Fantasías de ayer y hoy
Análisis

ANÁLISIS| El Regreso de Mary Poppins (Mary Poppins Returns, 2018)

La niñera casi perfecta en todos los aspectos está de regreso, pero su magia no está tan intacta.  

Avatar de Jessica Blady

Por: Jessica Blady

Si no están muy familiarizados con la historia detrás de la clásica adaptación de los libros de P. L. Travers, acá van algunos detalles: durante años, Walt Disney intentó conseguir los derechos para llevar el relato a la pantalla porque la niñera mágica se había convertido en el personaje favorito de sus hijas. La autora, por el contrario, odiaba bastante los productos de la compañía del ratón y no cedió a los requerimientos del tío Walt hasta más de dos décadas después. “Mary Poppins” llegó a los cines en el año 1964 y, como era de esperar, Pamela Lyndon Travers odió cada uno de sus fotogramas y juró no volver a vender a ninguna de sus criaturas al mejor postor (claro que se hizo millonaria), al menos, mientras estuviese con vida. 

Se podrán imaginar que la señora se debe estar revolcando en su tumba al ver lo que sus herederos y Walt Disney Studios hicieron con su legado literario en “El Regreso de Mary Poppins” (Mary Poppins Returns, 2018), una comedia musical y familiar que refuerza todos esos elementos que la escritora odió de primera mano sobre la adaptación cinematográfica: una protagonista demasiado encantadora, numeritos musicales superfluos, secuencias animadas y la participación de Dick Van Dyke. ¿Quién en su sano juicio puede estar en contra del bueno de Dick?

De esta manera, la niñera casi perfecta en todos sus aspectos vuelve a la pantalla con una historia bien esperanzadora para los tiempos oscuros que corren, pero que poco y nada aporta al género, aterrizando en el siglo XXI como un mero refrito recargado de fantasía, moralejas y canciones que, de entrada, elevan el cachet de Lin-Manuel Miranda.

 

 

“El Regreso de Mary Poppins” está ambientada apenas veinte años después de los sucesos de la primera película. De ahí, que sea imposible (entre otras cosas) volver a castear a Julie Andrews, aunque quien puede negar los talentos de Emily Blunt en el papel principal. Estamos de vuelta en Cherry Tree Lane y en la Londres de 1930, ahora azotada por la reciente crisis económica mundial. Los Banks atraviesan sus propios problemas: hace un año que el crecidito Michael (Ben Whishaw) perdió a su esposa y hace lo que puede para criar a sus tres pequeños hijos -Annabel, John y Georgie- y ocuparse de la casa familiar, la cual será embargada si no logra cumplir los pagos de un préstamo que pidió al Fidelity Fiduciary Bank, el mismo donde trabajaba su padre y donde ahora trabaja él.

En este clima de desesperanza, los vientos de cambio traen de regreso a Mary Poppins (Blunt), esa niñera cargada de magia y sabiduría que ayudó a atravesar los peores momentos en la infancia de Michael y Jane Banks (Emily Mortimer). Su tarea, repetir la hazaña y demostrarle a esta familia que “la peor medicina con azúcar puede gustar” y que las puertas no se cierran para siempre.

No hay muchas más novedades en el argumento de “El Regreso de Mary Poppins”, ni giros narrativos o villanos que no podamos prever. La primicia pasa por la química de su pareja protagonista, ciertas nociones aggiornadas a los tiempos que corren y el siempre presente espíritu fantástico de las películas de Disney que tratan de traer un poquito de luz cuando más lo necesitamos.

 

Todo es posible con Mary cerca

 

Bravo por este mensaje tan necesario en un mundo actual que se percibe tan oscuro y caótico, pero el resto es sólo una excusa para que el director Rob Marshall -el mismo de “Chicago” (2002) y la fallida “En el Bosque” (Into the Woods, 2014)- pueda darle rienda suelta a su currículum teatral y a una seguidilla de puestas musicales extravagantes. Ninguna de las canciones originales forma parte de esta secuela (buh). Acá, el experimentado Marc Shaiman se despacha con un repertorio de nuevas melodías, sumando modernidad y muchísimo de Miranda, lo que nos hace preguntarnos por qué esta película se llama Mary Poppins, pero pone más tiempo en pantalla a Jack, este farolero discípulo del deshollinador Bert (Van Dyke). Como personaje, Mary siempre se jactó de su independencia y feminismo, pero acá queda totalmente opacada por su coprotagonista masculino. Entonces, ¿en qué quedamos?

Las causas justas y la lucha por los derechos (esta vez de los trabajadores y las malas condiciones que se les presentan) quedan en manos de Jane, tomando el testigo de mamá Winifred, que en la película original era una sufragista abogando por el voto femenino, aunque el mensaje entre líneas era que pasaba más tiempo con sus compañeras que con su familia. Estos son pequeños detalles dentro de una trama simplista, repetitiva y, sí, demasiado aburrida si no somos ultra fans de los musicales. 

La puesta en escena de John Myhre es divina, el vestuario de Sandy Powell una belleza, los efectos especiales transmiten esa sensación de que hasta lo imposible es posible, pero como historia, y sobre todo como secuela, “El Regreso de Mary Poppins” nos queda chica y hasta desluce el encanto de la original, sumándose a otros tantos refritos de esta era moderna que aportan más desde la forma que desde el contenido.

 

Música para tus oídos

 

No todo es negativo. Blunt sigue demostrando su versatilidad en cualquier papel y género que se le cruce; los pequeñines protagonistas dan en el clavo sin ser un estorbo y, más que nada, transmiten esa necesidad de que los chicos tienen que ser chicos y evitar afrontar los problemas de los grandes antes de tiempo, pero los adultos nunca deben olvidarse de cómo era el disfrute de la infancia. Los mensajes están intactos, lástima que todo el desarrollo se queda por el camino.     

 

En esta nota

Comentarios