Opinion

Comfort Gaming | El gunplay de Modern Warfare en Warzone

El salto de Call of Duty al género Battle Royale es un éxito rotundo, pero su capacidad de mantener interesados a los jugadores sigue siendo su mejor carta

Call of Duty nunca fue santo de mi devoción, sin embargo desde Modern Warfare (2019) se transformó en uno de mis juegos más queridos y, por ende, parte de Comfort Gaming. Conozco la franquicia desde sus orígenes, disfruté de sus primeras entregas y admito haber sentido cierto escozor cuando para su cuarto capítulo nos llevaron a conflictos modernos. Claro que todas las dudas desaparecieron cuando pude jugar finalmente aquella campaña espectacular, seguida de la brillante continuación, y entendí que desde entonces los FPS bélicos habían cambiado para siempre. Si bien las campañas eran geniales nunca me hicieron sentir la inmersión necesaria como para considerarlas algo más que una película pochoclera de guerra en la que el ejército de “los buenos”, siempre personificados por EEUU y sus aliados, ostentaban su poderío tecnológico y su entrenamiento superior.

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Gran parte del encanto de la saga siempre radicó en su brillante apartado multijugador. Y es que, más allá de las preferencias de cada uno, es imposible negar el altísimo estándar de calidad que maneja Infinity Ward. Sus mapas medianos ofrecían la distribución adecuada para todo tipo de estrategias, siempre apoyados en una jugabilidad pulida y una performance técnica suave y envidiada por las sagas competidoras, mientras que los escenarios más pequeños sobresalían por sus sangrientos y frenéticos enfrentamientos. Sin embargo, en mi escala de calidad personal, siempre preferí invertir mi tiempo en el multijugador de Battlefield. La saga de EA ofrecía lo opuesto, las campañas eran mediocres pero el multi tenía mapas gigantescos y estaba más orientado al realismo, con vehículos de todo tipo, edificios destruibles y un motor físico severo que afectaba la caída de los proyectiles. Por esta razón mi paso por el multi de Call of Duty siempre era breve, recreativo y más que nada para disfrutar de sus misiones coop a pantalla dividida u online.

Soy el tipo de jugador que necesita participar de cada lanzamiento y, al menos en mi grupo de amigos, cada Call of Duty nuevo es un evento esperadísimo. Año tras año me subo al tren del hype pero me bajo en la primera estación, antes del primer mes de vida del juego, porque la jugabilidad frenética tan característica de la saga me resulta cansadora. Sin embargo esto cambió el año pasado con Modern Warfare, cuya campaña volvió a elevar el estándar, aunque fue su modo multijugador el que terminó de conquistarme. Activision comenzó con el pie correcto cuando se comprometió a adoptar limitar la monetización a ítems cosméticos y a garantizar el acceso a todos los futuros mapas de forma gratuita. La segmentación de la base de usuarios es, históricamente, uno de los mayores problemas del género: condena a quienes no pueden comprar los DLC a jugar siempre los mismos mapas y, a la vez, castiga a los compradores con servidores menos poblados en todos los modos y contenidos de pago.

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Los mapas grandes, que permitían combates de más de 60 jugadores y vehículos terrestres, me dieron el oxígeno que necesitaba para interesarme en el multijugador y pronto me descubrí disfrutando de todas las playlist, inclusive la atrocidad llamada “Shipment 24/7”. Modern Warfare arrasó en ventas y las arcas de Activision-Blizzard quedaron repletas con su desempeño comercial, sin embargo fue su salto al género de los Battle Royale el que lo catapultó al éxito absoluto. El modelo de Battle Pass que tan bien venía funcionando en otros juegos del género, especialmente en Fortnite, le sentó como anillo al dedo y de pronto Warzone se plantó ante la industria como un fuerte rival a tener en cuenta. Los valores de producción de Activision-Blizzard sumados a la experiencia de Infinity Ward siempre fueron un equipo fantástico, pero el haber separado el modo battle royale para lanzarlo de forma gratuita fue una movida magistral. Cuando decidieron aprovechar el cross play entre PS4, XONE y PC, que había debutado en Modern Warfare, e implementarlo para que siempre haya servers llenos de jugadores listos para combatir en Verdansk fue la frutilla del postre.

En marzo todos mis amigos estaban listos para sumarse al nuevo battle royale pero yo, como nunca me terminó de gustar el género, estaba bastante escéptico. Sin embargo le di una oportunidad porque ya tenía una buena cantidad de horas en Modern Warfare, además gracias al cross play podía jugar desde la PC con amigues que generalmente juegan en consola. El flechazo fue tan rápido como profundo y, en cuestión de días, las incursiones a Verdansk se transformaron en una cita diaria. Todas las noches al terminar de trabajar estaba el equipo conectado, los fines de semana salían maratones de entre 6 y 10 horas, de repente estábamos volviendo a hablar de clanes, la fiebre de Warzone había llegado.

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Pronto empezamos a armar estrategias, comparando el funcionamiento de las armas, compartiendo la mejor configuración de los 5 accesorios para cada una y armando diferentes loadouts según lo que la situación pudiera requerir. Entonces nos surgió una necesidad compulsiva por completar los 100 niveles del Battle Pass y guardar las mil monedas para adquirir el próximo sin gastar dinero real. Llegamos al punto de sentir una increíble sensación de vacío cuando alcanzábamos el nivel máximo de personaje y nos quedábamos sin ese incentivo extra para seguir completando las misiones. Así, sin darme cuenta, terminé acumulando más de 200 horas de juego entre el multi regular de Modern Warfare y Warzone, de las cuales el 75 por ciento le corresponden al modo battle royale del nuevo Call of Duty.

Entonces, ¿Qué tiene Modern Warfare que no haya tenido otro Call of Duty en los últimos años? Y, por otro lado: ¿Qué tiene Warzone que no tenga otro battle royale? La primera respuesta es sencilla, Modern Warfare fue un necesario reboot para la franquicia, la campaña es genial, como siempre, pero el multijugador parece haber sido orientado a satisfacer todo tipo de audiencia, por eso un clásico jugador de Battlefield como yo también pudo sentirse a gusto. En cuanto a la segunda respuesta es un poco más compleja, pero igual de comprensible, ya que Warzone ofrece una experiencia pulida cercana a un juego completo, alejándose así de la mayoría de la oferta Free to Play. Aprovecha muy bien la base previa del multi clásico, el mapa está repleto de detalles de calidad, se ve y se juega genial en todas las plataformas, y hereda la jugabilidad intuitiva y adictiva tan característica de la saga.

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En mi diccionario personal Comfort Gaming significa sentirme a gusto con un juego al punto de que ningún otro, de su género o similar, consigue saciar mis ganas de jugar. Modern Warfare consiguió transformarse en mi Call of Duty favorito el año pasado y sigue siendo el único FPS bélico que permanece en mis HDD, tanto en Xbox One como en PC, desde su lanzamiento. Warzone fue el responsable de introducirme de lleno en un género que nunca me había terminado de interesar y hoy en día es uno de mis Comfort Games de cabecera. En menos de tres meses se volvió un punto de reunión para hablar con amigos que viven lejos, fuente inagotable tanto de anécdotas trágicas como gloriosas, y en la mejor forma de transportarme al campo de batalla. El battle royale de Modern Warfare logró en mí lo que ningún otro Call of Duty pudo en más de 15 años de gaming: generar el nivel de inmersión necesario para conquistarme. Lo hizo con una propuesta que está a medio camino entre el realismo y la jugabilidad clásica de la saga, permitiéndome jugar con todos mis amigues y sin tener que pagar un solo peso.

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