Análisis

ANÁLISIS: Westworld S01E08: Trace Decay (Spoilers)

Esta vez no hubo momentos shockeantes, pero sí revelaciones que le van dando sentido a esta trama.
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Por: Jessica Blady

Podemos asegurar que se nota cuando Jonathan Nolan no mete mano en los guiones de “Westworld”. Hay cierto desorden y falta de fluidez a la hora de plasmar las ideas, pero no por eso dejan de ser interesantes.  

“Trace Decay”, octavo episodio de esta primera temporada nos va acercando al final y, de apoco, revelando detalles fundamentales. Muchas de las teorías van tomando forma, pero esto no se acaba, hasta que se acaba.

Por algún motivo (suponiendo que lo haya), los realizadores quieren que tengamos más empatía por los anfitriones, que por los seres de carne y hueso. Esto está más que demostrado y Bernard (Jeffrey Wright) es la última prueba de ello. Tras la muerte (bah, el asesinato) de Theresa (Sidse Babett Knudsen), al “programador” le queda una tarea aún más difícil: cargar con la culpa de sus acciones y deshacer cualquier rastro que los vincule a él y a Ford (Anthony Hopkins) con el crimen.

Sí, como robot sofisticado que es, Bernard puede sentir culpa, angustia, terror, dolor y un montón de emociones variadas y complejas. Él mismo es responsable de que esto sea posible, ya que ayudó a crear estos matices que fueron evolucionando desde aquellos primeros especímenes con sentimiento más básicos. Junto con el doctor Ford lograron algo imposible: captar el “corazón” de los androides, aunque sean un montón de cables y circuitos.

Bernard es un ser único, un anfitrión que conoce y entiende el funcionamiento de las máquinas íntimamente y, además, su propia naturaleza. A pesar de esto, no comprende estos sentimientos, y su destino sigue ligado a la mano manipulativa de su creador.

Su historia, su origen, es una farsa inventada para humanizarlo, con la excusa de que todo ese sufrimiento lo vuelve más “real”. El dolor es imaginarios en los papeles, pero el robot no puede captar la diferencia.

Cómo no vamos a ponernos de su lado al ver a Ford jugar a ser Dios con sus criaturas. Un ser omnipotente que miente y engaña, incluso a aquellos que confían en él ciegamente. Este es su tesoro, su logro más grande y no va a permitir que nada ni nadie ose destruirlo: Arnold, Theresa, Elsie (Shannon Woodward)… todos fueron quedando por el camino, pero las manos de Ford no tienen ni una gota de sangre.

A pesar del rango de emociones, de la capacidad de Bernard para entender la naturaleza humana, no deja de ser una máquina que puede apagarse a gusto y piacere de su creador. Hay algo mezquino y cruel en todo esto que nos empuja más y más tomar partido por los androides.

El único consuelo para Bernard, por ahora es olvidar. Un simple borrón y cuenta nueva que deja atrás sus recuerdos más dolorosos, aunque ya sabemos que quedan rastros latentes que vuelven a aparecer sin previo aviso.

Le ocurre a él, a Maeve y a Dolores. Algunos anfitriones no pueden darle sentido a estas imágenes, pero están relacionadas con el llamado “pensamiento bicameral” que tanto perseguía Arnold. Hay mucho más que recuerdos de vidas pasadas en esas cabecitas, hay misiones ocultas, propósitos que todavía no pueden alcanzar. Y agarrate Catalina cuando lo hagan.

Ahí está Maeve (Thandie Newton), con toda su nueva inteligencia a cuestas; cansada de su loop y urdiendo un plan para abandonar el parque y el control de los humanos. Lo de la madama parece un tanto exagerado, sobre todo si tenemos en cuenta a los dos técnicos inútiles que la están ayudando, pero vamos a darles el beneficio de la duda y suponer que hay alguien más detrás de todo esto. Sigue siendo genial ver a Newton y cada uno de sus gestos, la forma en que el personaje va tratando de entender su verdadero entorno y no la ficción que le presenta Westworld.

No hay nada más peligroso que un robot más inteligente que un humano, punto. Acá, la chica logra cambiar su código y conseguir ciertos “privilegios” administrativos. En pocas palabras, Maeve ahora puede manipular a otros anfitriones para que actúen exactamente como ella quiere y necesita. Está decidida a escribir su propia historia y, desde que vuelve a despertar en su loop, se ven los pequeños cambios a su alrededor. Aquella repetición de los primeros episodios sirve como contrapunto de este nuevo escenario, sin dudas, más interesante y peligroso, aunque no sabemos todavía para cual de los bandos.

El único problema de Maeve son sus recuerdos más dolorosos, imágenes perfectas que confunden la realidad con el pasado (un hecho que Ford también reconoce). Un pasado que sólo ocurrió un año atrás y, curiosamente, ligan su dramática historia con el Hombre de Negro (Ed Harris).           

Por primera vez conocemos un poco más sobre este misterioso personaje, afluente al parque por más de treinta años. Hay muchas razones para creer que se trata de William, pero todavía no vamos a confirmar esta hipótesis tan interesante. Se entiende que este hombre tiene una relación especial con el lugar (¿será uno de los capos de Delos?), aunque sus intereses no son económicos como el resto de la junta directiva, sino jugar el juego de Arnold, una narrativa “propia” que se sale de los esquemas de Ford, mucho más profunda y peligrosa.

Tras el suicidio de su esposa, entendió que algo de la oscuridad que dejaba traslucir en Westworld se escurría en su vida cotidiana. La necesidad de volver al parque pasa por revelar su verdadero ser, un individuo más cruel que se desata en este escenario del Lejano Oeste. En medio de su cruzada, descubrió que algunos host como Maeve cobraban “vida propia”, así se le develó el Laberinto, la cruzada que eligió, tal vez, para redimirse de todos sus errores del pasado. De alguna forma, nos da a entender que su “viaje” es sólo de ida, lo único que nos falta saber es, si en verdad se trata de William, cómo llegó aquel hombre tan dubitativo a convertirse en un titán de la industria tan frío y desalmado, capaz de dispararle a una pequeña (aunque se trate de un robot) y no sentir absolutamente nada.

Cada vez es más claro que el viaje de William (Jimmi Simpson) junto a Dolores (Evan Rachel Wood) ocurre en un pasado bastante distante, aunque muchos recuerdos de la chica son todavía más lejanos. La parejita, por fin, llega a su destino; un pueblo fantasma enterrado y olvidado que Dolores reconoce como su hogar.

Nosotros lo reconocemos como los principios del parque (y varios flashbacks), donde Ford y Arnold trabajaban en conjunto con los anfitriones originales, más primitivos y artificiales; pero algo pasó en estas tierras, algo violento que quedó dormido en la memoria de Dolores. Ahora, Arnold quiere que recuerde, pero una vez más, las imágenes se mezclan en su mente, sin poder diferenciar pasado y presente (en el que está con William), aunque nos falta la Dolores del presente inmediato que se desvió de su narrativa muchos episodios atrás, y cabe la posibilidad de que esté recreando este mismo viaje. ¿Y si Dolores es Wyatt, la verdadera villana de esta historia?

Imposible creer que en un ser tan compasivo pueda cambiar tan radicalmente, pero ahí lo tenemos a William que con cada paso dentro de Westworld va perdiendo su humanidad y clemencia, al menos hacia los anfitriones.

Curiosamente, la nueva narrativa de Ford incluye rescatar este escenario obsoleto y preparar el terreno para la llegada de su nuevo villano (Wyatt), en teoría, el último obstáculo a vencer para alcanzar el Laberinto. Así, todas las historias (del presente y del pasado) empiezan a cobrar verdadero sentido, aunque todavía nos falten las razones, esos ¿por qué? que vienen dando vuelta desde el primer episodio.

De todas las tramas que presenta “Westworld”, la de Charlotte Hale (Tessa Thompson) y los intentos de Delos por desacreditar y sacarse de encima a Ford, es lo menos interesante. No es que el espionaje industrial no sea entretenido, pero al lado del resto, queda opacado.  Al menos hasta ahora.

La muerte de Theresa obligó a Hale a tomar otras mediadas, extremas, por así decirlo. Su idea es sacar la información del parque a través de uno de los anfitriones desechados, pero alguien debería avisarle que esto puede acarrear muchos problemas. Sobre todo si decide tomar como disco de almacenamiento a Peter Abernathy (Louis Herthum) -el padre de Dolores-, uno de los primeros anfitriones que empezó a mostrar fallas de conducta. La tarea de Lee Sizemore (Simon Quarterman) es crear una nueva identidad para el robot y enviarlo en el tren fuera de Westworld con todos los datos a cuestas, una fórmula para el caos, o el puntapié para la segunda temporada de la serie.

“Trace Decay” carece un poco de conexión entre sus partes y se siente desprolijo, pero entre sus diálogos forzados y sus discursos interminables (te estamos mirando a vos, Anthony), se esconden un montón de pequeños detalles y revelaciones que le dan coherencia al resto de los capítulos y esas diferentes líneas temporales que se van entrecruzando.      

Todos, androides y humanos, tienen sus propósitos y metas dentro del parque. Algunos son más conscientes que otros, pero ahí reside la verdadera naturaleza de esta historia, ¿no? Como bien lo plantea Ford, no somos tan diferentes a estos seres artificiales. Vivimos nuestros propios loops, nos conformamos y rara vez cuestionamos nuestras elecciones. “Westwold” sigue siendo un thriller de ciencia ficción con escenarios del Far West, pero ante todo intenta se una reflexión sobre la conducta humana, más difícil de entender que el funcionamiento de una máquina.

CALIFICACIÓN: 7/10     

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