Análisis

ANÁLISIS: Hannah Gadsby: Nanette (2018)

¿Vieron cuando alguien dice la posta? Esa es Hannah.
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Por: Jessica Blady

Tal vez no estén tan familiarizados con el  trabajo de Hannah Gadsby, humorista y guionista australiana, conocida por nuestros pagos por interpretar a Hannah en “Please Like Me” (2013-2016) –si no la vieron, deberían verla-.

En el año 2017 Gadsby estrenó “Nanette”, un nuevo espectáculo que rompe un poco (bastante) las reglas del stand up y se convierte en una declaración de principios para esta mujer criada en Tasmania, una ciudad donde, hasta 1997, la homosexualidad era considerada un delito. Sí, Hannah es lesbiana, pero también una artista sumamente elocuente a la hora de la autocrítica, los chistes coyunturales y de decir las cosas como deben ser dichas, pese a quien le pese.

“Hannah Gadsby: Nanette” (2018) forma parte de esta ‘gira’, grabado ante un público multitudinario en la ópera de Sídney, y transmitido por Netflix, desde donde llegó a una audiencia más grande y sacudió unas cuantas cabezas. Imposible detallar en qué la va el espectáculo (no somos tan geniales como ella), pero lo que empieza como “autocrítica” (básicamente, reírse de sí misma y sus experiencias), se convierte en una catarsis sobre el escenario, donde Hannah ya no confía en la comedia (bidimensional) y prefiere contar su historia como se debe: con una principio, un nudo y un final.

Su relato es el de los marginados, los “no normales”, los que no gozan del privilegio. Gadsby se concentra en los hombres blancos heterosexuales (sí, muchachos, se van a sentir incómodos) y, desde ahí, dice todas esas cosas que las mujeres pensamos y padecemos día a día. Su experiencia es más dolorosa porque hay que sumar la homofobia que la acompañó (y acompaña) desde siempre, los miedos de ser mujer en una sociedad donde el poder lo maneja el sexo opuesto (sí, otra feminista) y las críticas que le achaca su propia “comunidad”.

“Nanette” -que toma su título de una simpática mujer que Hannah conoció, aunque después cambió el tono y el argumento del espectáculo- es hilarante, pero también desgarrador por momentos y, sobre todo, necesario. Desde su lugar, Gadsby habla de la empatía, suma anécdotas sobre su persona y otras genialidades que sacan a relucir su conocimiento pictórico (además, es licenciada en historia del arte). De repente, Vincent van Gogh y Pablo Picasso (Picasshole, como bien lo rebautiza) sirven como ejemplos para hablar de la depresión, el abuso, la contención y la misoginia, y sobre un mundo que, desde antaño (como bien se refleja esa misma historia del arte), concibió a la mujer como un espécimen de segunda categoría.

De esta manera, Hannah termina de cerrar la brecha y el famoso debate sobre “separar la obra del artista”. Todos estos temas se van encadenando con elegancia y muchísima elocuencia, humor, llanto y silencios incómodos desde el público, al que la artista toma por sorpresa más de una vez.   

“Nanette” no es el típico espectáculo humorístico donde una lesbiana hace chistes sobre sí misma. Es un desahogo, un mea culpa y borrón y cuenta nueva para dejar de lado la tensión y los remates para pasar a contar historias más profundas que también respeten (y conciernen) al otro, a ese que se identifica con ella. Gadsby entiende la función del artista en estos tiempos convulsionados y el cambio que experimentó el género en la última década. Nunca se trata de corrección política, ni mucho menos, es la visión acertada de alguien que creció y vive sin privilegios.

Ella sobre el escenario, un fondo azulado (ya verán la importancia de este color) y un micrófono. Nosotros de este lado poniendo en funcionamiento el órgano de la empatía, con todas las ganas de aplaudir de pie cuando Hannah Gadsby le pone el punto final a su show, se retira y nos deja para que sigamos reflexionando.

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