Análisis

ANÁLISIS: Logan (James Mangold, 2017)

Hugh Jackman quiere cerrar un ciclo y no se va a marchar silbando bajito.
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Por: Jessica Blady

La franquicia de los X-Men sufrió altos y bajos a lo largo de sus ocho películas y, justamente, las aventuras en solitario de Wolverine no son las que más se destacan. El mutante de las garras de adamantium tuvo que sobrellevar un par de bodrios antes de que James Mangold, director de “Wolverine Inmortal” (The Wolverine, 2013), lograra convencer a los ejecutivos de Fox que la mejor opción para este superhéroe era el camino de la violencia extrema y las historias oscuras no aptas para todo público.

Mangold optó por un relato más maduro arraigado en los elementos más característicos del western, género que el realizador conoce bastante bien gracias a la remake de “El Tren de las 3:10 a Yuma” (3:10 to Yuma, 2007).

Estamos en el año 2029 y ya no quedan muchos mutantes sobre la faz de la Tierra. Logan se dedica a un trabajo tan mundano como el de conducir una limosina y, al final del día, cruza la frontera mexicana de regreso a casa para ahogar sus penas en alcohol y cuidar de un deteriorado Charles Xavier (Patrick Stewart), al que todos dan por muerto, con la ayuda de Caliban (Stephen Merchant), mutante capaz de rastrear a otros de su especie que no puede exponerse a la luz del sol.

Los X-Men son una leyenda del pasado y, por lo que sabemos, muchos de ellos murieron en un incidente provocado por los poderes fuera de control del profesor. Logan (Hugh Jackman) dejó su instinto superheroico tirado en un cajón y sólo busca pasar desapercibido, mientras afronta el deterioro de su cuerpo, que ya no se regenera como antes. En este desolado panorama, Wolverine es el cowboy borrachín que trata de evitar los conflictos, pero los problemas lo encuentran a él de la mano de Gabriela y su pequeña hija Laura (Dafne Keen), quien buscan sus servicios para huir rumbo a Dakota del Norte, a un lugar llamado “Eden”.

Como la paga es generosa, Logan acepta el trabajo, pero Gabriela es asesinada y ahora la pequeña es el blanco principal de Donald Pierce (Boyd Holbrook) y los Reavers, matones al servicio del doctor Rice (Richard E. Grant), quien se especializa en “crear” nuevos mutantes.

A Logan no le queda más opción que huir de la seguridad de su guarida, llevándose con él al Xavier y a esta pequeña de pocas palabras que esconde unos cuantos secretos. Así, “Logan” (2017) se convierte en un western hecho y derecho (con algún toquecito de road movie), donde nuestro protagonista buscará un poco de redención ayudando  equilibrar la balanza.

La película de Mangold es sucia, híper violenta y no se contiene ante nada. El humor es justo y escueto, como ya nos tiene bastante acostumbrados este mutante medio parco, y no necesita de efectos y artificios para enamorarnos con su estética visual. Jackman se luce tratando de encontrar una nueva beta sobreprotectora, aunque enseguida nos remite a su relación con Rogue (Anna Paquin), en la primera película. El director y los guionistas echan mano de algunas referencias y guiños simpáticos, pero no se detienen demasiado en el pasado, ni en explicar las conexiones con el resto de la franquicia. Esto podría llegar a molestar, pero “Logan” funciona demasiado bien como un capítulo aparte y como cierre de un ciclo que, de ahora en más, puede ramificarse para cualquier lado.  

Uno de los grandes aciertos de la película son sus villanos (potentes y mesurados), y acá no hablamos solamente de personajes. Logan y Xavier luchan contra la propia naturaleza y los problemas que pueden traer aparejados los años, así como sus propios fantasmas y culpas acumuladas. Stewart está mejor que nunca y la joven Keen es todo un hallazgo en este relato que va desplegándose capítulo a capítulo, sin complicar su narración, como si se tratara de las páginas de un cómic.


“Logan” se encuentra en la vereda de enfrente de “Deadpool” (2016). Acá no hay chistes fuera de lugar, ni miraditas a cámara y la violencia (descontrolada) justifica cada gota de sangre y miembro derramado. Wolverine siempre fue ese animal un tanto descontrolado imposible domar. Mangold finalmente lo logra, le da un propósito, y la mejor entrega cinematográfica dentro de su trilogía y de casi todo el espectro comiquero.     

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