ANÁLISIS | Vane
Análisis

ANÁLISIS | Vane

Nos llevamos la primera gran decepción del año con Vane, la aventura de exploración de ex-desarrolladores de Team ICO

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Por: Florencia Orsetti

Con mejores controles, la experiencia de juego hubiese sido, aunque sea, respetable(Friend & Foe)

Con mejores controles, la experiencia de juego hubiese sido, aunque sea, respetable | Friend & Foe

Friend & Foe es un pequeño estudio compuesto por desarrolladores que trabajaron en Team ICO para The Last Guardian. La impronta de este último juego se deja ver en Vane, la más reciente creación del estudio, una aventura de exploración y puzles que nos lleva a recorrer un mundo onírico, ya sea a pie o desde los aires, convertidos en un ave.

Los primeros minutos de Vane nos ponen al control de un niño que se abre paso a través de una tormenta. Puro cataclismo, el mundo parece estar desarmándose y nosotros avanzamos hacia algún lugar que desconocemos. La secuencia cambia pronto y en la siguiente escena ya no somos humanos, sino que encarnamos a un pájaro. Nos espera un vasto desierto, que se ve inconmensurable hacia el horizonte. Los controles de vuelo son bastante intuitivos. La intriga es lo que nos mueve en esta primera porción de la aventura, ¿qué conecta a ese niño con el ave? Vane no explica nada, pero seguimos jugando con ansias de saber un poco más.

Andá a intentar posarte sobre la veleta siendo pájaro... un suplicio

Vane destapa sus problemas ahí mismo, en el primer acto. Volando por el amplio desierto vamos a vivir una sensación de libertad y majestuosidad que se pincha de golpe cuando intentamos interactuar con algo. Nuestro pájaro es lo más tosco que existe para frenar y descender. La primera área del juego es amplia, pero, por fortuna, es sencillo dar con los puntos interactivos. Ahora bien, ¿qué hacer con esos puntos interactivos? Esa es otra historia. Vane no se comunica con el jugador. Después de títulos como Journey o INSIDE, bien sabemos que no necesitamos textos para comprender. Pero aquí no hay algún tipo de narrativa o pista en el diseño del nivel que nos indique algún objetivo. En su lugar, vagamos sin rumbo en el desierto intentando posar en las pocas estructuras que brillan a lo lejos y tocando los botones que aparecen en pantalla. Y digo “intentando” porque, para colmo, Vane hace aguas en algo tan vergonzoso como tener controles malos. Muy malos.

El mundo abierto, y por consiguiente la exploración, dura poco en Vane. El primer acto es también el más corto. Una vez que terminemos convertidos en niño al tocar fondo en un pozo en el desierto, lo que sigue es un plataformas de puzles de manual, con mecánicas demasiado simples y rompecabezas repetitivos como para incitarnos a seguir jugando. La narrativa tampoco tiene un hilo conductor y el peso de nuestras acciones es nulo.

Jamás pensé encontrar una representación tan gráfica del mito de sísifo en un videojuego hasta que jugué ESTA ESCENA SUPER DENSA.

La desilusión se apodera de nosotros cuando vemos lo desaprovechados que están los espacios más grandes. El desierto del primer nivel es enorme sin propósito alguno. No hay secretos. No hay trasfondo. No hay interactividad. Los demás niveles, aunque son más lineales, se sienten como un recado insoportable porque nos ponen a movernos a velocidades lentísimas por caminos obvios o porque nos hacen empujar una enorme esfera por un espacio que no tiene cuidadas las físicas.

¡Ah, sí! Porque además de tener un diseño marchito y una narrativa inexistente, Vane encima tiene de los peores bugs gráficos. Las físicas del título son terribles, al punto que podemos llegar a quedarnos trabados entre el piso y el “fuera de mapa”. Para colmo, la cámara nos juega la peor de las pasadas en los escenarios más estrechos. Si volar en el desierto era medianamente intuitivo, espera a convertirte en pájaro en los siguientes escenarios (cuevas y torres) para terminar con ganas de revolear el DualShock contra la pared.

Jugar Vane se traduce en dar vueltas por escenarios artificialmente largos, vacíos, con prácticamente nada para hacer. Para resolver los puzles, nos tocará ser un niño de vez en cuando para interactuar con cajas, plataformas y jaulas; el resto del tiempo seremos un ave, para explorar el escenario desde arriba e intentar entender hacia dónde sigue nuestra aventura.

Quizás lo único que se rescate en Vane sea su dirección artística. La técnica elegida es el lowpoly que le sienta muy bien y le da personalidad. Algunos efectos como el polvo o el agua están recreados geométricamente. Hay creatividad y mucho mimo en el detalle a la hora de recrear esos escenarios. El tono final es onírico, místico, casi surrealista. Se consigue una inmersión real. Lástima que con lo audiovisual solo no alcanza.

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