Análisis

ANÁLISIS: Game of Thrones S07E06 (SPOILERS)

Un capítulo que va a causar controversia y dividir las aguas entre los fans.
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Por: Ignacio Esains

No es un secreto que a lo largo de las últimas tres temporadas Game of Thrones se ha alejado narrativa y temáticamente de lo que planteaba en sus primeros años, cuando la serie adaptaba con fidelidad las novelas de George R.R. Martin. En general este desvío ha sido gradual, y solamente se hizo notorio a fines de la sexta temporada, cuando la ambigüedad moral dejó lugar a una lucha más tradicional (tolkieniana, digamos) entre el bien y el mal. 

Sin embargo, esta séptima temporada dejó entrever matices más interesantes desde el principio, ablandando a la Cersei maquiavélica de la sexta temporada y sugiriendo que Daenerys no era la liberadora que estábamos esperando, y que el peso de la tradición la podría acercar a la locura de su padre.

Todo ese avance se lanza por la borda en este capítulo, en el que escenas impactantes (algunas de las mejores de la serie) se mezclan con actitudes inexplicables y conversaciones que rozan el fan service. Hasta que veamos el final de temporada (y de la serie) no sabremos si este nuevo volantazo era necesario o una muestra del desinterés de HBO por llevar la historia a una conclusión que esté a la altura de lo que vimos antes.

El primer impacto de este capítulo llega antes de la primera imagen: el nombre en los créditos de Alan Taylor, director de algunos de los mejores capítulos de la serie, que vuelve luego de varias temporadas haciendo cine (“Thor 2”, “Terminator: Genisys”… se nota por qué volvió a la tele). Taylor dirigió “Baelor”, el capítulo de la muerte de Ned Stark, y allí demostró que lo que mejor hace es mantener un nivel de tensión e inmediatez que en general no relacionamos mucho con esta serie.

El vuelo visual se nota desde la primera escena (si se le puede llamar así), que es una transición interesante en muchos sentidos. Pasamos de la maqueta de los créditos, a un segundo mapa: el modelo de Poniente alrededor del cual Daenerys suele reunirse en Rocadragón. Es una transición puramente visual, sin diálogos ni personajes, que solo busca transmitirnos algo de lo que ha quedado a un lado, la enormidad de este continente y lo vasto de las distancias. Es un traveling desde el Sur hacia el Norte, que se corta justo cuando la cámara cruza el Muro, transportándonos a las afueras de Guardaoriente con nuestros siete samurái medievales, charlando de la vida, tratando de distraerse de la enorme dificultad de su misión.

Tiene algo de teatral la secuencia de esta larga caminata, en la que se arman microescenas de dos o tres personajes, empezando con Jon y Tormund. El salvaje hace una referencia a lo poco inteligente que le parece este plan (algo que cualquier espectador podía estar pensando) y en un monólogo que demuestra bastante más sabiduría que la que el salvaje había dejado ver en toda la serie, hace referencia a la decisión de Mance Rayder de morir antes de doblar la rodilla - y no para defenderla. Bien Tormund, y esperemos que Jon le preste atención. Al fin y al cabo fue él mismo el que trató de disuadirlo, razón por la que sigue sin convencerme el capricho del Rey-en-el-Norte-que-no-quiere-ser-Rey-pero-si-quiere.

Gendry, con cierta lógica, no ve con buenos ojos a los Hermanos sin Estandartes que lo vendieron a Melisandre hace varias temporadas, y el Perro es el que termina la conversación diciendo: “¿alguien te hizo algo que no te gustó? ¡superalo!”. La ironía, sabrosa, es que el que habla es un tipo que definió toda su vida en base a las maldades que le hizo su hermano en la infancia. El miedo al fuego que se reitera a lo largo de este episodio hace que, sin nombrarlo, pensemos en Gregor Clegane y la confrontación que se viene.

Jon y Jorah, comparan a sus padres, repitiendo como las dos charlas anteriores la estrategia de esta temporada de recordar la historia de la serie, de dar una dimensión a las historias a lo largo del tiempo: la familia, el estandarte, los hechos que convirtieron a cada uno de los personajes en quienes hoy son. Jon intenta devolverle Garra (la espada de acero valyrio de Jeor Mormont) a Jorah, pero él la rechaza, con una frase resonante: “que te sirva bien, y a tus hijos después de vos”. Que momento perfecto. Jorah vio las miradas entre Jon y su Khaleesi, y sabe que aunque él no tendrá linaje (ya que nunca tendrá a la mujer que ama), los hijos de Jon podrían ser los hijos de Dany. Este caballero caído, hijo legítimo de su mentor, está aprobando tácitamente a Jon Snow. Un paso importante para que deje de verse a sí mismo como un bastardo, tanto como el momento en que lo nombraron Rey en el Norte.

(Y sí, ya sé que Daenerys no puede tener hijos, pero sospecho que hay una razón por la que en las próximas escenas se toca una y otra vez el tema de su infertilidad, y que después de su primera noche de amor con Jon se llevará una sorpresa...)

Esta seguidilla de conversaciones breves es una estructura bastante rara para una serie que no pierde oportunidad de saltar 5000 kilómetros entre charla y charla, y en el momento pensé que el episodio sería una mini-película, como pasaba con “Blackwater” y “The Watchers in the Wall”, capítulos que se parecen más a la estructura narrativa de las novelas (largos trechos en los que seguimos el punto de vista de un sólo personaje), y al menos en esta ocasión hubiera resultado efectivo. Quizás cuando hagan la remake en 2035 mantengan esa estructura así en vez de volver al zapping interreinos. Yo te la re veo. Quizás (*chiste fácil warning*) para entonces George terminó los libros y todo.

Pero no. Pasamos a Invernalia, donde Arya cuenta a Sansa una anécdota de su infancia junto a Ned (relación que la hermana mayor siempre envidió un poco). Pero la expresión de Arya no delata emociones, y pronto está acusando a Sansa de colaborar con los Lannister en el asesinato de Ned, con la carta como prueba. La escena es amarga, las dos actrices están perfectas, y hay una triste ironía en que Arya acuse a Sansa de ser una estúpida cuando ella cayó de boca en la trampa de Meñique, fogoneada por sus propios prejuicios.

Lo brillante de la escena es que Arya está acostumbrada a terminar sus acusaciones con un cuchillazo a la garganta, algo que (por ahora) no está dispuesta a hacer con Sansa. Y Sansa contesta, con toda esa altanería que Arya odia pero diciendo verdades: Jon perdió la batalla y ninguna de las dos corrió a salvar a Ned del verdugo. Las palabras de Sansa rompen la guardia de Arya, una nena por primera vez en mucho tiempo, que parece darse cuenta que el odio y la victimización han sido su combustible todos estos años - algo parecido a lo que Jaqen le quería hacer entender en la Casa de Blanco y Negro.

Arya se recupera, vuelve al ataque, percibe que Sansa teme perder el poco poder que ha acumulado cuando Jon lea esa carta. Arya sabe alimentarse de ese miedo y termina “ganando” aunque Sansa, a pesar de que Arya percibe correctamente su sed de poder, tenga razón: esa discusión la gana solamente Cersei. Y Meñique. Es fascinante ver como Alan Taylor resuelve la puesta en escena: una avanza, la otra se voltea, retroceden, dan pasos al costado… un verdadero duelo verbal, pero la metáfora nunca es obvia.

Más allá del muro, otro combo divertido: Tormund y el Perro. Tormund sigue sorprendiendo en este capítulo, demostrando más sabiduría que Davos y mayor percepción que Arya ¿inconsistente? ¿arbitrario? ¡Claro! Pero divertidísimo. Y si vienen leyendo estas reviews hace rato, creo que con esta charla perfecta entenderán por qué extrañaba los viajes. Los personajes se conocen, intercambian información, revelan qué hay detrás de ciertas miradas, y mantienen vivo el fuego de los conflictos.

De ahí, Jon y Berric, desmenuzando un poco aspectos de la historia que habían quedado colgados (Emilia Clarke y Kit Harington saben elevar su nivel cuando les ponen un buen actor al lado) ¿siente Jon que le deba algo a Melisandre y al Señor de la Luz? ¿Ha pensado alguna vez en su madre? Otra conversación que tiene un contrapunto con la anterior. Otro personaje que aconseja a Jon que valore lo que realmente importa: la vida. “La muerte es el enemigo, el primero y el último. El enemigo siempre gana. Pero igual hay que pelear”. No voy a mentir, hubo una ovación en mi living para Berric ¿dónde estuviste todo este tiempo, Richard Dormer?

En Rocadragón, Dany y Tyrion tratan de aclarar un poco al aire. Después de pasar cinco capítulos dando discursos, Emilia se puede relajar un poco y tener una conversación de verdad, revelando sin querer su atracción por Jon. Después de justificar su rechazo a la guerra directa en varios monólogos, Tyrion vuelve a explicar la razón por la que todavía la serie no terminó con Dany bailando sobre el cadáver de Cersei. Y el texto es convincente, pero lo único que hace esta reiteración es poner en evidencia lo poco que pensaron Benioff y Weiss el conflicto central de esta temporada cuando terminaron la sexta. Cada explicación, cada derrota obvia, cada paso atrás de Dany ha sido un obstáculo artificial para el personaje que más claro tiene sus objetivos. Es increíble que hayan llevado a Daenerys a Poniente solamente para tenerla en la misma calesita narrativa que en Essos.

Aunque el romance no se le de para nada a Clarke, ha sido efectiva la transición de estos últimos episodios a la posible “Reina Loca”. Seguramente pusiste la misma cara que Tyrion cuando Daenerys se ofendió por el término “impulsiva”, la primera palabra que utilizaríamos para describirla. Y es que ella nunca se ha visto así. Para ella cada una de sus decisiones ha sido lógica, aunque evidentemente no lo hayan sido. Cada palabra de Tyrion encuentra una reacción gélida de Dany, que es incapaz de notar sus propios errores y su falta de visión. Por algo las primera señales de la locura son la paranoia y una percepción errónea de la realidad.

Cada una de las escenas de la primera mitad del capítulo es fascinante porque revela algo que el personaje central no quiere ver. Sansa no quiere ver su hambre de poder. Arya no quiere entender que su enojo la ciega, y algo parecido pasa con Dany. El Perro da consejos que él mismo es incapaz de seguir. Jon ha perdido el Norte (¡ja!) y no sabe por qué ni para qué pelea.

No sabemos cuánto tiempo pasa más allá del Muro, pero cada vez hay más nieve y los muertos no aparecen. Recordemos que la primera escena de la serie es un enfrentamiento entre hermanos negros y espectros al Norte del Muro… pero al parecer más al Sur que en esta escena. O los muertos van en círculo o posta el Rey de la Noche no sabe dónde está físicamente el muro. ESTÁ AL SUR, REY. Vas al Sur y te lo encontrás, después recorrés el costadito hasta el Castillo Negro y LISTO. No es tan jodido. Siete temporadas, muchachos.

Y ahí es donde los ataca un oso. Un oso zombi. Un ozombi.

No es fácil narrar una batalla en medio de una tormenta de nieve, pero el recurso de Alan Taylor es evitar el caos (que tan bien había funcionado en el abordaje de Euron en el segundo capítulo) y narrar cada plano con tiempo. El miedo del grupo. La formación en la que caen de forma casi instintiva. Y el ataque del ozombi que puede venir en cualquier momento, usando el recurso Alien de mostrar al monstruo lo menos posible y aparte meter el máximo terror.

Thoros de Myr es nuestra primera baja. El Perro una vez más no puede vencer su miedo al fuego, y es Jon Snow que con una daga de vidriagón termina con la bestia. Siguiendo las huellas del ozombi podrían encontrar el resto del ejército.

En Invernalia, Sansa aburre a Lord Baelish hablando de guerras y de soldados y de cosas por el estilo ¿es que tendrá casualmente un plan Meñique para quitarse de encima a Arya? ¡Claro que sí! Y el plan es manipular a Sansa para que Brienne no tenga otra opción que quitarse de encima a Arya. Que Sansa esté considerando este plan es suficiente para romper mi carnet de membresía del fan club #fansa, pero la pausa antes de decir sí… no se, me hace creer que el alma de Sansa todavía tiene salvación ¿está midiendo a Meñique?

Thoros y Jorah (tratá de decir eso en voz alta tres veces) es el siguiente combo al norte del Norte. El sacerdote no está exactamente diez puntos, y Jorah tiene una breve conversación sobre la valentía, otro contrapunto, ahora con la escena de Tyrion y Dany, ya que al fin y al cabo, Jorah fue uno de esos “héroes”. Entre el abrazo que le dió a Dany y tanto texto conmovedor, las posibilidades de supervivencia de Jorah estarían bajando a toda velocidad.

El grupo encuentra una fila de espectros. Lamentablemente ninguno de ellos se queda oliendo las margaritas para darles tiempo a que lo capturen. La cámara de Taylor revela que estamos en el monte con forma de flecha que el Perro vio en el fuego. Los muertos encuentran un río en el camino, y es interesante ver cómo se comportan cuando no están en combate. Los espectros son zombis old school, caminando a donde pueden, pero los Caminantes Blancos tienen una percepción más clara de lo que los rodea. El ataque toma solamente segundos, y al matar al caminante caen sin vida una docena de espectros. Es un dato importante: si apuntás sólo a los líderes vas a reducir el ejército de los muertos a una décima parte de lo que es.

Pero un espectro sobrevive (aunque la serie no se molesta en explicar por qué). Sofocarlo no tiene sentido, los golpes no lo noquean, y luego de morder al Perro (¿Zombi Cleganebowl?) emite un grito agudo que invoca al resto del ejército. Claro, esa no era la batalla, ESTA es la batalla. Jon envía a Gendry a notificar a Daenerys a través de un cuervo mientras el grupo intenta escapar hacia lo que resulta ser un lago congelado, y antes de que se termine de resquebrajar alcanzan una isla en el centro. Son muchos los espectros que caen ¿pero cómo saldrán nuestros héroes de aquí?

Gendry alcanza el muro mientras Thoros exhala su último suspiro. Mientras el cuervo (ya hemos blanqueado que es supersónico) se dirige a Rocadragón, Berric propone un plan desesperado: atacar al Rey de la Noche. Si él convirtió a todos los espectros, entonces todos deberían caer con él. En teoría.

En Invernalia, Sansa recibe una invitación a Desembarco del Rey, y decide enviar a Brienne sola, que no quiere saber nada con dejar a Sansa a merced de Meñique. Sansa no quiere saber nada. Está en su casa, no debería haber un lugar más seguro para ella. Está tan pero tan poco diplomática la Stark más política de todas que quiero creer que esto es una jugada maestra ¿qué es lo que quiere hacer Sansa con Arya? Está claro que Sansa está poniendo en práctica un plan, pero al no conocer el objetivo del personaje, esta serie de escenas resulta confusa, chocante.

Ha habido planos espectaculares en Game of Thrones, pero la genialidad de Alan Taylor es impactarte con imágenes que no te esperabas, que te buscan transmitir una sensación específica. Estamos en Rocadragón, y esto es una cola de dragón… ¿o dos? ¿o una cabeza? Son los tres, despertándose en un mini ballet. Como el traveling sobre el mapa, es un crescendo y lo que implica es claro: algo va a pasar.

Daenerys recibió el cuervo y no lo duda un momento: va a rescatar a Jon Snow, un impulso que racionaliza una vez más frente a Tyrion. Como Brienne en la escena anterior, Tyrion ruega, “sin usted no somos nada, estamos perdidos”, pero la Khaleesi aprovecha para echarle en cara sus derrotas: “la última vez me dijiste que no hiciera nada, no me voy a quedar acá haciendo nada”. El diálogo de esta primera mitad es especialmente poético, con ecos musicales como la palabra “nothing” que Tyrion y Dany repiten en distintos contextos, con distintos sentidos. Y (en temas más superficiales) los dioses del vestuario han sonreído sobre Emilia Clarke, que en cada capítulo tiene un vestido digno de un poster.

A pesar de haber leído quejas al respecto, no me molesta la compresión de tiempo de esta secuencia. Me hubiera gustado que la serie transmita la sensación de que pasaron dos o tres días en el centro de ese lago, o quizás que hubieran cortado los tiempos con alguna participación de Bran, pero la tensión está bien manejada y al involucrar principalmente criaturas ficticias (los cuervos de GRRM no son nuestros cuervos) puedo creerme que en ¿24 horas? ¿36? El cuervo y Dany pueden hacer el tramo.

Más allá del Muro, el Perro está lentamente volviéndose loco. Los espectros no avanzan, no retroceden, pueden quedarse ahí parados hasta el fin de los tiempos. Están esperando que la partida (en el sentido D&D, gente) muera de hambre, de sed o de frío, lo que llegue primero.

Entonces el Perro tiene una gran idea.

Por ahí puede matar el ejército de espectros a piedrazos (o al menos molestarlos un poco).

Entonces tira una piedra. Y después tira otra.

Que queda centímetros delante del pie del espectro.

Que se da cuenta que el lago se ha vuelto a congelar.

Y avanza.

Es una batalla desesperada, que recuerda de inmediato a la del ataque de los salvajes al Muro por su intensidad y por el estilo clásico con el que Taylor la firma. Aquí no hay extensos planos secuencias y cámaras lentas expresionistas como en la Batalla de los Bastardos sino una serie de planos medios, clásicos, que hacen que sea muy claro lo que está pasando con cada uno de nuestros muchachos. Tampoco es que sea nada bueno. Los espectros avanzan, los nuestros se defienden, pero no hay vuelta. Esto es el fin. Es la más “Peter Jackson” de las batallas que vimos hasta ahora en la serie, con planos que evocan de inmediato al Abismo de Helm.

Aún sabiendo que los dragones estaban en camino y que no iban a matar a medio elenco en un montículo de nieve, la llegada de Daenerys es épica, tanto o más devastadora que la escena del convoy del capítulo 4. Los espectros se hacen ceniza, pero Jon se niega a subir a Drogon hasta que toda su gente no esté arriba. El Señor de la Noche no se inmuta. Una de sus adorables secretarias le pasa una lanza, con la que baja de un solo golpe a uno de los dragones (me dicen que es Viserion los que saben).

Game of Thrones suele hacer cosas que pocos programas de televisión hacen, pero la muerte de Viserion no se parece a nada que haya visto antes, ni en tele, ni en cine, ni en un cómic ni en el teatro de revista. Es la mezcla de un torero matando a su presa con la caída del Hindenburg, estallando en llamas en el aire, tratando de retomar vuelo solo para desplomarse al hielo. Nada más triste que la cabeza y las patas frontales del dragón deslizándose al agua congelada. Es trágico, es estremecedor, es espectacular.

Cuando Jon ve al Rey preparar una segunda lanza (a todo esto ¿por qué no tiró la primera a Drogon que estaba quietito?), grita a Daenerys que escape, se queda peleando solo, cae en un pozo helado, sobrevive, sale del pozo, se planta (¡semicongelado!) para pelear de nuevo (¡basta Jon!), y lo termina salvando el tío Deus Ex Benjen de su propio heroísmo, volviendo a aparecer de la nada solo para rescatar a un Stark. Y morir. Porque “no hay tiempo”. No fue el mejor final para una batalla que hasta este punto había sido memorable, ya que como pasaba con Jaime en el capítulo 4, estaba claro que el protagonista no estaba en riesgo de muerte.

Ya en el muro, el Perro carga a su espectro en el bote mientras Rhaegal (¿o es Drogon? ¿Por qué no pueden ser rojo verde y azul como las bolitas de Telefe?) llora por su hermano y Dany mira al horizonte, ¿pensando en la horrenda muerte de su hijo? No, está preocupada por Jon Snow.

Es raro ver a Daenerys enamorada como una quinceañera, más considerando que ya la vimos enamorada una vez,de Khal Drogo a los quince años. Y no deshojaba margaritas entre suspiro y suspiro. Es más, la forma en que la joven Dany toma el control de su matrimonio forzado fue una de las cosas que nos hizo amar a este personaje en un primer momento. Lo mismo pasó con la seducción de Daario, una demostración fascinante de una mujer para la que la sexualidad y el poder tienen mucho en común. La idea de que este amor es “verdadero” porque pone a Daenerys en un lugar más tradicionalmente femenino es, francamente, repugnante.

Pero no hay que ir más allá de esta temporada para no reconocer a esta Daenerys, en la que ya no vemos la Khaleesi implacable que quemó vivos a los Tarly o la reina-ligeramente-inestable-emocionalmente que media hora antes se le había plantado a Tyrion. No se si se podrá reparar el daño que han hecho a este personaje en la séptima temporada al ponerlo a merced de las necesidades del guión y no del progreso natural de su arco dramático.

Y Jon llega. Emilia Clarke con su cara de “necesito un sertal” atestigua los intentos de revivir al Rey en el Norte dejando entrever las cicatrices de su asesinato (que nunca cerraran del todo) y de paso los abdominales, que confirman que ALGO había debajo de esa armadura que parecía que se había armado él solo en salita verde.

Sansa aprovecha la ausencia de Brienne para revisar el cuarto de Arya, encontrando una de las siniestras caretas de los Hombres sin Nombre. Arya la descubre, y empieza un muy incómodo interrogatorio, en el que la amenaza y… ¿le dice que si quisiera podría convertirse en ella? ¿para lo que la tendría que matar? Esta escena es muy extraña. La vi un par de veces y realmente no entiendo cuál es la intención de Arya más allá de meter miedo a Sansa. Si la lee como a un libro, ¿cuáles son sus intenciones? ¿está forzando a Sansa a que la mande a matar, demostrando que lleva la traición en el corazón? ¿o Arya fue Meñique en la escena anterior? ¿O Meñique está mirando? No sé. Sigo con la sensación de que Sansa está tratando de poner una trampa a Meñique, pero no tengo idea cómo encajará esta escena impresentable en esa teoría. Hay tanto odio, tanta bronca ahí, como en el testimonio de Shae contra Tyrion en la cuarta temporada. Y de eso no hubo vuelta atrás.

A pesar de todo prefiero mil escenas ultra confusas como la anterior a otro de estos bodrios románticos de Jon y Dany. La escena final de estos dos es terrible. Mala con ganas. De lo peor de la serie. Dany (que reiteremos: es una MADRE que acaba de perder a su HIJO) jura a Jon que juntos derrotarán al Rey de la Noche, mientras le hace ojitos. La escena es tan horrible que hasta Jon la llama “Dany”. NO JON. Así la llamamos nosotros. Es como si ella te llamara “Frodo Bolsudo”, “Jon Snore”, o cualquiera de los nombres que me vienen a la mente viendo la serie. No da.

Jon dobla (metafóricamente) la rodilla, Dany está feliz de ser su reina. Se le vienen lagrimitas. Jon le aprieta la mano, ella se sonroja como una quinceañera. O mejor dicho, como si fuera otro personaje que nunca fue.

Mientras tanto, kilómetros al norte, el Rey de la Noche revive a su nueva mascota. Viserion: DRAGÓN ZOMBI.

Y no sé si eso no cruza una línea para mí. Los Caminantes Blancos son los villanos menos interesantes de la serie, y con un DRAGÓN ZOMBI (nunca escribiré algo así en minúsculas) ya no parecen los enemigos arcanos y misteriosos de GRRM sino los dibujos de un adolescente aburrido en una clase de química. Quizás esa es la revelación: que Bran es un alumno de tercer año del Normal 8, garabateando una épica medieval en los márgenes de su cuaderno Rivadavia.

Yo se que las novelas originales hacen referencia a los “dragones de hielo”, pero de cualquier manera el ritual es anticlimático. Pescar al bicho, apretar “on”. Punto. Muy lejos de la belleza imponente de otras conversiones que hemos visto por parte de los Caminantes Blancos (el final de “Hardhome”, el hijo de Craster) y ni hablar de los rituales de Melisandre o el bautismo de Euron Greyjoy. La magia tiene un costo en este universo. Acá parece un trámite.

Los caminantes blancos siempre han sido el enemigo menos interesante de la serie, y al cobrar tanta importancia opacan a los villanos realmente carismáticos. Jon vs. Dany, Fuego y Hielo vs. Cersei, o hasta Varys vs. Todos me suena más divertido que un show de (excelentes) gráficos 3D.

Ahí está la pulseada eterna de Game of Thrones ¿es una historia espectacular de dragones contra zombis o una recreación en tono de fantasía de las guerras que definieron Europa luego del medioevo? ¿es una metáfora política en la que cada monarca refleja una ideología o una historia clásica del bien contra el mal, el orden contra el caos? ¿es una telenovela de alto presupuesto o una tragedia shakespeareana con hechizos y muertos vivos?

No lo se. Pero sí sé una cosa, y perdón de antemano por extenderme más allá de los límites de este capítulo.

La “Canción de Hielo y Fuego” de George R.R. Martin no está diseñada para terminar.

Si Game of Thrones capturó nuestra atención desde el principio es porque nunca eligió entre esas opciones, logró ser todo al mismo tiempo. Nos vendió la mitología de Tolkien con la complejidad política de una buena novela histórica. Pero el problema de la Historia (con h mayúscula) es que la historia nunca termina.

Los que han leído las últimas dos novelas, saben que Martin no parece estar acercándose a ningún final, ya que ha planteado la estadía en el Trono de Hierro como algo transitorio, pasajero, como si ya no hubiera lugar para dinastías en Poniente. Con cada novela se aleja de esa conclusión y suma personajes, facciones, distintas tierras, engaños sobre engaños. Un entramado fascinante para algunos pero que ya no ofrece la simple satisfacción que implica un arco dramático con principio, desarrollo, y final.

Los guionistas norteamericanos usan un término, “closure”, para definir el cierre de una historia que da sentido a todo el viaje previo. Por eso es que no considero que las conversaciones de este capítulo sean guiños al espectador (o “fan service”), sino intentos de convertir estas idas y vueltas en un final satisfactorio. Que parezca que todo estaba planeado desde el primer día.

Cuando Jorah rechaza la devolución de Garra, por ejemplo, nos permite ver en perspectiva su viaje: un caballero exiliado que quiere recuperar el honor. El enfrentamiento de Sansa y Arya busca hacernos pensar que esta era la historia desde el principio: dos hermanas que representan dos formas de ver la femineidad, separándose en la infancia y chocando en la juventud. La historia de Dany podría ser un sermón sobre lo adictivo que es el poder.

Algunos de estos intentos de “closure” encajan mejor que otros. La historia de Tyrion, en especial, está llegando a una conclusión natural en estos últimos dos capítulos, y algo parecido pasa con Jaime. Pero hay un tinte de desesperación e impaciencia en la mayoría de estas historias… tanto que no me parece antojadizo ver a Sam en la Ciudadela como los creadores de la serie Benioff y Weiss, mientras que el vueltero archimaestre bien podría ser George R.R. Martin.

Con capítulos como este queda claro que la decisión de terminar la serie en dos temporadas cortas fue arbitraria (dudo que se hayan ahorrado un centavo de presupuesto). Podrían haber sido 13 capítulos, 4 o 72 más y un final no hubiera aparecido mágicamente en una historia que nunca estuvo diseñada para tenerlo. Por eso es que GRRM, un escritor que durante toda su carrera fue tan veloz como prolífico, no tiene otra que hundirse más y más en un mundo que nunca va a cerrarse con el moñito que su audiencia espera.

Hasta la estructura del capítulo sufre de la compresión. En vez de 45 minutos dedicados a la incursión, batalla, muerte y resurrección, tenemos 70 que tratan de insertar con torpeza situaciones que parece imposible ver resueltas con elegancia en el final de temporada. Espero estar equivocado.

Mientras tanto, toca calificar este capítulo, con un puntaje quizás un poco más alto de lo que el texto parece indicar. Más allá de mis problemas con el todo, la secuencia central es espectacular y efectiva, y siempre van a pesar más en mi balanza esas cosas que solamente puede lograr Game of Thrones, desde la muerte de Viserion hasta la impecable puesta en escena de los duelos verbales de Sansa y Arya / Tyrion y Dany de la primera mitad del capítulo (de la segunda, mejor no hablar).

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