Análisis

ANÁLISIS: American Vandal S02E01: The Brownout

Nunca nadie se atrevió a tanto.
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Por: Jessica Blady

¿Cómo justificar una segunda temporada de “American Vandal” cuando, supuestamente, todo el caso gestado alrededor de Dylan Maxwell y sus ‘pintadas fálicas’ se trató de un proyecto escolar producido por Peter Maldonado (Tyler Alvarez) y Sam Ecklund (Griffin Gluck), dos estudiantes dispuestos a descubrir la verdad y probar la inocencia del acusado?

Dan Perrault y Tony Yacenda, creadores de este mockumental que se ríe a más no poder de la exitosísima ola de seriales true crime como “Making a Murderer” o “Serial”, deciden ir más allá del ya clásico ‘found footage’ y crean el documental dentro del documental, convirtiendo a la dupla de “realizadores” en las nuevas estrellas de Netflix.

Claro, la plataforma on demand se hizo eco de los acontecimientos ocurridos en la Hanover High School de Oceanside (California) y, tras ver el video amateur de los mencionados estudiantes, les proporcionaron los medios necesarios para retocarlo y mejorar la calidad, además de distribuir por las pantallas del mundo lo que conocimos como la primera entrega de “American Vandal”.

Los pibes explotaron y, desde todas partes de los Estados Unidos, les llegaron denuncias escolares para que encaren una nueva investigación (incluso asesinatos reales). Nada les llamó particularmente la atención, hasta que recibieron el mensaje de Chloe Lyman, estudiante de la St. Bernardine Catholic High School en Bellevue (Washington), una prestigiosa escuela que, el día 6 de noviembre de 2017, sufrió un “ataque” cuya responsabilidad se adjudicó el anónimo Bandido Fecal (The Turd Burglar).

¿Qué pasó? El día en cuestión, aquellos alumnos que durante el almuerzo disfrutaron de la limonada de la cafetería, sufrieron los efectos inmediatos de la intoxicación por laxantes que el susodicho atacante mezcló con la bebida. El caos no se hizo esperar y no hubo baños, ni alrededores, que zafaran del llamado “Marronazo” (The Brownout), en pocas palabras: una explosión de caca que quedará en los anales.

Si la descripción en sí, les resulta demasiado escatológica, entonces, ni se acerquen a la segunda temporada de “American Vandal”, que recrea los sucesos con lujo de detalles, al mostrar como el Bandido Fecal decidió subir los videítos de sus compañeros a las redes sociales, exponiendo estos momentos tan delicados y vergonzosos, para los jóvenes y la escuela que debe mantener su reputación, sea como sea.

Las autoridades de la escuela y la policía local empiezan a investigar, varios días interminables de entrevistas a los estudiantes que no llevan a ninguna parte. Hasta que el 20 de noviembre Kevin McClain se convierte en el principal sospechoso, gracias a las declaraciones de su mejor amigo, Tanner Bassett. Kevin es un chico particular que viene sufriendo de “bullying” desde hace años: un marginado excéntrico al que le gusta figurar, pero termina siendo el centro de las burlas de sus compañeros y, al parecer, el responsable confeso del “Marronazo”.  

Sí, esta entrega viene con una vuelta de tuerca y, desde el principio, nos entrega a un culpable en bandeja. Pero las cosas no cuadran, y ahí es donde entran las pericias de Peter y Sam, ahora provistos de mejores equipos técnicos, y una fama que los precede.

“American Vandal” y su sátira desmesurada fueron una de las grandes sorpresas televisivas de 2017. Esta nueva entrega redobla la apuesta, y aunque se le va un poco la mano con la escatología, sus realizadores saben muy bien cómo mantener la farsa y meternos de lleno en la estructura del true crime y la ‘seriedad’ de este asunto. De paso, aprovechan para analizar el microcosmos escolar –esta vez dentro de un prestigioso colegio católico- donde los abusos estudiantiles son menos violentos, pero no menos crueles socialmente; la influencia de las redes sociales que sigue haciendo mella, y ese escrutinio público que nunca puede faltar. Todo examinado desde las cámaras de Peter y Sam, buscadores inquebrantables (y objetivos) de la verdad.

La comedia de Netflix funciona desde su formato, su ritmo, el humor oscuro y bizarro, y el mismo misterio que encierra, porque a todos nos gusta un buen caso criminal, intentar encontrar las pistas y descubrir al culpable o sufrir por el inocente, aunque el asunto en cuestión sea, literalmente, una cagada.

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