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Editoriales | PRO GAMER CON MAYÚSCULAS

CONTRATAPA: El gen competitivo del mediocre

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Por: Leo Valle

Cuando la búsqueda de la gloria no radica en la práctica, sino en las excusas.

El miércoles por la madrugada, después de la clásica sesión de Fortnite de la noche del martes, un pensamiento me despertó súbitamente. ¿Podría mejorar mi pobre desempeño en el juego reemplazando el querido Dualshock 4 por un mouse y un teclado? Horas más tarde, después de haber completado algunas tareas, conecté un kit que tenía por ahí dando vueltas e hice una prueba piloto que se completó esa misma noche en una sesión un tanto más extensa.

Cuando hubimos terminado, sin embargo, me encontré frente a la nueva configuración pensando un largo rato qué me había llevado a intentar dar ese salto en apariencia superfluo.

Hubo un tiempo en que los conceptos de victoria y derrota en un campo de juego (¿o batalla?) virtual significaban algo para mí. Naturalmente el ámbito jugable no escapó a mi carácter de ordinario, por lo que podrán imaginar lo frustrante que resulta en un entorno competitivo ser un eterno mitad de tabla con aspiraciones grandilocuentes. Aún así, la adrenalina de la competencia, la reivindicación de los vínculos sociales y el eventual desempeño que excedía las expectativas alimentando las esperanzas de mejoría eran suficiente para continuar ascendiendo de forma manual esa escalera mecánica en constante descenso.

Décadas atrás un joven Leo era un fundamentalista de la PC, plataforma en la que se fusionaban trabajo y entretenimiento en partes desiguales. Tiempos de procesadores, memoria RAM, placas de video de gama media, macros, archivos de extensión ini y hasta periféricos Logitech cuyo valor radicaba en el ahora abstracto número de puntos por pulgada y la más tangible cantidad de botones y teclas disponibles. Tiempos, en retrospectiva, innecesariamente complejos, pero que guardan un lugar particular en una historia personal.

Abandonar la PC por una Mac y concentrar el gaming en consolas no trajo consigo la extracción del gen competitivo, sino la aparición de nuevas vías de escape. Los Doom, Quake y Unreal Tournament y afines fueron reemplazados por los Pro Evolution Soccer y posteriores FIFA del mundo, experiencias que permitían a los decadentes reflejos dejar el volante a la experiencia y la táctica y continuar el viaje durmiendo en el asiento trasero. Con el tiempo, por fortuna, la respuesta a la derrota también mutó de una frustración iracunda a una apacible indiferencia, y aquel pibe que le gritaba irracionalmente a una pantalla y golpeaba escritorios aullando injusticias parecía haber quedado en el pasado – no completamente, por supuesto, porque es parte de la escena y la esencia competitiva virtual el sentirse a merced de desventajas fuera de nuestro control, como el lag, la respuesta de los joysticks y demás.

Así pasaron los años, hasta que durante gran parte de este 2018 me encontré no solo intentando analizar y explicar (¿justificar?) mi fracaso e impericia en las mecánicas fallidas y los sistemas mal implementados de la serie FIFA, sino también sumergido en un nuevo desafío: las muchas aristas que componen el complejo e impenetrable Fortnite.

No voy a ponerme a explicar el fenómeno más importante de los últimos años en este sitio, desde ya, sino más bien mi aproximación a su propuesta, que comenzó como una forma de introducirme en el género en medio de la (por entonces) dominación absoluta de Player Unknown’s Battlegrounds y se convirtió en el ritual comunal de cada martes. Como sucede con cualquier actividad, la práctica inevitablemente lleva a una ligera mejoría en las habilidades y la ejecución en general, por lo que un (muy) lento pero sostenido aumento en la precisión y la comprensión del funcionamiento y el ritmo de juego es lo que mantuvieron la zanahoria delante del caballo al que llamamos interés; sin dejar afuera de la ecuación lo que hace por la integración social y el crecimiento de la saludable comunidad a la que tengo el privilegio de pertenecer.

“Los vi un rato y son malísimos,” me dijo alguien pensando que esa máxima podía llegar a recibir algo más que una confirmación como respuesta.

Es que ganar es la rarísima excepción. Lo que queda y lo que vale es el tiempo compartido, las anécdotas y las experiencias vividas. El aspecto caricaturesco del juego le quita peso a la derrota y los chistes internos le roban entidad al concepto de Pro Player Con Mayúsculas. El ciclo de caer, juntar, pelear y morir se sucede con tal naturalidad que un jugador casual se puede dar el lujo de hacer la vista gorda al extraño comportamiento balístico, al inexistente balance de las armas y la desmedida ventaja que ofrece un sistema de construcción rápida que no tiene límite de recursos o de alcance. 

Hasta que el gen competitivo empieza a revolver las tripas y jugar con la cabeza, buscando justificativos para los inexorables fracasos.

De repente la incoherencia en la balística de esas entretenidas ametralladoras de juguete empieza a mostrar su cara más frustrante, el hit box de los personajes se siente inconsistente y el foco en la mecánica de construcción (como el intento de lanzar el juego oficialmente como deporte electrónico ha confirmado) resulta en un end game aburrido y abusivo. El siguiente paso es la búsqueda de soluciones a problemas que solo uno ve: que la caída de bala deberían afectar a todas las armas, que la construcciones no debería ser resistentes durante el primer segundo, que el alcance de las ametralladoras no debería ser infinito, que debería haber un límite de materiales por jugador y mucho más. 

La sensación de indefensión y la impotencia que la falta de habilidad conlleva aumenta exponencialmente cuando se cruzan jugadores utilizando un sistema de control diferente y la balanza de poder se inclina todavía más en la dirección opuesta. Entonces el gen competitivo del mediocre, que trabaja lento pero nunca descansa, nos induce a cuestionar ya no el juego, sino el balance de poder a merced del sistema de control. El problema no radica en el jugador sino en sus inferiores posibilidades frente al resto. El estorbo es el joystick. El obstáculo, de repente, son los puntos por pulgada y la cantidad de botones y teclas disponibles. 

De repente la victoria está a un periférico de distancia. A conectar el mouse y el teclado entonces.

Por supuesto la experiencia fue en extremo improvisada. Apelando a un kit inalámbrico de oficina que haría retorcer a la autodenominada Master Race toda salté de aquel autobús volador una vez más, confiando en que la memoria muscular tomaría el control y me retrotraería a los tiempos en los que el combo de Flak Cannon y Minigun era imbatible. Pero el tiempo no ha pasado en vano y Fortnite lejos está de aquel Unreal Tournament que favorecía el conocimiento del mapa, la velocidad de movimiento y la especialización de una selección de armas complementarias.

Si la versión con joystick era inadecuada y se limitaba a saltar desesperadamente intentando sacudirse las balas y en el proceso generar alguna estructura coherente casi por accidente, esta edición hardcore es todavía peor. La memoria muscular se tomó la noche y los fantasmas de la sensibilidad combinada con la complejidad de mecánicas que continúan siendo perfeccionadas por unos pocos (miles) contribuyeron a un desempeño todavía más lamentable.

Aún así, el gen competitivo del media tabla sigue alimentando las esperanzas. Porque es evidente que el jugador precisa tiempo para acostumbrarse al nuevo sistema de control; y mucho más evidente es que si no llega a mejorar el desempeño el problema habrá sido la cuestionable calidad de los periféricos o en la falta de una de esas (en apariencia) muy cómodas sillas "gamer".

El experimento del Fortnite Pro Player Con Mayúsculas continuará hasta que me harte y vuelva al confiable joystick acusando a las uvas de haber estado muy verdes, o hasta que me frustre y vuelva al confiable joystick apelando a mi anoréxica billetera y la imposibilidad de adquirir hardware acorde al potencial no explotado que duerme en mis manos. 

Sea cual sea el resultado, el gen competitivo del vulgar ya empezó a hacer de las suyas y parece no haber vuelta atrás. Temamos