Análisis

LOS ÚLTIMOS JEDI: Algunas reflexiones (SPOILERS, MUCHOS SPOILERS)

Nos quedaban algunas cositas para decir sobre la última entrega de la saga.
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Por: Jessica Blady

Cabe recalcar el disclaimer: lo que sigue a continuación está repleto de spoilers sobre “Star Wars: Los Últimos Jedi”. No avances, no leas, no putees al pedo si te cagamos la sorpresa y, más que nada, respetemos las opiniones ajenas porque nadie es dueño de la verdad absoluta. Sólo un Sith piensa en absolutos, y acá estamos del lado más luminoso de la Fuerza.

Ahora sí, tratemos de acomodar algunas ideas y racionalizar esta batalla campal que se estableció apenas unos días después del estreno de Episodio VIII, una historia que sacude un poco (bastante) el clasicismo de la saga, y parece haber dividido las aguas entre los “fans de la vieja escuela” y los “millennials que se cagan en el pasado”.

Mi primer recuerdo de “La Guerra de las Galaxias” (porque así se la llamaba en la década del ochenta) data de algún cumpleaños infantil donde esta niñita, totalmente fascinada, aplaudía con ímpetu al joven Luke Skywalker volando en pedazos la primera Estrella de la Muerte. La niñita creció, tiene unos cuantos años más (no hace falta entrar en detalles), pero no pudo evitar emocionarse y vitorear, esta vez, al vejete Jedi Master Luke pintándole la cara a su sobrino Ben en un despliegue sin igual del manejo de la Fuerza. La escena (y la reacción general) no se discute porque el momento es épico y visceral por dónde se lo mire, aunque nunca, NUNCA hayamos visto algo parecido a lo largo de la franquicia.

Lo nuevo no es malo si tiene sentido y se justifica, algo que Rian Johnson decidió explorar sin miedo y, al parecer, tomando una frase crucial de uno de sus protagonistas: “Deja que el pasado muera. Mátalo, si hace falta. Sólo así te convertirás en quien debes ser”. Kylo es un poco literal, pero en sus palabras también hay una metáfora. Es hora de desprenderse del peso (y las comparaciones) de la trilogía original y de las precuelas, dándoles el lugar a esta nueva generación de personajes que aparecieron en “El Despertar de la Fuerza”.

No hay un complot para asesinar a nuestros héroes protagonistas y marginar a los fans acérrimos de la saga (léase, “los de la vieja escuela”). Nuestros héroes ya se murieron (Carrie Fisher), se cansaron del personaje (Harrison Ford viene pidiendo a gritos que lo maten desde 1977), o merecían una salida dignísima, como Mark Hamill, antes de volverse cascarrabias como el viejo Ben Kenobi (aunque lo dudamos).  

Johnson piensa en una evolución y en contrastes, algo que no habíamos tenido hasta ahora. “Star Wars” nace, básicamente, como una epopeya espacial con extrañas criaturas, navecitas y samuráis intergalácticos. El camino del héroe para Luke, la saga de la familia Skywalker (aunque Leia ni corta ni pincha, vamos), buenos incorruptibles, malos muy malos y algunos personajes que se redimen. Seamos sinceros, es esto y no mucho más, aunque lo amemos hasta el tuétano. La clásica historia del bien contra el mal, englobados en rebeldes y el Imperio, la lucha del oprimido contra el poderoso, y la esperanza como hilo conductor desde hace más de cuarenta años.

Johnson decide que en este universo ya no hay blancos y negros. Sus protagonistas son más complejos, maduros y van a aprender de sus errores a los ponchazos. Más o menos como nosotros, aunque no tengamos que liderar ejércitos, ni entrenar a una joven padawan que podría, o no, ser una nueva esperanza.

Nunca nos hablaron así de la Fuerza (tampoco nos la mostraron), ni de los Jedi, dejando de lado toda visión romántica sobre una orden que, en definitiva, sucumbió bajo el peso de sus propias vanidades. “El fracaso es el mejor maestro” asegura Yoda y resume todo en apenas un par de palabras, recordándonos que fue un Jedi Master quien entrenó a uno de los Sith más poderosos de la galaxia. Ese momento de iluminación (literal y metafórica) reafirma lo sabio que siempre fue el petizo verdoso, y de que no hay que tener miedo a equivocarse para seguir avanzando.

Hay tantos grandes momentos para analizar y celebrar en vez de indignarnos como si nos clavaran un sable de luz por la espalda. Algunos esperamos varias décadas para atestiguar que la Fuerza también era intensa cuando se trataba de Leia Skywalker, y que podía sorprender con algún que otro truquito, además de comunicarse telepáticamente con su hermano. 

Cando llegó el momento indicado, nos demostró de qué estaba hecha, y Johnson aprovechó para resaltar esta nueva etapa donde a las mujeres se les permite ser líderes, poderosas y, de vez en cuando, jugar con los sables luminosos. La princesa siempre fue una chica de armas tomar y una gran estratega (hasta 1983, la única en toda la saga). La general lo siguió siendo, pero le debían (y nos debían) su conexión épica con la Fuerza. Entonces, ¿por qué no salvarse de una muerte segura? Si me preguntan, es mucho más badass que levitar o mover objetos. Se entiende que el momento es “polémico” pero, ¿dónde está la diferencia entre sobrevivir en el espacio y asfixiar a tus subordinados con la mente? Si pasaba lo mismo con Luke, ¿hubieran levantado las antorchas? Sean sinceros antes de tirar una lista de peros justificados.

Muchos de los indignados levantan la bandera de los orígenes de Rey o la verdadera identidad de Snoke como interrogantes relevantes que deben ser contestados; y claro que salieron decepcionados reclamando su dinero porque el realizador decidió descartar todas sus teorías y, para peor, que estos no eran asuntos tan importantes para la trama. Pero lo son. El hecho de que Rey no sea “nadie” o hija de nadie es mucho más notable que tener sangre Skywalker en las venas. Y ni hablar de que Kylo te lo refriegue en la cara para bajarte un poquito más la autoestima y que te unas al Lado Oscuro sin miramientos, ¿en serio?

Parafraseando un poquito al Batman de Nolan (¿otra vez con Nolan?), “cualquiera puede ser un héroe” y ahí es donde todo cobra sentido: Rey, su necesidad de pertenecer y tener un propósito tras ser abandonada y, por supuesto, ese pequeño rebelde de Canto Bight que seguramente, como tantos a lo largo de la galaxia, representa esa “nueva esperanza”, parte de esa “chispa que encenderá el fuego que devastará a la Primera Orden” porque este no es el trabajo del último Jedi, sino una hazaña en conjunto llevada a cabo por esos oprimidos dispuestos a darlo todo en nombre de la libertad, como ocurre desde 1977.

Johnson, como Gareth Edwards en “Rogue One”, nos empuja a preocuparnos por ese Juan y Juana Pérez dentro de las navecitas que caen como moscas bajo el poderoso puño de la Primera Orden. Si, son héroes anónimos, pero de ellos depende el éxito o el fracaso de cada misión, y la supervivencia de la Resistencia, que se va diezmando ante nuestros ojos sin que podamos hacer nada al respecto.

¿Y Snoke? Snoke es una excusa, un recurso, un plot device que decanta desde Episodio VII para que aflore el verdadero villano de esta trilogía. Kylo Ren no necesita de un Darth Sidious que lo humille y le reste importancia, no a este antagonista que llegó a matar a su propio padre para no tener que lidiar con conflictos internos, pero que no se atrevió a tocar a mamá porque, al fin y al cabo, es un ser de carne y hueso con miedos y ambiciones, ambos demasiado desmedidos.

En este personaje tan volátil e impredecible radica uno de los grandes interrogantes para el futuro de “Star Wars”. Uno mucho más interesante que el árbol genealógico de Rey o dónde fue a para el sable verde de Luke.

El amigo Rian ni se molesta en ocultar sutilezas. Canto Bight puede resultar un punto flojo en cuanto al ritmo de la trama, aunque estas desviaciones ya eran moneda corriente en la trilogía original y acá, encima, suma algunas reflexiones políticas y socio-económicas (y anticapitalistas), incluso, más atrevidas y directas que cualquier cháchara en el senado que haya imaginado George Lucas. Rose (¡qué hermoso personaje!) es el ejemplo más palpable de la Resistencia y la tiranía de la Primera Orden. Johnson simplemente transforma su anhelo metafórico de acabar con estos ricachones que sacan provecho de la guerra en literalidad, y además agrega un toque de western en esa estampida infernal. ¿Qué más quieren?

Si por el contrario les gusta más el surrealismo, el director nos regala la escena de Rey en la cueva, si quieren un cierto paralelismo con la de Luke en “El Imperio Contraataca”, sólo que a ella le toca descubrir que está solita (aunque no es tan así, lo sabemos), y que no importa de dónde viene, sino cómo se planta para el futuro. Es un momento extraño, visualmente diferente a cualquier otro de la saga, y a pesar de ello funciona, seguramente mejor en una segunda mirada.

“The Last Jedi” tiene algunas de las mejores batallas espaciales que se hayan visto en la pantalla. Cada sacrificio importa (el de Paige y el de Holdo, por sobre todas las cosas), y ni hablar de ESA explosión en cámara lenta que nos deja sin aliento por una milésima de segundo. Ninguno de los recursos de Johnson son gratuitos, y se agradece el silencio absoluto en uno de los sucesos de la Resistencia.

También algunos de los mejores enfrentamientos. Rey y Luke; Rey, Kylo y la Guardia Pretoriana; Luke y Kylo, y ese momento “mágico” donde descubrimos el verdadero poder de la Fuerza, y nuestro Jedi Master favorito logra reconciliarse con sus errores y encontrar ese propósito que había perdido.

Hay pesos muertos como Phasma y un poquito Finn, que no logra encontrar su verdadero rumbo más allá de ser el comic relief. Por el contrario, vemos el crecimiento de Poe y su futuro en la saga, ese piloto temerario que debe aprender a ser líder (acá, totalmente contrario a “héroe”) y entender que ganar, a veces, significa la retirada. Hux sigue siendo un misterio y Ren, un antagonista que no para de crecer delante de la cámara, pero sus odios son demasiado infantiles y ahí, seguro, es donde empieza a chocar con los altos mandos de la Primera Orden, aunque él sea el más alto de todos.

Pueden enojarse y quemar sus muñequitos de la saga, abandonarla para siempre y encerrarse a ver en loop la trilogía original repitiendo “todo tiempo pasado fue mejor”. También pueden abrazar esta nueva etapa que nos proponen Johnson, Abrams y compañía, una más sincera, con matices y emociones a flor de piel, donde lo viejo le va dejando lugar a lo nuevo, pero se encaminan de la mano para dar forma a un todo parecido pero diferente. Por mi parte, voy a seguir aplaudiendo cada vez que el Jedi Master le pinte la cara a su sobrino Ben, el villano más peligroso y caprichoso de la galaxia; un tipo de temer porque, justamente, quiere ignorar sus conflictos internos y quedarse con esa seguridad aparente que brindan los absolutos.

“La Rebelión renace hoy. La guerra recién está comenzando. Y no seré el último Jedi”. Rian allana el terreno y ahora las posibilidades son infinitas, sin el peso de los Skywalker, ni ninguna otra familia. El futuro de la galaxia quedó en buenas manos (¿manos femeninas?) y estamos muy predispuestos para lo que venga, ya sea con olorcito a nuevo o a nostalgia reciclada. 

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