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Analisis | MÁS BOCAS PARA ESCUCHAR

ANÁLISIS: Big Mouth: Temporada 02 (Ep.01 - 03)

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Por: Leo Valle

Los pibes y las pibas volvieron con todo.

Desde que comenzó con la avalancha de producciones originales, Netflix ha tenido un problema de visibilización y ha dependido del boca en boca para que algunas de sus mejores productos llegaran al público que merecen ––tendencia que se potencia en el caso de las series y películas animadas––. Así, mientras genialidades como BoJack Horseman o decepciones (en mayor o menor medida) como Disenchantment o The Dragon Prince son el foco del departamento de márketing, pequeñas joyas como Hilda, The Hollow, Final Space y la que nos ocupa, Big Mouth, pasan completamente desapercibidas.

La primera temporada de la serie creada por Nick Kroll, Jennifer Flackett, Andrew Goldberg y Mark Levin fue una de las mejores y más frescas del año pasado. Un viaje de descubrimiento a la cabeza de un grupo de chicos atravesando una de las facetas más complicadas en la vida de cualquier persona como es la pubertad. Aún así no era un producto fácil de recomendar porque entender el enfoque entre tanta charla de eyaculación, erección y menstruación que parecía apuntar al costado más grotesco del humor tomaba un par de episodios. Sin embargo, cuando comprendemos que en realidad la historia es un drama coming of age y no una comedia en el tono de American Pie las piezas encajan y vemos detrás de los monstruos hormonales imaginarios y las fantasías eróticas un grupo de personajes sencillos e identificables superando conflictos muy reales.

Me he referido en el pasado a la serie como una brillante aproximación a la ESI (Educación Sexual Integral) que trata temas como el despertar sexual, la inquietud homosexual y hasta el acoso de forma adulta, serena y madura. Nick, Andrew y Jessi, el trío protagonista, son expuestos a un enorme abanico de encrucijadas y debates no sólo a través de sus propias transformaciones sino también de las ajenas, que en la mayoría de los casos los obligan a cuestionarse a sí mismos y el mundo que lo rodea.

Si algo me dejaron los primeros tres episodios de esta nueva temporada es la sensación de que los creadores tomaron nota de las críticas del año pasado y a través de algunos cambios desarrollaron un producto más genuino e inteligente, con mejor ritmo y en el que el rol de cada uno de los actores intervinientes está mejor definido.

Como este es un espacio libre de spoilers, voy a evitar hablar con demasiado detalle tanto de estos primeros episodios como de los eventos que los preceden, en caso que alguien aún no haya visto la primera temporada y quiera darle una chance por el estreno de la segunda.

El fin del receso de verano encuentra a los chicos descubriendo los cambios que se sucedieron durante las últimas semanas. Andrew (John Mulaney) pegó el estirón mientras Nick (Nick Kroll) parece estar condenado a ser un “late bloomer”, Jessi (Jessi Klein) está metiéndose de lleno en su etapa rebelde y Missy (Jenny Slate) comienza a sufrir la presión de los pares. Ninguno de ellos, sin embargo, puede evitar sentirse intimidado por Gina (Gina Rodriguez), cuyo cuerpo se desarrolló durante el verano y es la envidia de las chicas y la nueva obsesión de los chicos. Gina es el centro de atención de estos primeros episodios, durante los cuales la serie también ahonda en la historia del Entrenador Steve (dándole finalmente una intención y una necesaria profundidad) y comienza a introducirnos en la que será la una de las temáticas de esta temporada: la vergüenza.

Un brillante David Thewlis (Lupin en la saga Harry Potter) le da vida al Brujo de la Vergüenza, una oscura figura que dirá presente durante los momentos más difíciles de los chicos para encerrarlos en un círculo vicioso de condena personal que atacará su autoestima. La figura del Brujo es fundamental para darle un costado todavía más humano a las problemáticas, explotando las inseguridades a través no de la mirada del otro sino la propia y generando una empatía única por los personajes.

Sucede que ya entrada en la etapa de descubrimiento del propio cuerpo, la serie comienza a tratar la aceptación de los cambios, el valor de la diferencia, la manera en la que nos vemos a nosotros mismos y la forma en la que el mundo nos percibe y nos recibe en consecuencia; como bien dice Jessi, Gina cursa con el grupo desde el primer grado pero fue sólo cuando su cuerpo se volvió un objeto de interés que los varones la notaron. La objetivización de la mujer y el empoderamiento femenino continúan siendo parte fundamental de la narrativa y la serie no abandona su crítica al machismo con el que conviven estos chicos y chicas ––que atraviesan las mismas etapas que ha atravesado un treintañeros largo como yo pero en un contexto sociopolítico completamente diferente–. El guión se hace eco de las conversaciones, discusiones y cuestionamientos que son parte de nuestra cotidianidad de forma satírica pero realista, con elegancia pero sin guardarse nada y continúa dando en la tecla. 

Por si no quedó claro, la segunda temporada de Big Mouth me viene gustando mucho más que la primera, que tardaba en conectar con el espectador quizá en gran parte por sus (valga la redundancia) propias expectativas. Los tres primeros episodios son poderosos, dan cuenta de que las críticas fueron escuchadas e introducen personajes magníficos cuyo potencial aún no ha sido explotado del todo.

Si la primera temporada te gustó esta segunda te va a encantar. Y si nunca viste Big Mouth dale una chance, porque realmente vale la pena.