Análisis | Hypnospace Outlaw (PC)
Análisis

Análisis | Hypnospace Outlaw (PC)

Esta nueva aventura del creador de Dropsy es un homenaje a la primera web que esconde un robusto juego de investigación y una creatividad prodigiosa, casi infinita

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Por: Ignacio Esains

La web de los ‘90 era un sueño. Abrir una revista Wired de mediados de esa década parece un viaje a un mundo de ciencia ficción en el que todos los futuros juntos son posibles. Cada página propone una visión completamente distinta de las funciones de la web (ninguna de ellas práctica o viable), cada una con un estándar distinto y la mitad de ellas atadas a periféricos carísimos de utilidad nula y diseñados más para capturar el espíritu “extremo” de la época con la facilidad de uso en un lejano segundo plano.

Por si no queda claro, esa edad de piedra de la web es bellísima, inspiradora, y a la vez se entiende por qué a se la comió un colapso económico en 2000 al que solo sobrevivieron las empresas mejor preparadas para el futuro - y por lo tanto, las más aburridas.

 

Hypnospace Outlaw está ambientado en una línea de tiempo paralela en la que una de esas ideas delirantes funcionó mejor de lo esperado y la primera web evolucionó en lo que se llama “Sleeptime Computing”, periféricos que se conectan a nuestra mente mientras dormimos y nos permiten acceder a la web en sueños.

Es un concepto original que se presta a lo abstracto y lo psicodélico, y los primeros tutoriales tienen un aire a David Lynch que sugieren que la simulación pronto se quebrará y el inconsciente tomará el control. No es un spoiler decir que definitivamente eso no pasa, y que la premisa de Internet en sueños se abandona casi de inmediato - y a mi entender, para mejor.

El juego empieza el 5 de noviembre de 1999, nuestro primer día como moderador de Hypnospace, una especie de enorme portal que aloja sitios web personales, blogs semi-profesionales y páginas comerciales. Nuestro rol es el típico de un mod: revisar las páginas en busca de infracciones a los términos y condiciones de la red y reportarlas a una autoridad superior.

Todo Hypnospace Outlaw toma lugar en el escritorio de una PC que parece excesivamente primitivo para la época. El año es 1999, la web parece de 1997, pero el sistema operativo recuerda más al lento y torpe Windows 3.1 que a las versiones ligeramente más elegantes que siguieron a Windows 95. Podemos instalar aplicaciones y jugar con el escritorio, pero principalmente estaremos usando una versión modificada del navegador de Hypnospace para explorar sitios web simples y buscar lo típico: contenido pirata, ciberacoso, virus, imágenes no apropiadas.

Muchas páginas ofrecen servicios que podés adquirir con el dinero virtual que vas ganando por tu trabajo

Los sitios de Hypnospace están divididos en zonas, similares a los “barrios” de Geocities, el portal emblemático de los ‘90s. Cada zona está dividida por intereses pero engloba todo tipo de contenido. Teentopia, por ejemplo, es un lugar en el que los adolescentes pueden expresarse a su gusto, y además visitar los sitios de sus obsesiones del momento (como unos pokemones/neopets tan horrorosos como perfectos). Goodtime Valley es para mayores de 40 que se sienten abrumados por tanta tecnología. Open Eyed es una colección de conspiranoicos, no muy distinta al YouTube de hoy.

El diseñador Jay Tholen y el guionista Xalavier Nelson, Jr. han puesto un nivel de trabajo imposible de calcular en cada una de estas páginas, que aprovechan la estética  Un barrio en particular ha sido hackeado por sus propios usuarios (viejos hippies roleros) como un acto de rebeldía contra la corporación que domina Hypnospace y limita cada vez más su libertad de compartir lo que quieren. Mi favorito es Coolpunk, que está dedicado a un estilo musical de moda que hace parecer al Nü Metal la expresión más excelsa de la cultura occidental.

Al principio hay pocas zonas y una veintena de sitios para explorar, pero muy pronto el abanico se expande y las páginas a nuestra disposición superan las 100 (cada una con sus personajes, diseño, contenido - el trabajo de Tholen es titánico). Por suerte el juego nos da una guía a través de una serie de misiones iniciales en las que buscamos infracciones específicas y a la vez hacen correr el reloj del juego, pasando el tiempo y trayendo pequeñas modificaciones a los sitios.

Al explorar cada zona vamos encontrando pequeñas historias y conexiones entre ellas. Las páginas de Teentopia están cargadas de drama adolescente, desde amores no correspondidos hasta páginas claramente creadas por nerds solitarios para simular que tienen una novia que les escribe. La comunidad Coolpunk tiene sus peleas internas que giran alrededor de un festival tipo Woodstock ‘99 con suficientes giros inesperados como para haber podido ser su propio juego. El amable experto en tecnología que asesora a los viejitos de Goodtime podría estar haciendo una broma cruel - o algo un poco más siniestro.

Hasta los errores de ortografía y gramática comunican la personalidad

Pasé horas perdido en estas páginas, atrapado por estos personajes y sus mundos pequeños, delicados, importantísimos. No podemos comunicarnos directamente con ellos, así que nuestra relación siempre es indirecta, un poco como el espía de la película “La Vida de los Otros”. Como había mostrado en Dropsy, Tholen siente una enorme compasión por sus personajes, y aunque los crudos GIF animados y los colores chillones de las páginas sean graciosos, el autor nunca se toma en broma a sus creaciones.

De a poco la historia va avanzando, el tiempo pasa y el cambio de dirección de Hypnospace se vuelve más claro. La misma corporación que les da un lugar para expresarse a sus clientes está tratando de monetizar esas conexiones, y por lo tanto no tiene reparos a la hora de demoler lo que no pueda tener un rédito. Una de las páginas guarda los poemas de amor de Pete, que sólo tiene una cuenta de prueba, y con el pasar de los días vemos como su página se cierra y se borra, con la crueldad de una topadora pasando por encima a una hormiga.

Las mismas herramientas que usamos como “policía de Internet” que somos tienen limitaciones que parecen crueles. La primera misión nos obliga a borrar todas las imágenes que reproduzcan a un viejo personaje de tiras cómicas, incluyendo los dibujos de niños de escuela primaria. Una chica que está siendo acosada sube fotos de los chats y el sistema solo nos deja denunciar las imágenes, y por lo tanto marcar la página de ella como posible infractora.

El sistema de moderación en acción. Algo habrán hecho

El juego de Tholen es mucho más que un ejercicio de nostalgia. Es un comentario constante sobre la forma en la que la web nos da la herramienta de expresión más poderosa y accesible de todos los tiempos, y a la vez nos deja completamente vulnerables a los que la quieran usar en nuestra contra. Ni siquiera dentro del microcosmos de Hypnospace hay soluciones fáciles.

Con el paso de los días la cantidad de sitios se acumula y es difícil mantener un control sobre todo sin tener un cuadernito a mano - podés tener una ventana de Word al lado, pero saltar del 640x480 de Hypnospace al HD de tu escritorio podría derretir tu mente como casi lo hace con la mía. El juego tiene un sistema de etiquetas para organizar los sitios, pero realmente necesita una forma más flexible de organizar la información. Tendría sentido que los moderadores tuvieran una herramienta de rastreo más poderosa, o al menos señaladores y la capacidad de cortar y pegar texto.

Cuando sentía que ya no podía llevar el hilo de todo lo que está pasando, el juego da un giro sorprendente, que abre una segunda mitad mecánicamente más interesante y flexible, pero en la que vas a usar todo lo que aprendiste en la primera. Sí, aún las horas que te tomaste para stalkear el romance entre el papá divorciado new age Gus y la tímida psíquica Sherri.

Squisherz. Horribles, pero qué le vamos a hacer... hay que atraparlos a todos

Los juegos que inspiraron a Hypnospace Outlaw están bastante claros. Hay un poco de Her Story en la forma en la que nos relacionamos con la interfaz, y los puzzles tienen mucho en común con Digital: A Love Story, mientras que la forma en la que nos conecta con las historias a través de juegos y la colaboración creativa de los personajes es similar a la de Cybele. La diferencia es que estos tres juegos cuentan historias cortas y acotadas, mientras que en Hypnospace no solo hay docenas de personajes, sino que se cruzan de formas inesperadas, que podemos descubrimos después de horas de investigación.

Por eso resulta para mejor que Tholen mantenga en la periferia el concepto de las “redes sociales que se acceden en sueños”, y que el contenido del juego sea lo más concreto y consistente, dentro de lo posible.

Lo que más impacta a la hora de leer estas páginas es lo bien que se captura nuestro entendimiento limitado de lo que significaba exponer nuestra vida en una página. Hoy hasta el influencer que vive 24 horas en Instagram se guarda un poco de su vida privada, o se escuda detrás de un personaje. Los ciudadanos de Hypnospace no tienen ese lujo, su fragilidad está a la vista y la angustia que provoca cada conexión rota es tangible.

No me imagino lo agotador que debe haber sido para Xalavier Nelson Jr. (no me canso de repetir ese nombre) canalizar a cada uno de estos cientoyalgo personajes, escribir como ellos, y diseñar para cada uno de un sitio completamente distinto, desde los errores de ortografía hasta la sobrecarga de tipos de letra y efectos que son papel de lija en los ojos (en el buen sentido).

La comunidad Open Eyed abre los brazos a cualquiera que tenga una teoría alternativa sobre lo que sea

La corporación Merchant, que controla Hypnospace, encuentra (como Google, como Facebook, como todas) una forma de fallarle a cada uno de sus usuarios, y las comunidades se conectan por esa misma frustración, la sensación horrible de que en Internet siempre sos un okupa, y no importa lo hermoso que sea lo que construiste, nunca es tuyo, y nadie te va a avisar antes de quitártelo.

Hypnospace trastabilla a la hora de poner una macrohistoria sobre todos estos personajes, quizás con la idea de que una línea narrativa con villanos, protagonistas, y un objetivo claro es importante para llevarnos al final del juego. Está claro que este elenco infinito necesita algo de orden, pero aún así los giros que nos llevan al final se sienten arbitrarios y forzados, como si vinieran de otro tipo de narrativa que el minimalismo en el que Tholen se siente más cómodo.

Seguramente en algún universo paralelo haya un Hypnospace Outlaw perfecto, que tiene una app similar al cuaderno de Obra Dinn que te permita ordenar todo lo que vas descubriendo, que cierra su historia de una forma más natural y de paso incorpora mejores herramientas de búsqueda en su navegador interno - pero no está mal que un juego que celebra un punto de la historia torpe, poco práctico y excesivamente emocional comparta esas mismas cualidades. El juego de Tholen vibra con una belleza única y compasión infinita hacia los internautas de ayer y hoy. Es imperfecto, pero es imprescindible.

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