Análisis | Game of Thrones S08E05: “The Bells”
Análisis

Análisis | Game of Thrones S08E05: “The Bells”

La guerra llega a Desembarco del Rey en un capítulo que responde todo… menos quién se quedará con el trono.

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Por: Ignacio Esains

Quizás esta vaya a ser la review más corta que haya escrito de “Game of Thrones”.

¿Porque qué se puede decir después de este capítulo? Es impecable en lo técnico, (más allá de algún que otro detalle o un simbolismo fuera de lugar) y la construcción de estos 80 minutos sigue una lógica interna que evita las fallas de episodios realmente malos como el anterior. Las estrategias son inteligentes, el suspenso está bien manejado, y la puesta en escena tiene el sentido que faltaba en la pesadilla de “The Long Night”.

Es un buen capítulo, un mejor espectáculo, y la confirmación definitiva de que la recta final de “Game of Thrones” ha perdido todo interés en contar la historia que empezó en la primera temporada.

Este fue un capítulo grotesco, cínico, increíblemente cruel y desagradable. No en la forma en que la Boda Roja o la muerte de Walder Frey lo habían sido. Fue una celebración brutal de un nihilismo que no existe en las novelas de Martin, pero que hoy es evidente que es parte fundamental de la estrategia narrativa (y quizás de la visión del mundo) de David Benioff y D.B. Weiss.

¿Qué milagro puede pasar de acá al capítulo 6? ¿De qué forma pueden Benioff y Weiss rescatar la serie que construyeron, sólo para dinamitar de forma alarmante en dos años de trabajo? ¿cómo se puede echar por la borda el trabajo, a pesar de altibajos, admirable que se había hecho en esos años?

Los cambios bruscos de psicología y motivación de los personajes son una constante de esta fallida, trunca, octava temporada, pero este episodio pareció olvidar no sólo las razones por las que los personajes actúan, sino lo que representan dentro de la estructura de la serie.

El final del arco de un personaje nos cuenta lo que representaba en la historia. La historia de Ned Stark es una tragedia: pierde la vida y el honor por confiar en que la verdad es suficiente para cambiar el mundo. Lo de Robb (y de Stannis, y de Renly) es similar: el “destino” no es suficiente para ser un líder, y ni siquiera un rey puede sucumbir a sus deseos por sobre su deber.

Si la historia es metáfora de la vida, y el arco de cada personaje busca representar la visión del mundo de sus guionistas... ¿Qué significan entonces los arcos de Daenerys, Arya, Sandor, Jon, Varys, y especialmente Jaime y Cersei? Este final de juego cierra varias historias de forma desconcertante. Más allá de la inversión emocional de cualquier espectador (aún uno que se disfraza sin engañar a nadie de analista objetivo, como yo), la serie lleva casi 100 horas planteando un sentido y un propósito para cada línea narrativa.

En la sexta temporada, habiendo dejado los libros de lado, aceptamos una cierta simplificación del peso filosófico de la serie. Benioff y Weiss dejaron de lado los complejos dilemas morales y la ambigüedad en busca de una historia más simple: bien vs. mal, vivos vs. muertos, Daenerys vs. Cersei.

Estaba claro desde el principio de la octava que ese planteo, una vez más, se había abandonado, en busca de un cierre en el que Daenerys se revelaba como una villana (algo que, sí, se había planteado en temporadas anteriores con menor o mayor ímpetu) y la dupla de Sansa y Arya como “verdaderas” protagonistas, apoyadas por la nobleza de Jon Snow y la inteligencia compasiva de Tyrion Lannister. Arcos que, mal que mal, se habían planteado en las últimas temporadas. Los elementos para lograr un cierre satisfactorio estaban ahí.

El problema es que ese planteo se volvió a abandonar. Después de “La Larga Noche” la locura de Daenerys se aceleró a una velocidad inusitada, Sansa quedó completamente relegada como la chismosa de Invernalia, y el avance psicológico de Arya se dejó de lado para que vuelva a ser una máquina de venganza. El rol de Jon Snow se difuminó aún más, y Tyrion es una vez más el peor estratega de Poniente.

Y no hay un planteo que lo reemplace, porque las decisiones de los personajes se revierten antes de que pase un capítulo. Jon prometiendo a Daenerys proteger su secreto y revelándolo de inmediato a su familia, Jaime reciprocando el amor de Brienne y corriendo a los brazos de Cersei, Tyrion compartiendo con Varys la verdad sobre Jon y traicionándolo de forma inmediata, Arya eligiendo su familia por sobre su lista y aún así partiendo a Desembarco del Rey.

Con “The Bells” se entiende lo que pasaba. Todo lo que pasó en episodios anteriores apuntaba hacia estos 80 minutos de televisión. Transformaciones completas se aceleraron en cuatro episodios. La guerra que se nos vendió como “más importante” se solucionó con un deus ex machina insultante. El mapa de Poniente (¡y Essos!) que nos enamoró se redujo a dos ciudades.

Porque lo único que importaba era que Daenerys destruya Desembarco del Rey, y que los Stark aprendan… ¿qué? ¿que en la guerra no hay diferencia entre un bando y otro? ¿que la gente común no es más que una herramienta del poder? ¿que todo esfuerzo por buscar el cambio es inútil?

Este capítulo completamente carente de alma hace pensar que, quizás, sobreestimamos Game of Thrones. No su calidad técnica, o hasta su proficiencia creativa - sino las ideas sobre el aquí y ahora, sobre el poder y el destino, sobre la vida y la muerte que creíamos que se escondían detrás de tantos (TANTOS) monólogos sobre este tema.

Finalmente, el simbolismo irrisorio, elemental, de poema de quinceañero que cierra el capítulo quizás sea la imagen que mejor representa esta octava temporada: un intento patético de resumir a ideas primitivas una historia que nos conquistó, justamente, por su complejidad.

Como suelo hacer en estos análisis, voy a tratar de ir secuencia por secuencia, tratando de entender dónde exactamente es que se rompe ese pacto tácito entre espectador y creador. Dónde es que lo que se escribe con la mano se borra con el codo.

Antes de ver quién escribía “... el legítimo heredero al Trono de Hierro” no había duda: Varys está llevando a cabo su plan macabro, aunque su expresión no demuestra el placer con el que otras veces ha manipulado el poder. Es un Varys severo, hasta su voz parece grave en estas escenas. Una vez más, arriesga las vidas de uno de sus “pajaritos”, y a pesar de que el episodio le da la razón (y lo hace justificar prematuramente la locura express de Dany), parece imposible ponerse de su parte.

Varys va demasiado lejos cuando intenta hablar directamente con Jon… y Tyrion lo traiciona, como antes había traicionado la confianza de Daenerys, y quizás la de Sansa. El optimismo de Tyrion está establecido hace varias temporadas, pero en estos episodios parece aún más naif que el mismísimo Jon Snow: intenta razonar con Cersei, cree que no está matando a Varys, imagina que Dany va a frenar el ataque al escuchar las campanas.

A pesar de la violencia arbitraria con la que los guionistas decidieron que Daenerys abandonó todo lo aprendido en Essos (para qué pasamos 14 temporadas en Meereen, me querés decir...), Emilia Clarke hace un gran trabajo en este episodio canalizando a Joe Pesci en “Buenos Muchachos”. Tanto que es posible pensar que si esta transformación hubiese sido más gradual, la actriz por fin podría haberse lucido en un papel que nunca fue del todo claro.

Un gran problema de las escenas que establecen cada una de las decisiones de estos capítulos (Arya va a matar a Cersei, Tyrion traiciona a Varys, el deseo no correspondido enloquece a Daenerys) es que el guión no ha hecho el trabajo mínimo de comunicar el proceso detrás de la toma de estas decisiones. Idealmente la nueva información tiene que causar un conflicto entre dos opciones y dejar un personaje en una encrucijada - algo que, por la compresión innecesaria de esta temporada, no pudo pasar.

La sentencia de muerte de Daenerys muestra a Drogon como algo terrorífico, lo que sabe hacer como nadie Miguel Sapochnik. Quizás la temporada más interesante de este modelo 3D fue la cuarta, en la que Dany se ve obligada a encerrar a estas bestias que no son ni mascotas ni armas, sino criaturas para las que la destrucción es casi casual.

El gesto de furia de Gusano Gris, echando las cadenas de Missandei a las llamas, es una señal de un odio que nunca vimos en este personaje (ni en una Missandei que condenó a Desembarco del Rey con su última palabra). 

La serie ha jugado desde el principio con la decisión que cada personaje debe tomar entre la vida y la muerte, entre el amor y el odio. Cuando se elige la segunda, el mundo entero sufre. Matar a los Tyrell y al Gorrión hace que Cersei pierda a Tommen. La conquista del poder de las Serpientes de la Arena no dura nada. Cuando Arya acepta que, como Sansa, es una Stark y vuelve a confiar en los demás, recupera parte de su alma. 


Si los episodios anteriores necesitaban la verbalización de algunas de las decisiones o dilemas internos de los personajes, la escena de Jon y Daenerys da exactamente eso: una razón para su locura que parece desconectada de todo lo que el personaje representa. En Poniente nadie la quiere (una vez más, Dany ¿qué aprendiste en Essos?), pero lo que realmente la hace convertir en este espíritu de destrucción es el rechazo de Jon. Que, nota al pie, es su sobrino.

La escena de Tyrion y Daenerys sería muy efectiva si los pasos que tomaron para llegar a ese punto fueran mínimamente creíbles. Pero si el objetivo de estos primeros 40 minutos es poner a cada personaje en un lugar, como piezas en el tablero, al menos los objetivos y ubicaciones de cada uno están claros. El favor que pide Tyrion a Davos, la entrada de Arya. La captura de Jaime.

Jaime parece haber vuelto a esa jaula de los Stark en la que alguna vez mátó a un primo lejano, y la liberación no solo paga la deuda que Tyrion tiene con Jaime, sino que da un cierre a este vínculo. Los dos se mantuvieron vivos ¿hay alguna duda de que Tyrion no podrá vivir un episodio más sin Jaime de su parte? Una vez más, una escena corta pero en la que las emociones están claras. Que Tyrion no cuestione el amor de Jaime y Cersei debería ser una pista de lo que se viene a futuro.

El capítulo nos da un ejemplo práctico de la inconsistencia narrativa de la serie. Euron prepara las ballestas “escorpión” de su flota, y vemos que son pesadas, difíciles de cargar, que requieren trabajo coordinado para moverse. Es lo que se había planteado cuando las vimos por primera vez… pero a la vez no tiene sentido que sean las mismas armas que mataron a Rhaegal como una escopeta de perdigones al chimango más lento del mundo.

Sapochnik sigue siendo genial mostrando a Desembarco del Rey, una ciudad viva y vibrante como lo había sido Invernalia en el capítulo 2. Se nota el presupuesto, y la nula plata que tuvo el capítulo anterior y su enfrentamiento en un descampado.

El director también tiene mano para hacer que nunca perdamos los elementos que están en juego, cada uno una bomba de tiempo, como había pasado en “Baelor”, “Aguasnegras” y “The Winds of Winter”. Es a ejecución de un plan que conocemos y entendemos, pero que también es vulnerable al caos. Arya y el Perro. La mano de oro de Jaime. El rol de Davos. La traición de Tyrion. La locura de Dany. Y supervisando todo desde el punto más alto… Cersei.

¿Qué se puede decir de Cersei en esta temporada? Casi no tuvimos escenas del más ambiguo de los personajes, una villana trágica tan inteligente como caprichosa, que tiene al amor en el centro de su vida y a la vez es capaz de una mezquindad de cariño infinita.

La pesadez de las ballestas tenía el propósito de justificar la estrategia de Daenerys. Caer en picada, obligar a las armas a girar, aprovechar la velocidad y la capacidad de moverse en tres ejes de Drogon. Un plan brillante. Y a pesar de que es una de las pocas veces en las que vemos a Daenerys implementar un plan de acción que supera al de los más grandes estrategas militares de la serie, tenemos que aceptar la locura que la posee en sólo minutos.

Los primeros minutos de la batalla toman un camino esperable. El CG se ve un poquito más pobre que el de la batalla de los bastardos, en especial las composiciones a distintos niveles, pero la conquista es tan lógica como efectiva. Jaime no puede entrar a ver a su hermana, los Lannister sueltan las armas, Cersei huele la victoria. Y a los 45 minutos de episodio, suena la campana.

Y no sirve de nada, porque a pesar de que acaba de ser coronada reina de esa misma ciudad, a pesar de haber roto cadenas, a pesar de preferir el amor al miedo… Daenerys explota y decide destruir la ciudad. Y no sólo destruirla, sino dar la orden telepática de que sus ejércitos ejecuten a cada hombre, mujer y niño inocente en la ciudad.

Por supuesto, nuestro héroe, Jon Snow, puro y limpio, es el único que no participa. A pesar de que hasta los soldados del Norte (hasta ahora moralmente intachables) matan sin piedad como si fueran dothraki de la primera temporada.

La masacre dura 25 minutos interminables. El nivel de violencia gráfica es excesivo, aún para lo que veíamos en las brutales primeras temporadas. La forma en la que la gente explota en sangre rojo flúo parece casi teatral, exagerado como si de una película de Dario Argento se tratara ¿por qué? ¿es un intento de distanciarnos emocionalmente de tanta muerte? Si es así, las referencias a masacres reales (en especial las cenizas que todo lo cubren del 11 de Septiembre) parecen buscar lo contrario.

Y en minutos, queda claro que los inocentes de Desembarco del Rey, los que solo le importan a Tyrion, no son más que carne de cañón, porque la batalla es una excusa para cerrar un puñado de arcos narrativos.

Jaime y Euron se baten a duelo. El Matarreyes queda herido de muerte, el pirata (por fin) muere. El Perro (perdón, Sandor) hace ver a Arya que no vale la pena morir por la venganza (¿y por qué muere él? ¿qué logra matando a alguien que ya está muerto?).

¡Cosas! El “Cleganebowl” termina sin ganador, los dos mueren. Cersei y Jaime mueren abrazados, casi confirmando que la serie ve este amor como algo trágico y bello, y no como la relación perversa y casi monstruosa que habían contado hasta su quiebre en la séptima temporada.

La ejecución (guión, dirección, fotografía, FX, edición, música) de cada uno de estos cierres es digna de una ópera. Grandes duelos, frases poderosas (¿aunque chatas? ¿qué quiere decir que Gregor zombi “siempre fue esto”?), muertes heroicas. Y ninguna de ellas tiene sentido, aún dentro de la historia oscura y trágica que se está contando.

Arya, que eligió la vida, escapa. Jon, que ya no cree ni siquiera en su propia gente, escapa también para su lado. Es un final profúndamente cínico. Excepto los puros Stark, todos los personajes eligen de alguna forma la muerte. La inocencia y nobleza de Ned, Robb y Cat, es la que eleva a Sansa, Arya, Jon (¿y Bran?) por sobre las personas normales, por sobre los inocentes que corren gritando a su muerte y los guerreros que matan a quien sea que les pongas delante.

¿Tiene sentido hablar de los problemas de representación del capítulo? No voy a profundizar, creo que para cualquiera que lo vea es evidente por qué es problemático que el rechazo de Jon empuje a Daenerys a la locura, y que los dothrakis e inmaculados sigan la locura de su reina donde sea.

Y de nuevo esa imagen final. El caballo blanco, pureza y libertad, manchado de sangre pero aún vivo. El escape hacia la muerte. La experiencia traumática que, una vez más, lleva a Arya camino a la muerte, con solo un cambio de víctima.

¿Qué diferencia hay entre esta Arya traumatizada con la que huyó, con la misma expresión en su rostro, del septo de Baelor en la primera temporada? ¿Por qué la serie que hace minutos la “salvó” de matar a Cersei ahora está tan interesada en apuntarla como un misil a Daenerys? Esa es la inconsistencia, la chatura temática detrás de cada decisión arbitaria que nos da grandes momentos sacrificando la construcción de una década de guiones y 25 años de libros.

Quizás esto es lo que le pasa a George R.R. Martin. Que la historia es imposible de terminar. Que Benioff y Weiss no tienen el lujo de poder dejarla inconclusa y por lo tanto tienen que cerrarla con un odio, una saña, que parecen evidenciar su propio agotamiento con estos personajes a los que parece imposible encontrar un final satisfactorio.

Y aún con esa excusa, este final cínico, oscuro, nihilista, deja un sabor de boca tan malo que podría afectar el legado de la serie. En momentos como la Boda Roja estaba claro que la serie mostraba un mundo cruel, pero desde un punto de vista compasivo. Como llorando por estas almas nobles de los Starks, que morían por no saber jugar un juego que las mismas novelas criticaban. Acá Benioff y Weiss parecen decir que es mejor quemar todo este mundo, dejarlo atrás, porque los inocentes son animales, los buenos y malos son igual de horribles, y los monstruos merecen tanta compasión como los héroes.

¿Que es el reino?” preguntaba Tyrion a Varys en el episodio anterior.

¿Qué importa?” parecen contestar Benioff y Weiss. “Lo único que importa son los Stark, individuos puros y perfectos, demasiado buenos para este mundo sucio.”

Hoy es imposible analizar “Game of Thrones” como la serie que pudo ser. La serie que HBO está transmitiendo este año no es más que un espectáculo violento, brutal, oscuro, cínico, operístico.

Si esos son los parámetros, este capítulo repugnante, que los cumple con excelencia, no se merece otra nota que no sea esta.

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