Donde hubo fuego...
Análisis

ANÁLISIS | Toy Story 4

Pensábamos que no necesitábamos una cuarta entrega de la pandilla juguetera, pero Pixar sabe cómo conquistar nuestros corazones y entregar una historia tan tierna como divertida y, ovbio, cargada de grandes reflexiones. 

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Por: Jessica Blady

Con el final de “Toy Story 3” (2010), Pixar lograba cerrar su primera trilogía de manera perfecta. La historia de Andy y sus juguetes llegaba a su fin de forma satisfactoria para los críticos y los fans, los mismos que habían compartido las aventuras de estos entrañables personajes a lo largo de 15 años. No había mucho más para contar ahora que el “nene” se marchaba a la universidad y Woody, Buzz y compañía pasaban al cuidado de Bonnie, una pequeñita cariñosa e imaginativa, dispuesta a darles el cuidado y el tiempo de juego necesario. Básicamente, “all was well”.

Y ahí es cuando nos hacemos la pregunta crucial: ¿había necesidad de reflotar la saga con una nueva entrega? La primera respuesta que nos viene a la cabeza es “Y no”, pero quien se puede resistir a estos personajes. No vamos a negar que en la industria, el dinero de las taquillas siempre manda, pero tampoco que el estudio de la lamparita se tomó su tiempo para encontrar la historia adecuada y volver a conquistarnos. “Toy Story 4” (2019) llega casi una década después de aquella lacrimógena despedida entre Andy y Woody, y funciona como epílogo perfecto que cierra y expande este universo juguetero por partes iguales.      

Ya sin John Lasseter a la vista, ni Lee Unkrich (director de “Toy Story 3” y “Coco”) como parte del estudio, Josh Cooley -responsable del corto “Riley's First Date?” (2015)- se planta detrás de las cámaras para debutar a lo  grande. La presión no es menor, pero se siente su entusiasmo y su respeto hacia estos íconos que se ganaron su merecido lugarcito en la cultura pop. Andrew Stanton (veterano de Pixar, ganador del Oscar por “Buscando a Nemo” y “Wall-E”) y Stephany Folsom pergeñaron un guión que se centra en el vaquero y esta nueva etapa que le toca atravesar con una nueva dueña, en una nueva habitación, compartiendo su tiempo de juego con nuevos muñecos.  

La experiencia de Woody lo preparó para casi cualquier situación, menos para afrontar su incipiente síndrome del nido vacío, ni lo que está por venir. La cosa es así: Bonnie está por empezar el preescolar, una experiencia que la aterra. El sheriff entiende que necesita estar ahí para la nena y decide colarse en la mochila para acompañarla en el día de orientación escolar. Resumiendo, gracias a su pequeña intervención, Bonnie crea un simpático lapicero al que bautiza como Forky, un extraño ¿muñeco? creado a partir de un tenedor-cucara, limpiadores de pipa y plastilina que Woody rescató del tacho de basura para ella.

De esta manera, Forky (voz de Tony Hale) se convierte en la propiedad más preciada para la pequeñita, ese objeto transicional que la va a ayudar a atravesar estos cambios en su día a día. Lo que nadie puede anticipar es que el “cuchador” cobra vida, por supuesto, sin entender absolutamente nada, mucho menos lo que significa ser un juguete. Woody acepta la tarea de guiarlo en esta nueva etapa, enseñándole su propósito como compañero de juegos a un “utensilio” que, en realidad, está convencido de que su lugar en el mundo está entre los desperdicios.

Los momentos entre los dos son hilarantes, pero frustrantes para el vaquero que se toma muy a pecho su misión. Tanto, que resuelve ponerse en peligro cuando Forky escapa durante un viaje por la ruta. Las diferentes entregas de “Toy Story” pueden resultar un poco reiterativas cuando se trata de la premisa “juguete perdido que hay que rescatar” o similar. Pero, si nos ponemos a pensar, dentro de este universo no hay nada peor para estos personajes que estar lejos de la seguridad de su hogar y de sus dueños. “Toy Story 4” viene a proponer otra cuestión, ya no poniendo el acento en los muñecos dejados de lado o abandonados como ya atravesó con Jessie o los habitantes de Sunnyside, sino con un planteo más independiente y aventurero que Woody jamás imaginó.

Woody haciéndola de niñero

Para aminorar la ansiedad de la nena, los papás de Bonnie deciden salir unos días de paseo en casa rodante por pueblitos pintorescos con sus ferias itinerantes y sus riesgos para cualquier juguete que ande solo por ahí. Forky no tiene mejor idea que escapar durante este trayecto, y Woody va detrás para llevarlo de regreso a los confortantes brazos de su dueña. El recorrido está plagado de peligros y distracciones, como una tienda de antigüedades donde el vaquero cree reconocer a una vieja amiga.

Hagamos un paréntesis para recordar a Bo Peep (Annie Potts), la pastorcita de porcelana que formaba parte de una lámpara en el cuarto de Molly, la hermana de Andy. Betty ya no es parte de la pandilla durante los hechos de “Toy Story 3”, por eso Cooley y compañía se toman el tiempo para contarnos que pasó con ella, unos nueve años atrás. Y sí, el momento es bastante triste, pero de entrada nos muestra que la filosofía de Bo y Woody es un tanto diferente. El destino quiere que esta dupla de “enamorados” se vuelva a juntar, removiendo sentimientos e ideologías jugueteras.

No vamos a anticipar mucho más, pero deben saber que “Toy Story 4” es la más aventurera de la saga, una búsqueda física y psicológica para todos sus personajes principales. Los realizadores hacen foco en los “cambios”, los de Bonnie y los de Woody (que ya no es el juguete principal de la habitación, mucho menos el preferido de una nena que juega de manera muy diferente a la de Andy), y los propósitos de cada uno de estos protagonistas que siempre anteponen sus necesidades a  las de sus dueños.

¿Quién es el mejor acróbata de Canadá?

Director y guionistas plantean la cuestión de “¿qué es ser un juguete?” en todas sus formas y colores, mostrándonos muñecos sin dueño que disfrutan de su libertad, y muñecos que nunca los tuvieron y sólo sueñan con ese ideal de compartir un abrazo con un pequeñito. Sí, las cuestiones existenciales se ponen a la orden del día, demostrando más que nuca que Pixar no sólo piensa en los chicos cuando pergeña sus historias. En este caso, una cargadas con bastantes elementos terroríficos cuando nos introducimos en los recovecos de la polvorienta tienda de antigüedades y algunos de los “siniestros” personajes que la habitan -pesadillas con muñecos de ventrílocuo en 3…2…1…-; o la hilarante irreverencia de un par de peluches de feria que no saben cómo comportarse en el mundo exterior porque pasan sus días atestiguando la mala conducta de los humanos que pasan por su cabina.

Como las entregas anteriores, “Toy Stoy 4” introduce nuevos escenarios y personajes que siempre están en función del relato. Desde una hermosa muñeca parlanchina llamada Gabby Gabby (Christina Hendricks), hasta los trucos de Duke Caboom (Keanu Reeves), un experto motociclista, basado en el mejor acróbata de Canadá. Los peluches en cuestión son Ducky y Bunny (Keegan-Michael Key y Jordan Peele), una dupla no tan apta para películas ATP, que acá entregan los momentos más divertidos (y bizarros) de la película. Cada uno tiene su momento para brillar y sus motivaciones, de esas que nos hacen pensar que, tal vez, acá no hay un verdadero villano.  

Desde la factura técnica y visual, no hay estudio animado (sorry) que pueda competir con las imágenes que nos entrega la compañía de la lamparita. El nivel de detalle y las texturas son imposibles de distinguir de una imagen verdadera, de ahí la necesidad de que sus personajes humanos carezcan de realismo (aunque no de ternura). Pero Pixar siempre hizo hincapié en sus ideas y los temas que plantean desde la pantalla (no hay nada más genial que todo el concepto de Forky), y es ahí donde “TS4” se vuelve un poquito más relevante para entender más profundamente a este grupo de protagonistas.

Que no nos falte la aventura y la amistad

Esperen un sinfín de referencias y guiños escondidos por todas partes, también una gran aventura por nuevos escenarios y esos momentos lacrimógenos, que no son intrínsecamente tristes, pero sí melancólicos y emotivos cuando se trata de relacionarnos con estos personajes que conocemos desde hace 24 años.   

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