Análisis | Outer Wilds es la nueva obra maestra del gaming independiente
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Análisis | Outer Wilds es la nueva obra maestra del gaming independiente

Es el fin del mundo como lo conocemos, y me siento bien.

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Por: Jeremias Curci

No recuerdo haber vivido momentos tan dramáticos y a la vez, tan reveladores y espectaculares como la primera vez que ví estallar el sol en Outer Wilds. Después de haber pasado una buena cantidad de tiempo en el planeta natal del protagonista, jugando a las escondidas con algunos chicos de por ahí, comiendo malvaviscos en una fogata junto a mi mejor amigo, o conociendo en profundidad a los vecinos de la aldea, decidí que era momento de emprender mi gran misión.

Nos despertamos con la idea de que somos una especie de héroe en potencia: somos el último astronauta de Outer Wilds Ventures -que vendría a ser como una especie de NASA ultra ecológica- en plan de exploración y expansión espacial. Entendemos que somos el último de un legado de astronautas que han ido desapareciendo en distintos puntos del pequeño sistema solar y que parte de nuestra misión, es dar con el paradero de estos héroes caídos. Obtenemos los códigos de lanzamiento para despegar con nuestra nave y ahí vamos entonces, a luna que orbita nuestro planeta.

Después de un par de revelaciones inquietantes y del primer viaje interplanetario, un resplandor nos encandila y vemos cómo el sol se convierte en una supernova de luces y colores que lo engulle todo a su paso. Pocas veces me sentí tan pequeño ante semejante inmensidad. Y antes de que te preguntes qué demonios es lo que ocurrió ahí, nos despertamos de nuevo en el campamento, casi como si la historia volviera a repetirse. Todo parece estar en su lugar de siempre, pero hay una diferencia fundamental: somos nosotros los que hemos cambiado. 

Porque el “relato” de Outer Wilds se mueve en esta suerte de loops temporales que se resetean cada veinte minutos, pero todo lo que aprendemos y descubrimos se queda con nosotros en nuestra cabeza, y en la computadora de a bordo, claro está. Esta mecánica es la herramienta principal que sienta las bases de un juego que pone la exploración y el descubrimiento como pilares fundamentales de la experiencia. Tiene sentido. Somos parte de una raza alienígena apasionada por la ciencia: una suerte de científicos que buscan descubrir y entender el universo que los rodea para descubrir más sobre sí mismos. 

Todas las locaciones en Outer Wilds son brillantes.

Para esto desarrollan toda clase de aparatos cuya función principal es la de, por ejemplo, decodificar escritos de una civilización desaparecida misteriosamente. O la del detector de señales que nos sirve para detectar melodías lejanas en el sistema solar y encontrar a sus intérpretes. Sí: esta raza alienígena no desarrolla armas de destrucción masiva, sino que los elementos que identifican a los héroes astronautas son instrumentos musicales. En Outer Wilds hay una interpretación de la ciencia ficción a través de lo que podríamos entender como la mirada de un niño. Esto se ve clarísimo cuando por ejemplo, nos acercamos a nuestra nave espacial: se ve enclenque, armada con piezas de madera y elementos que se alejan de lo que uno podría imaginar como realmente funcional. Pero funciona, y es la artífice de los viajes interestelares más increíbles que tuve la dicha de experimentar. 

Pero que esa visión no te engañe: Outer Wilds se toma bastante en serio esto de la ciencia. Desde un lugar bastante inclusivo, el juego trastea con muchos conceptos relacionados a la gravedad, la atmósfera y los efectos de un “alunizaje” poco cauteloso. Incluso esto aplica en cada uno de los planetas y artefactos espaciales que intervienen en el juego. Cada planeta tiene su propia personalidad, sus propias reglas y ecosistemas. Cada uno representa una especie de puzzle en sí mismo, como por ejemplo el de las Hourglass Twins: dos planetas que orbitan al unísono y que al estar tan cerca entre sí, se genera una suerte de vórtice en la atmósfera que hace que, cada cierto tiempo, el desierto de uno se vaya volando hacia la superficie del otro.

Lo del malvavisco es literal, y ¡podés comer la cantidad que quieras!

Debajo de ese montículo de arena hay misterios por descubrir, y esto no lo sabríamos de no prestar atención y leer los manuscritos desperdigados por ahí. Pero no teman por esto, porque Outer Wilds resuelve esta exploración libre de una manera muy inteligente, a través del módulo espacial que usamos para trasladarnos por el espacio. Allí tenemos una computadora que ingresa toda la información que aprendemos y que traza un mapa situacional donde, según nuestros descubrimientos, genera puntos de interés que visitar e investigar. Siempre desde una perspectiva en primera persona entonces, la idea es viajar e ir atando distintos cabos para resolver el misterio del por qué el fin del universo, como también de este loop temporal en el que estamos atrapados, los astronautas y también el destino de los Nomai, la civilización desaparecida.

Son muchas puntas que se abren a la vez, pero nunca nos sentimos atosigados en lo absoluto: esto es gracias al botón de reset con el que el juego se refresca cada 20 minutos. El estallido del sol siempre es espectacular y nunca deja de paralizarnos aunque sea por unos segundos, pero con el tiempo de juego este sentido de urgencia se empieza a diluir y es ahí cuando Outer Wilds encuentra su mejor momento: cuando entendemos su ritmo y nos tomamos todo el tiempo del mundo para trastear con el sinfín de elementos que nos ofrece cada uno de sus artesanales mundos. Y aunque parezca increíble, cada estallido solar pone el universo mismo en perspectiva distinta, porque mueve unos hilos finísimos que calan hondo. Spoiler: nunca pude decirles que no a los chicos de las escondidas; siempre, siempre juego con ellos, aunque sepa que el mundo vaya a acabarse pronto.

La nave tiene su complejidad. Manejable, pero está ahí.

Por eso es que Outer Wilds encara ciertos elementos que podrían sonar algo trillados, pero lo cierto es que no hay ningún juego que se le parezca. Su historia es maravillosa: una alegoría de cómo una civilización está inmersa en un curso de colisión inevitable y qué acciones puede tomar para evitarlo. Tiene varios giros y detalles que logran poner un calor reconfortante en el corazón; es introspectivo, es melancólico. Gira alrededor de civilizaciones alienígenas ficticias pero a su vez, se siente una obra completamente humana. Que no es perfecta, claro está: de hecho, a simple vista se lo puede pasar de largo tranquilamente en las tiendas digitales; incluso puede que lo prueben casualmente y sientan una clara falta de incentivo en sus primeros cuarenta minutos, tal vez los más flojitos del juego.

Pero hay una enorme recompensa si deciden calzarse el traje de astronautas y rendirse a sus encantos. Que los tiene: técnicamente no es lo que llamaríamos “punta de lanza”, pero artísticamente es soberbio y utiliza muy bien sus recursos. Mobius Digital conoce muy bien sus fortalezas pero aún más sus limitaciones, por lo que la idea de este pequeño universo contenido funciona de maravillas. Outer Wilds es un triunfo de lo artesanal y lo creado por manos humanas por sobre lo algorítmico y procedural, tan a la orden del día. Puede que no tenga un trillón de planetas para explorar pero la realidad es que no los necesita: éste, amigos míos, es un viaje que se va a quedar con ustedes por mucho, mucho tiempo. No se lo pierdan.

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