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Análisis

ANÁLISIS | Siempre Bruja S01E01: Un Salto en el Tiempo

Desde Colombia, Netflix nos trae un drama romántico y fantástico que mezcla brujería, viajes en el tiempo y empoderamiento femenino. 

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Por: Jessica Blady

A través de su plataforma, Netflix nos sigue acercando a diferentes producciones latinoamericanas, ya sean originales o no. Esta vez se trata de “Siempre Bruja”, un drama fantástico colombiano producido por la cadena Caracol, basado en la novela “Yo, Bruja” (2015) de Isidora Chacón. No vamos a negar que entre sus temas y sus viajes en el tiempo, la creación de Ana María Parra guarda muchas similitudes con “Outlander”, pero su tono (todavía) más telenovelesco y su dudoso talento actoral, la separan de la obra de Diana Gabaldon y su adaptación televisiva. Igual, tiene mucho para ofrecer a los amantes del género y de las protagonistas empoderadas.

“Un Salto en el Tiempo” arranca en la Cartagena de 1646 donde la joven esclava Carmen Eguiluz (Angely Gaviria) está a punto de ser quemada en la hoguera bajo las acusaciones de herejía y brujería, una práctica bastante habitual en la América colonialista del siglo XVII, donde cualquier mujer que pensara por sí sola (ni hablar si ejercía la medicina alternativa), de entrada, representaba una amenaza para la sociedad patriarcal española y cristiana. Carmen, encima, es una mulata inteligente que sabe leer y escribir, una “aberración” imposible de tolerar para sus amos que no ven con buenos ojos el romance que entabló con su hijo Cristóbal (Lenard Vanderaa).

Pero hay algo de verdad en esas imputaciones: Eguiluz sí es una poderosa bruja blanca que, antes de ser engullida por las llamas, logra transportarse en el tiempo a través de un hechizo. Totalmente desconcertada, Carmen despierta en la Cartagena de 2019 con una misión clarísima. La chica debe encontrar a una tal Ninibé (Verónica Orozco) para poder volver el tiempo atrás y reencontrase con su amado sano y salvo.

“Un Salto en el Tiempo” nos lleva del pasado al presente y otra vez al pasado a través de diferentes flashbacks que nos muestran la complicada vida de esta muchachita de 18 años que aprendió la magia de su tío, fue vendida como esclava y encontró el amor en manos de un jovencito que supo ver más allá del color de su piel y su casta. En la cárcel conoce a Aldemar, el Inmortal (Luis Fernando Hoyos), un gran brujo que le muestra el camino para reunirse con su amado, a costa de tomar varios riesgos. Así, Carmen accede a viajar el futuro, encontrar a Ninibé y entregarle una piedra que, inmediatamente, la devolverá a su época.   

Este primer episodio lidia con el choque cultural que experimenta la bruja al llegar a nuestro tiempo. Carmen todavía conserva las marcas de la hoguera y va a parar al hospital, donde a los ojos de los médicos y la policía, puede ser la única víctima con vida del Asesino del Fuego, un escurridizo homicida que ataca a las mujeres de la ciudad.  

Carmen escapa antes de ser interrogada y busca el único lugar que conoce: la casa de sus antiguos amos, ahora convertida en hostería. La dueña la guía hasta la universidad, hasta Ninibé (qué loco que todos la conozcan) y al villano de esta historia, Lucien, un destructor y asesino de brujas blancas que sumará peligros a su aventura.

     

Una bruja perdida en Cartagena 

“Siempre Bruja” no se caracteriza por sus sutilezas y no puede esconder la previsibilidad de su trama, incluso, en este primer episodio. Con apenas un par de detalles y pistas podemos deducir por dónde viene la mano y cómo se van a ir relacionando todos estos personajes con la protagonista. Carmen es el centro de esta historia que une pasado y presente, magia y coyuntura sociocultural donde esas “brujas” de antaño son reivindicadas.

La serie colombiana gana desde su puesta en escena y los hermosos paisajes caribeños + arquitectura colonial, su espíritu feminista y el clima de sororidad que transpira, aunque todo lo que hace Eguiluz en “Un Salto en el Tiempo” es por el bien de su noviecito y no tanto por su propia libertad. Ahí es cuando la trama romántica mete las narices y aburre con sus lugares comunes,  entorpeciendo la narrativa fantástica que mezcla rituales, brujos malvados y una investigación policiaca al mando del detective Jiménez (Juan Manuel Mendoza).

Un menjunje de géneros que suele funcionar muy bien en la tele, pero acá queda un tanto deslucido debido a las malas actuaciones y un guión plagado de clichés e inverosimilitudes que nada tienen que ver con lo fantástico.

             

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