lista para dar el próximo paso: concebir un bebé. Pero las elecciones del pasado parecen estar pasando factura porque la fertilidad de Rachel y el único testículo (bloqueado) de Richard atentan contra el éxito del costoso procedimiento de fertilización in vitro que están intentando —sin abandonar la burocracia de la adopción aún después de una horrible experiencia—. Jenkins plantea de forma honesta la realidad de las mujeres que deciden enfocarse en su carrera antes de formar una familia y cómo enfrentan las posibles consecuencias de ello. “Muchas mujeres tienen hijos a los 41 años, pensé que podía ser una de ellas”, grita Rachel durante una acalorada discusión con Richard, quien la increpa diciendo que no puede culpar al feminismo de tiempos universitarios de haber pospuesto la llegada de un bebé. La forma en la que está planteado el diálogo, que ilustra de forma perfecta el vínculo que une a la pareja y su dinámica particular, le permite a la directora no caer en el facilismo de plantear posiciones correctas o incorrectas. Ninguno de los dos tiene razón pero ninguno de los dos está equivocado tampoco. Sucede que no hay buen o mal camino, es simplemente el contraste entre la vida que elegimos vivir mientras hacemos planes y los planes que hacemos para vivir la vida.

En medio de este proceso su sobrina Sadie (Kalyi Carter) se muda con ellos después de pedir una ausencia de la universidad para intentar desarrollarse como escritora de ficción en el barro de la gran ciudad. Sadie es hija de Cynthia (Molly Shannon), la segunda esposa de Charlie (John Carroll Lynch), el hermano de Richard, y conectó con la pareja de inmediato por el costado artístico que los une, contando con ellos desde siempre como apoyo moral, emocional y profesional. Ese vínculo político pero íntimo le da coraje y libertad a Rachel y Richard para pedirle a la joven de 25 uno de sus jóvenes óvulos para un nuevo intento de fertilización, no sin antes generar un pequeño gran drama familiar. 

Poco más se puede decir de la película sin detallar alguna de las vueltas de rosca que esperan a lo largo de las dos horas que dura Private Life. Jenkins, una guionista extraordinaria, vuelve a poner la lupa en la clase media alta para mostrarnos cómo estos artistas con formación universitaria y una pila de libros sobre los estantes son individuos fallidos, obsesivos y hasta egoístas por momentos. Su brillantez no sólo no oculta sus falencias, sino que incluso las engrandece por el peso del potencial desperdiciado y los objetivos que no han sido cumplidos. Richard y Rachel viviendo en un apretado departamento contrastan perfectamente con la vida suburbana de Cynthia y Charlie, una vida para la cual ellos mismos no parecen sentirse preparados pero que de alguna manera es la representación de un tipo de fracaso personal que los acecha en todo momento. 

El manejo de cámara es igual de inteligente y elegante, con planos que por momentos no hacen sentir espías, invasores y testigos privilegiados de las vivencias de este grupo de individuos que fuera de foco o tras la suciedad de un vidrio dejan ver su propia vulnerabilidad. Jenkins ha evolucionado mucho como directora y ahora no solo dice con palabras sino también con las puestas en escena, como el de la lúgubre y silenciosa sala de espera de la clínica de fertilidad llena de parejas con la mirada clavada en el piso y listas para jugar a la ruleta de la oportunidad.

El personaje de Sadie, una joven en constante conflicto consigo misma, los paradigmas preestablecidos y el estilo de vida de sus ex-compañeros, es la representación del drama que dice despreciar aunque nunca se percate de ello. Su carácter observador, crítico y analítico promueve un cambio de ritmo y tono, y la mirada dinámica, humorística y compasiva de la experiencia de Rachel y Richard se convierte en una experiencia contemplativa de los conflictos internos y externos. Su irrupción en la cotidianidad de la pareja toca fibras sensibles y trae consigo nuevas dinámicas, además de generar un síndrome del nido vacío cuando indefectiblemente debe partir.

Hablar a esta altura de nuestro amor por Paul Giamatti, Kathryn Hahn y Molly Shannon sería redundante. Los tres (y en particular la pareja protagonista) están fantásticos y muestran una química única en pantalla, compartiendo un dejo de esperanza y melancolía que son completamente identificables, en particular cuando se convierten en frustración e impotencia. El gran acierto de Private Life es que no cae en excesos innecesarios, sino que es representativa de los temperamentos y las características de cada uno de los personajes. Hubiera sido sencillo sacar el gruñón de Giamatti, la mujer desesperada de Hahn o la madre obsesiva de Shannon a pasear, pero Jenkins conoce perfectamente a sus creaciones y convierte lo que en otra historia hubieran sido caricaturas o estereotipos en personas reales a merced de sus exabruptos, que no siempre están en control absoluto.

Y ese final… para abrazar un almohadón y quedarse en posición fetal por horas.


Los fundamentalistas de Jenkins estamos de parabienes porque Private Life es una mirada incisiva a un dilema con el que seguramente pocos se podrán identificar, pero cuyo tratamiento y ejecución es tan preciso y efectivo que es imposible no sentirse representado por la búsqueda de alguno de sus personajes y empatizar con todos ellos. Son dos horas de un atrapante viaje emocional, sincero y honesto a la vida de una pareja con tantas dudas como esperanza y tantos mambos como amor el uno por el otro.

LO MEJOR
+ Guión y dirección afiladísimas.
+ Un elenco impecable.
+ Grandes personajes y buena química.

LO PEOR
A algunos se les hará larga.
Todavía sigo pensando en la última escena.