Opinion

¿Por qué nos atraen los juegos difíciles?

¡Bienvenidos al pantano!

Hace unas semanas se estuvo hablando otra vez en Internet —y durante muchos pasajes, GRITANDO CON MAYÚSCULA— del ‘Modo Fácil’. Es decir, la idea de que todos los juegos, independientemente de la idea original de los desarrolladores, —ej: Dark Souls— deberían incluir un modo de dificultad accesible para quien lo desee. En esta nota no vamos a intentar refutar o apoyar ninguna de estas nociones, porque ya se ha hecho hasta el hartazgo, sino que vamos a intentar entender qué es lo que nos atrae tanto de estos “juegos difíciles” —especialmente a un tipo de gamer— y por qué a veces perdemos interés por los juegos “fáciles”.

Es imposible negar el hermetismo con que se vive dentro de este medio. Ya no tanto por lo laberíntico de los conceptos, como era antes, sino por cuan cerrados son muchos de sus participantes, sobre todo al cambio. Y mientras más se abre, estos personajes se aferran a lo que pueden para sentirse superiores al resto: Hoy, el modo difícil es uno de estos conceptos. Por eso, como las cosas ya no se pueden disfrutar por el simple hecho de hacerlo, nos preguntamos: ¿Qué hace que disfrutemos juegos que nos frustran? Sin dudas hay un placer en dar vuelta algo que al principio consideramos extremadamente difícil, pero la clave psicológica está en que muchos gamers atribuyen la frustración a motivos internos o externos. Cuando el juego está “mal hecho”, es decir, no es justo a sus ojos, le atribuyen la frustración a valores externos, se enojan con el juego y lo dejan. En cambio, si el juego parece “justo”, por más difícil que sea, atribuímos la frustración a algo interno y nos proponemos acallar este malestar, con el fin de poder dar vuelta la tendencia, y cuando finalmente lo logramos, es algo muy gratificante.

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Hace 10 años Dark Souls revolucionó la industria, pero su impacto no ha sido unicamente positivo.

Hace 10 años Dark Souls revolucionó la industria, pero su impacto no ha sido unicamente positivo.

Esta es la base del comportamiento, y podríamos decir que en sí mismo, no es un problema. Es casi natural que solo aceptemos desafíos que nosotros consideramos justos, sino estaríamos la merced de la voluntad de otros —que al fin y al cabo, es cierto en cualquier caso, pero mientras nuestra mente no nos lo diga, estamos bien—. El problema ocurre cuando extrapolamos este fenómeno a un contexto social, que como mencionamos antes, ya viene con un caudal de hermetismo y segregación, entonces tenemos la ilusión de que lograr algo en un juego significa ser alguien en la vida real, cuando no es así. Ahí es cuando el bello bosque se vuelve un pantano.

Por un lado hay un valor intrínseco a la experiencia difícil, que no hace a nadie más digno o menos digno, es solo una manera de disfrutar algo. Y en la industria en sí es constructivo porque le da a la comunidad mayor espacio para explorar tácticas y maneras de explotar las reglas del juego. Pero del lado psicológico, les permite a los jugadores entablar discusiones que van más allá de la estrategia y se concentran más en el ego de cada uno, que de algún modo, los hace sentirse más dignos del medio que otros, y esto es una resaca de aquel viejo hermetismo, que ya no le sirve a la industria.

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Entre otras cosas que Dark Souls trajo del pasado, está el hermetismo en los videojuegos.

Entre otras cosas que Dark Souls trajo del pasado, está el hermetismo en los videojuegos.

El hermetismo funcionaba cuando no había Internet y el medio llevaba las de perder. Cuando estaba lejos de la masividad comercial. Funcionaba muy bien cuando no había Internet, porque generó alrededor de los videojuegos un halo de misterio, donde conocías a alguien cuyo tío trabajaba en Nintendo y todo parecía posible; nos permitía soñar con un tipo de imaginación que hoy no existe. En cambio, ahora solo sirve para hacernos los boludos. Ignorar es una actitud muy cómoda frente a los problemas. Y la industria está repleta de problemas, y cada día se revelan nuevos, que se vienen ignorando desde aquel hermetismo original. Por eso el tiempo de hacernos los boludos llegó a su fin. Llegó la hora de ser honestos, con nosotros mismos y en la discusión con el resto de la comunidad. Es hora de hablar realmente de qué tipo de industria queremos, no para mañana, sino para hoy, ahora.

La mayoría de los gamers, principalmente los más avezados, no juegan por placer. No, para ellos ser gamer es una misión. Por eso suelen aguantarse cosas que capaz otros amantes de otros medios no harían. ¿Por qué seguís jugando este juego, si ya te arrancaste todos los pelos de la cabeza? ¿Cuántos terminan libros o series que directamente los aburren? Nadie va a celebrar a otra persona que vio una serie que le aburría, en cambio, en el círculo gamer es muy probable que reivindiquen a alguien que puso el esfuerzo en terminar algo que no disfrutaba. En los videojuegos se valora mucho la perseverancia, por la razón que sea, pero esto ya es una deformación que no es bienvenida.

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Hay un gran y peligroso desafío por delante: ¿Podremos superarlo?

Hay un gran y peligroso desafío por delante: ¿Podremos superarlo?

La industria se encuentra hoy, simultáneamente, en su mejor y su peor momento. Y las causas de estos dos extremos se reparten muy bien entre todos los participantes. Por eso es más importante que nunca que cada uno haga su parte desde el lugar que le corresponde. Nunca tuvimos tanta variedad de juegos, y en buen margen, de tan buena calidad. La última vez que salían juegos con velocidad semejante, ocurrió un crash del que casi no se recupera. Entonces, mientras ellos nuevamente pelean por sacarle todo el jugo a la Ferrari sin chocarla, nosotros deberíamos hacer lo mismo desde el lado social, porque se trata de una herramienta de inclusión como ninguna otra que se nos haya ocurrido en la historia.

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