Opinion

Single Player | Cómo un videojuego me llevó al golf

Más allá del acto de jugar; más allá de las facetas lúdicas de los videojuegos, existe algo más que puede enriquecernos, si sabemos observar.

Hacía mucho tiempo que no me sentaba a jugar un buen juego de golf. Por fortuna, esto cambió con el análisis que publiqué dedicado al nuevo PGA Tour 2K21. Mi relación con este tipo de juegos es de larga data: el primero que jugué fue el viejo Links, en una IBM Aptiva 386 con unos poderosos 2 megabytes de ram. No podría precisar qué era lo que me atraía tanto de este juego: técnicamente no era una maravilla, pero recuerdo que ver cómo dibujaba el terreno por capas, con sus desniveles y todo -algo que normalmente uno no debería ver en pantalla, pero que yo podía apreciar debido a la escueta potencia de mi viejo equipo- me resultaba hipnotizante.

Avanzar por esos fairways era casi como vislumbrar una suerte de animación cuadro por cuadro que con práctica terminaba en birdies y eagles, ostentando una tarjeta de recorrida envidiable: me había vuelto bastante bueno en esto de calcular cómo pegarle a la pelotita. De ahí en más, jugué prácticamente a todos los juegos de golf disponibles: realistas, arcade, con distintos tipos de swing; a tres clicks y más tarde con la grandiosa introducción del swing con el stick analógico en Tiger Woods 06, algo que llegaría para quedarse definitivamente no sólo en esta serie sino en otros juegos, entre ellos, The Golf Club.

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Links era una obra de arte.

Links era una obra de arte.

Con el tiempo, me sorprendí mirando torneos de golf en la tele: circuitos completos del PGA Tour, sazonados por la aparición de algunos jugadores argentinos como el cordobés Pato Cabrera. Para ese entonces, ya había incorporado la información sobre los distintos palos que se utilizan, el loft de cada uno de ellos, los distintos tipos de golpes y demás cuestiones técnicas que hacen a la práctica del deporte. Descubrí entonces que en efecto, me gustaba muchísimo el golf.

En la idiosincrasia de nuestro país, este deporte está ligado directamente con una clase social de la que nunca fui parte. De familia de clase media-baja, ultra laburante, pensar en practicar golf suponía algo cuanto menos, extraño o lejos de la realidad. Fue gracias a la cercanía con estos videojuegos que no sólo conocí mucho del deporte, sino que también me animé a curiosear un poco en el ámbito local. Para mi sorpresa, fue mucho mejor de lo que esperaba. Contacté con aficionados súper amables, que me explicaron cómo funciona el circuito amateur, por dónde empezar para practicar, qué palos conseguir, qué driving range convenía visitar.

Tengo que confesar que nunca llegué a jugar un curso entero ni tampoco terminé de armar mi bolso: tengo un set de palos incompleto en calidad de eterno “work in progress”, con el cual obviamente no podría jugar pero sí repasar algunas lecciones de swing en distintos driving range cerca de donde vivo. Antes de toda esta locura del Covid-19, no había un mes en el que no visitara estos amplios campos de entrenamiento, balde de 200 pelotas en mano, para desconectar un poco e imaginar cómo sería golpear esa bola para llevarla en un trazado perfectamente calculado al hoyo. Estoy convencido de que en algún momento sí voy a poder caminar la cancha y completar los primeros 18 hoyos de un campo de mi vida.

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Por muy poco dinero (muy poco) podés pasar el día en el driving practicando sin tener siquiera palos.

Por muy poco dinero (muy poco) podés pasar el día en el driving practicando sin tener siquiera palos.

Y mientras pienso en esto, me es imposible no reconocer el poder, la fuerza que tienen los videojuegos para abrirnos la cabeza en direcciones inesperadas. Muchos atribuyen su conocimiento del inglés como idioma gracias a las viejas aventuras gráficas: la idea de tener que aprenderlo para poder no sólo atravesar los puzzles sino también disfrutarlos desde un punto de vista narrativo. Fue mi caso, y lo mismo sucedió con el golf: de no ser por Links, probablemente nunca me hubiera fijado en el golf como deporte y mucho menos todavía hubiera pensado en practicarlo. No puedo decir qué tan distinta hubiera sido la narrativa de mi vida sin este detalle, pero sí reconozco que gané algo importante al incorporarlo a mi vida. Y el ejemplo puede extenderse mucho más allá todavía. ¿Quién no ha descubierto artistas musicales a través de Guitar Hero o la serie Tony Hawk?

Por eso creo que los juegos son verdaderos artefactos culturales. No es cierto que es una facultad que tienen ahora, de la mano de los avances tecnológicos ni los múltiples recursos que se pueden utilizar para contar una historia. De hecho, para ser culturales, ni siquiera necesitan una historia. El mensaje siempre estuvo ahí y siempre va a estarlo: simplemente hay que aguzar el oído y saber escuchar.

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