Análisis

ANÁLISIS: El Sacrificio del Ciervo Sagrado

Llega a cines la película más incómoda del último año. Para no dejar de morderse las uñas.
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Por: Florencia Orsetti

El nombre de Yorgos Lanthimos probablemente no haga eco con facilidad en sus mentes, pero si les digo que se trata del realizador griego que filmó Dogtooth (Kynodontas, 2009) y The Lobster (2015), hay chances de que sepan en qué terreno estamos parados ahora. The Killing of a Sacred Deer (2017) es la sexta película del director, un drama de terror psicológico que explora los mismos conceptos que tanto le gustan a Lanthimos, quien a su vez es co-guionista.

Steven (Colin Farrell) y Anna (Nicole Kidman) son un matrimonio exitoso, el ejemplo perfecto de familia aburguesada. Él es un exitoso cirujano, ella una odontóloga reconocida. Tienen dos hijos, Kim (Raffey Cassidy) y Bob (Sunny Suljic). Hasta acá, el retrato parece el de una familia feliz con los privilegios y comodidades del materialismo ostentoso. Pero me falta mencionar una pieza más en el tablero: Martin (Barry Keoghan), un joven de modales extraños a quien Steven ha estado apadrinando en secreto por largo tiempo.

El primer acto de The Killing of a Sacred Deer (2017) es extraño. Sentimos que hay algo que no cuadra en esos personajes, en sus costumbres y en los lazos que los unen. Pero la verdadera incomodidad no se cuela en el clima del film hasta que llega el conflicto, que le abre la puerta a la magia, dando lugar a lo que conocemos como realismo mágico.

Martin le pide a Steven que tome una decisión terrible para igualar los tantos en la balanza de la vida. Hace un tiempo, el joven perdió a su padre durante una operación y parece que todo fue por culpa de Steven. Un caso de mala praxis. De ahí que el cirujano quiera redimir la culpa dándole regalitos al chico, ¿pero por qué lo hace a espaldas de su familia?

No voy a contarles mucho más para no sembrar expectativas. Lanthimos, nuevamente, vuelve a derruir el concepto de familia tradicional, como en Dogtooth, y lo pervierte al extremo, con una película que por momentos tiene un ritmo glacial, pero que no deja de ser hipnótica porque lo que nos muestra es muy difícil de ver y de creer. No hay surrealismo acá ni ruptura de la estructura de la narración, hay personajes que toman decisiones muy sensibles desde un punto de vista moral y eso siempre choca.

El relato nos atormenta psicológicamente porque los personajes no responden a los valores morales que conocemos, sino que terminan dotados de rasgos divinos, casi bíblicos, y ahí es cuando la noción de sacrificio cobra otro significado para ellos, que no deja de molestarnos a nosotros. Hay recursos de tragedia griega que no son casualidad y es porque se trata de una adaptación moderna del mito del sacrificio de Ifigenia en manos de Agamenon. En última instancia, el relato funciona como parábola y nos hace cuestionarnos nuestros propios principios.

Kidman y Farrell están perfectos en sus papeles, pero el que realmente sorprende es Barry Keoghan, quien nos da un personaje frío y calculador que aterra, aunque por momentos también llega a conmovernos. Alicia Silverstone tiene un pequeño papel que está correcto.

Se comparó en más de una oportunidad la construcción narrativa del film con el cine de Kubrick. Lo cierto es que es fácil pensar en películas como The Shining y Eyes Wide Shut (también protagonizada por Kidman) cuando nos llegan esos planos estáticos, los silencios que incomodan y los momentos de comedia negra.


En The Killing of a Sacred Deer lo simbólico forma parte de lo real, como en las pesadillas, y ahí reside su crueldad tan efectiva. Nos hace pasar un mal rato, pero nos deja reflexionando sobre muchas cosas.

LO MEJOR: 

  • Barry Keoghan da miedo, en serio. 
  • Llámenlo realismo mágico o como quieran, no todos los días vemos esto en cine
  • Es un buen ejemplo de terror psicológico. No hay monstruo, no hay sustos, pero aún así te tortura. 

LO PEOR: 

  • Se les va un poquito la mano con la frialdad de los personajes. Entiendo que la idea es incomodar, pero... 
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