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Analisis | OH MANDY...

ANÁLISIS: Mandy (2018)

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Por: Leo Valle

Tags: Mandy
Íbamos a reírnos de otro delirio de Cage y terminamos maravillados.

Como cualquier persona de bien tengo una admiración particular por Nicolas Cage. No solo porque pienso que es un buen actor (basta ver Leaving Las Vegas, Lord of War y Adaptation, por nombrar algunas) sino también porque es un tipo dispuesto a asumir riesgos, empujar sus propios límites y ponerle el cuerpo a papeles jugados que otros ni considerarían. El compromiso con su forma de expresión artística es tal, que nunca bajó las revoluciones aún cuando ha expresado un desagrado por la “memeficación” de sus interpretaciones.

Y todavía estaba procesando la belleza de Mom and Dad (Brian Taylor, 2017) cuando me crucé por primera vez con el trailer de Mandy, la nueva película del guionista y director Panos Cosmatos (cuya ópera prima, Beyond the Black Rainbow, estoy buscando desesperadamente). En aquel primer avance Mandy prometía una simple historia de venganza en medio un viaje lisérgico, con un Cage desatado y algunas escenas memorables, como un enfrentamiento con sierras eléctricas.

Y cumplió. Hay una historia de venganza, un viaje lisérgico, un Cage desatado y escenas memorables, pero esa es una sobresimplificación de esta polarizadora experiencia de dos horas en la conviven dos películas con ritmos completamente diferentes, que precisa y recompensa una revisión que permita capturar cada una de las referencias y apreciar los matices y climas que la dirección de Cosmatos, la magnífica fotografía de Benjamin Loeb y la extraordinaria banda de sonido del fallecido Jóhann Jóhannsson componen.

Mandy es la historia de Red Miller (Cage), un leñador que lleva una vida tranquila en una cabaña en el medio del bosque con su pareja Mandy (interpretada por la maravillosa Andrea Riseborough) hasta que Jeremiah Sand (Linus Roache), el líder de un culto religioso, se obsesiona con ella y decide hacerla su compañera. Tras un asalto a la cabaña que no termina bien para ninguno de los involucrados, un Red dejado por muerto decide salir de caza.

Esa sucesión de eventos que en cualquier otro thriller de terror o película de acción promedio no superaría los treinta minutos, en Mandy toma una hora. Es una lenta introducción a un universo con sus propias reglas que esconde sus múltiples referencias a plena vista y es habitado por personajes torturados, introvertidos y emocionalmente violentos o violentados. La primera mitad es un viaje de colores saturados, secuencias que por momentos sienten inconexas e incómodas escenas de diálogo o exposición que ponen a prueba los sentidos que son, en retrospectiva, la cuenta regresiva de una bomba a punto de explotar. 

Red, todavía en ropa interior y con una botella de vodka en la mano, se mete en el baño a llorar y esterilizar con el alcohol en sus múltiples heridas, tomando desesperadamente mientras cambia, trago a trago, el llanto del duelo por aullidos animales y la furia incontenible de su sed de venganza. Todo en una toma de unos dos minutos con un único plano y un memorable Cage extasiado que da comienzo a una meteórica salida de un infierno personal a fuerza de violencia y gore y que también es la contracara absoluta de la letárgica primera hora. Red funde metal y construye su propia arma para mutilar a cada uno de los demonios que lo llevaron allí y se baña en la sangre de sus enemigos mientras el tono y la cadencia de su voz bajan hasta emular a la misma figura diabólica responsable de todos sus pesares. 

Duelos de motosierras, un trío de motoqueros diabólicos, decapitaciones y una ballesta de nombre “Ripper” (entregada por el mismísimo Bill Duke) son los argumentos de venta de un desenlace que aunque predecible en su desarrollo se guarda un par de sorpresas bajo la manga.

Mandy se convertirá de inmediato en un clásico de culto, pero existe una hipotética versión con veinte minutos a media hora menos de duración que seguramente sería apreciada por un público más numeroso. Sin embargo, por experiencia propia, si la primera pasada no los convenció denle una nueva oportunidad, porque es una experiencia tan demandante como recompensante.


La segunda película de Panos Cosmatos es una verdadera obra de arte que antepone la estética al ritmo a riesgo de sacrificar accesibilidad. Por fortuna un elenco impecable y una hipnótica puesta en escena ayudan a superar las dificultades y disfrutar de una aventura que es, sin dudas, enriquecedora en todos sus aspectos.

LO MEJOR
La puesta en escena.
Grandes actuaciones del elenco principal.
Mejora en cada mirada.

LO PEOR
Le sobra media horita.
Por momentos se pone EXTRA rara.