Análisis

ANÁLISIS: Mi Amigo el Dragón (Pete’s Dragon, David Lowery, 2016)

Disney le sigue apostando a la nostalgia y nos arranca un par de sonrisas y suspiros.
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Por: Jessica Blady

Además de reversionar sus clásicos animados en aventuras live-action, Disney también le da una nueva oportunidad a esas películas que, en el pasado, no rindieron los frutos esperados.

Es el caso de “Mi Amigo el Dragón” (Pete’s Dragon, 2016) que cambia a su alada criatura animada de 1977, por una más “realista” y suavecita, realizada completamente por imágenes generadas por computadora.

Está versión siglo XXI igual mantiene esa esencia nostálgica de una época más simple y una historia que necesita moraleja. La película de David Lowery –un realizador que viene directamente de la escena independiente- no tiene más aspiraciones que entretener a toda la familia, conmover con sus personajes queribles y, de paso, dejar deslizar un mensaje ecologista que nunca está de más, sin ser apabullante.

El pequeño Pete (Oakes Fegley) está de paseo con sus padres por el bosque. Un terrible accidente lo deja huerfanito y a merced de la naturaleza, pero no está solo, entre los árboles se esconde una enorme criatura fantástica sólo visible a los ojos de unos pocos, un dragón verde y peludo con el que, en seguida, hace buenas migas y forma un lazo de amistad.

Elliott -así apoda el nene a su gigantesca mascota- es pura ternura, un cachorrito juguetón que también perdió el rumbo y lleva muchos años viviendo en los bosques y alimentando leyendas que, obviamente, nadie cree, salvo el señor Meacham (Robert Redford), un carpintero del lugar que asegura haber tenido un encuentro con el dragón tiempo atrás.

El cuento no se lo cree ni su hija Grace (Bryce Dallas Howard), guardabosques bastante escéptica que, tratando de evitar la tala indiscriminada, se cruza con Pete que ya lleva seis años viviendo en la espesura. El nene y Elliott se separan, y así comienza su odisea para reencontrarse, una acción que puede poner en peligro a la criatura cuando los lugareños descubren su existencia.   

Lowery no complica demasiado la historia. Los malos no son tan malos, solo personas asustadas que no ven lo inofensivo que puede resultar el escupefuego. Por su parte, Pete necesita volver a conectar con otros seres humanos y sentirse querido, un rol que llevará a cabo Grace y su familia, incluyendo a su hijastra Natalie (Oona Laurence), una pequeñita que congenia inmediatamente con él mostrándole un estilo de vida muy diferente del que el nene solo tiene vagos recuerdos.

Elliott es el alma de esta historia, el personaje más querible, del que todos querremos tener un peluchito al salir de la sala. Tan imponente como torpe, el personaje en CGI y su relación con Pete, en seguida nos recuerda a “Un Gran Dinosaurio” (The Good Dinosaur, 2015) y, por qué no, la más reciente “El Libro de la Selva” (Jungle Book, 2016), un lazo inquebrantable de amistad que va más allá de lo real y lo imaginario con el que todos nos podemos identificar.

El resto de los personajes son correctos y bastante estereotipados pero, una vez más, se ajustan a la perfección en esta historia con olorcito a “rescate emotivo” que se ambienta en una época no especificada y, al mismo tiempo, lejana a la convulsionada actualidad.    


Desde lo visual, “Mi Amigo el Dragón”  maravilla cada vez que Elliott emprende el vuelo y nos lleva de paseo por los imponentes paisajes boscosos, un 3D que vale la pena y nos sumerge de lleno en una aventura para disfrutar en familia, inocua, sin violencia ni grandes conflictos,  como si una máquina del tiempo nos llevara a pasear por la década del ochenta.  

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