Análisis

ANÁLISIS: Lady Bird (2017)

Siguen llegando candidatas al Oscar, películas chiquitas con un corazón enorme.

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Por: Jessica Blady

Como muchos actores, Greta Gerwig (“Frances Ha”) decidió dar ese pequeño paso al costado y colocarse detrás de las cámaras. Claro, ya lo había hecho junto a Joe Swanberg en “Nights and Weekends” (2008), pero debe ser mucho más emocionante (y escalofriante por partes iguales) hacerlo en solitario con esta ópera prima con la que cualquiera puede llegar a identificarse.

Gerwig lo hace parecer sencillo y familiar, demasiado familiar. Hay un romanticismo y una forma de narrar (y comunicar) tan particular y directa que casi no vemos el artificio y nos perdemos en su “cotidianeidad”. Este el mejor cumplido que podemos hacerle a “Lady Bird” (2017), una dramedia, con más comedia que drama, que sabe enarbolar su espíritu independiente y enmascarar lo “arty” con esa sensación de naturalidad que cuesta describir, pero casi nada experimentar.     

Greta nació en Sacramente (California), asistió a una escuela católica y hoy vive en Nueva York, pero a pesar de todos estos puntos que tiene en común con su joven protagonista, Gerwig no es Christine "Lady Bird" McPherson (Saoirse Ronan); Marion McPherson (Laurie Metcalf) no es un reflejo de su madre, y esta no es su historia: es la historia de todas (y todos) las que alguna vez fuimos adolescentes con un atisbo de rebeldía, y ese constante tire y afloje en la relación con nuestras progenitoras.

No podemos evitar reírnos (de puro nervios e incomodidad) con cada frase, con cada escena y encontronazo que estas dos mujeres protagonizan porque parecen salidas de nuestras propias autobiografías jamás escritas. Y a pesar de que la mayoría de nosotras (y las mujeres del resto del mundo) no comparte absolutamente nada con una adolescente de Sacramento, creciendo durante los dos mil tras los ataques del 11 de septiembre: todas fuimos Lady Bird en algún punto. [Perdón que hable en femenino, pero se me complica ponerme en los zapatos masculinos]

Estamos en el año 2002 con los ecos, las secuelas y la paranoia post 11/9 todavía resonando en las cabezas de los norteamericanos. Sacramento parece el lugar más aburrido sobre la faz de la Tierra, al menos para Christine –quien decidió rebautizarse como Lady Bird-, adolescente de 17 años que transita su último año de secundaria con miras a alcanzar alguna meta superior, claro está, lejos de esta ciudad, posiblemente en la costa Este, específicamente en Nueva York.   

Anhelo de jovencita en busca de universidades, pero cuyo rendimiento académico (y posición económica) es demasiado pobre como para aspirar a algo mejor que algún colegio estatal. Lady B asiste a una escuela católica privada por el simple hecho de que mamá y papá no querían verla expuesta a la violencia de las instituciones del estado. Vive bajo la sombra de los pequeños logros de su hermano mayor (adoptado), y en constante confrontación con su mamá, como cualquier adolescente normal.

Diferente es la relación con papá Larry (Tracy Letts), más amigo que educador, porque en esto de la paternidad siempre hay un policía bueno y un policía malo, y el papel de “villano”, generalmente le toca a mamá.

Gerwig no descubrió América, no nos cuenta nada que hayamos visto mil veces, incluso en nuestra vida cotidiana, pero es la forma en qué nos lo cuenta lo que deslumbra y conmueve, de la mano de un elenco insuperable. Ronan tiene apenas 23 años, tres nominaciones al Oscar (incluyendo una por esta película) y un marcadísimo acento irlandés que acá ni hace acto de presencia. Cada una de sus escenas con mamá Metcalf son para poner en un cuadrito, arrancándonos carcajadas, culpas y lágrimas por igual porque, al fin y al cabo así es la vida, y más aún, la vida de una adolescente que cree que todo el mundo está en su contra y es un obstáculo para cumplir todos sus anhelos (¿se acuerdan cuando pensaban igual?).

Acá no hay dramas exacerbados ni conductas extremas. Christine es una más del montón buscando su lugar en el mundo, a veces entre las chicas “normales” como su mejor amiga Julie (Beanie Feldstein), y otras entre las populares donde, obviamente, no encaja aunque quisiera. La atracción, el despertar sexual, las dudas, decepciones y frustraciones, todo ocupa un lugar específico en la historia de Gerwig (también responsable del guión), pero es la tensa relación con su mamá la que prevalece, aunque no esté todo el tiempo en pantalla.

Esta es la “sombra” que cubre cada decisión de Lady Bird, aunque ella misma no lo sepa. No como algo malo, sino como esa sensación de “hacer lo correcto o rebelarse contra el sistema” que enarbola cada adolescente como su bandera.   

Christine explora, se enamora –primero del chico “bueno” (Lucas Hedges), después del “marginado” (Timothée Chalamet)-, se choca constantemente contra la pared de la realidad, o mejor dicho, la empujan contra ese muro, ya sean sus padres o sus maestros, no porque sean seres horribles que se interponen en su camino al estrellato, sino “por su propio bien”, porque la conocen (y conocen las circunstancias) mejor que ella. Igual, LB piensa seguir insistiendo con ese empuje y perseverancia adolescente que dura lo que dura ¿un pedo? porque nadie es tan maduro a los 17 años.

“Lady Bird” no es triunfalista en ese sentido, no intenta demostrar que uno puede alcanzar las metas a pesar de las pequeñas adversidades, moraleja tan propia de algunas comedias yanquis. Es un ensayo de prueba y error para su joven protagonista, y ese doloroso paso de la niñez a la adultez que perseguimos con empeño, pero no somos conscientes de cuánto duele hasta que tenemos que tomar las riendas de esta nueva etapa. Ojo, el dolor no es algo malo y forma parte de cualquier cambio significativo, por lo que se deja atrás, lo que se pierde para siempre y no se puede recuperar, aunque sí recordar con cierta nostalgia y cariño.

Lo que verdaderamente asusta es el futuro, tan incierto y desconocido. Ahí es donde volvemos a mirar alrededor y buscar esa red de seguridad que rechazamos sin miramientos: los consejos desoídos de mamá y papá, los retos justificados. Todo aquello contra lo que nos rebelamos porque venía de los adultos, eso mismo en lo que nos vamos convirtiendo.   

El relato de Gerwig triunfa con muy poco (un presupuesto acotado, pero una elegancia única y naturalista para la narración) porque nos habla desde un lugar común y conocido; su lugar común y conocido que es también el nuestro. Ese que recordamos con risas nerviosas y un poquito de tristeza, pero saboreamos y disfrutamos porque nos vemos reflejados en cada uno de sus momentos, ya sea de uno o del otro lado de la vereda.    

LO MEJOR:

- Una ficción que no se siente como ficción.

- Todo su elenco, en especial, madre e hija.

- Su capacidad para convertir lo ordinario en extraordinario.

LO PEOR:

- Que se va a ir de los Oscar con las manos vacías.

- Que estas películas no puedan abandonar el mote “indie” y triunfar también económicamente.

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