ANÁLISIS | Legendary Eleven
Análisis

ANÁLISIS | Legendary Eleven

¿Te gustaba Super Sidekicks? Bueno, mejor seguí jugándolo y evitate un gol en contra

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Por: Guillermo Leoz

Juegos de fútbol vengo probando desde que tengo uso de razón. Simuladores como PC Fútbol, primeras aproximaciones con GOAL en la “Family”, sentir lo que era un simulador con FIFA, delirar con Winning Eleven, hasta jugué el rústico Actua Soccer y gasté demasiada plata en tratar de convencerme que Virtua Striker era un buen juego cuando nunca realmente lo fue. Uno de mis recuerdos gamer más hermosos es haber salido campeón en Super Sidekicks con mi papá al lado, quien iba poniéndome nuevas fichas cada vez que se me complicaba; así llevé a Argentina a la gloria. ¿Por qué les cuento todas estas experiencias inolvidables? Porque necesitaba empezar esta review con algo lindo, como para limpiar mi paladar luego del gas pimienta que terminó siendo Legendary Eleven.

Este juego desarrollado por un equipo independiente de España podría haber sido el título arcade de fútbol que vengo esperando hace rato. Desde que FIFA y PES se olvidaron de divertirse y desde que no existen sagas como FIFA Street, la necesidad por un juego que nos permita hacer locuras en una cancha de fútbol y nos de una experiencia más cercana a Supercampeones fue creciendo día a día. Lamentablemente Legendary Eleven no termina de cumplir nunca con lo que promete, porque se vende así mismo como un juego arcade de fútbol inspirado en lo que fue este deporte durante los años 70’ principalmente, con toda su estética, sus pantalones cortos y muchos jugadores con bigotes.

Básicamente lo que vamos a estar haciendo es jugar partidos tradicionales de once contra once y controlando a distintas selecciones nacionales de todo el mundo. Como no tienen los derechos de los jugadores más conocidos, vamos a ver un síndrome muy International Superstar Soccer y tener a jugadores llamados “Armando” en lugar de Maradona o “Pepetto” en vez de Pelé. Podemos definir la duración del partido, la dificultad de la inteligencia artificial y si queremos jugar o no con “super tiros”. Vamos a poder jugar partidos amistosos, competir en las distintas copas de cada continente para intentar ganarlas y, por supuesto, el Mundial. Además tenemos partidos de “Leyenda” en donde recrearemos algunos encuentros históricos y tendremos que ganar partidos con ciertas condiciones (dar vuelta el resultado, aguantarlo, ganar por una cierta cantidad de goles, etc). Contenido no le sobra a Legendary Eleven.

Las chilenas y voleas están a la orden del día

Pero aunque el juego consistiera sólo en probar partidos amistosos, podría valer la pena igual si la jugabilidad nos diera esa diversión y locura que tanto andan necesitando los juegos de fútbol. Lamentablemente el resultado es un control de personajes defectuoso como mínimo y que nunca termina de sentirse satisfactorio. Los jugadores se mueven en pocas direcciones, lo cual podría ser en homenaje a los viejos juegos de este estilo, pero más bien termina sintiéndose el resultado de mecánicas poco ajustadas y un tipo de movimiento super oxidado. Pasar la pelota es una lotería; prácticamente nunca va para donde queremos, incluso cuando los pases están casi que imantados a los jugadores. A veces nuestros dedos van a ir más rápido que el juego y vamos a ya querer ejecutar un pase en una cierta dirección pero el juego no está capacitado como para hacer eso tan rápidamente. Los pases al vacío son totalmente imprecisos y muchas veces nuestro jugador termina llegando cuando claramente el contrincante tenía las de ganar (en ese aspecto se genera un efecto similar a los Virtua Striker donde todo era un descontrol). Los pelotazos en largo se ejecutan con el mismo botón con el que pateamos, barrerse casi siempre termina en falta y si sacamos la pelota con una entrada más liviana nunca vamos a saber por qué realmente sucedió. Cuando mandamos un centro no hay ningún tipo de lógica sobre cómo ganar la posición y quedarnos con la pelota, menos sentido tiene si logramos cabecear o no dentro del área; encima los botones no se pueden customizar a nuestro antojo, por lo que vamos a estar atados a tres configuraciones preestablecidas (pero ninguna realmente se siente del todo adecuada). Por si no quedó claro, jugar Legendary Eleven no es para nada entretenido.

Otro aspecto que podría haber sido un golazo pero termina yéndose a la tribuna, son los tiros especiales. Estos los vamos a poder ejecutar una vez que llenemos una barra a medida que hagamos pases seguidos de manera correcta o esquivemos a nuestros rivales. Cuando tenemos la posibilidad de hacer este super tiro (debemos estar cerca del área), sólo apretamos el botón de disparo y comienza una de pocas animaciones programadas en las que hacemos una chilena, una volea o una pirueta que siempre termina en gol. Cuando ya hicimos un super tiro de manera exitosa, la próxima barra será un poco más difícil de llenar y así sucesivamente. Como todo en Legendary Eleven, este sistema se queda corto y encima rompe el juego. No sólo no es lo suficientemente loco o espectacular, sino que provoca una dinámica de juego en donde nos preocupamos más por hacer pases consecutivos por el simple hecho de llenar una barra, que de intentar armar una jugada coherente. En ese aspecto tampoco la Inteligencia Artificial ayuda mucho, ya que incluso en los niveles de dificultad más elevados deja mucho que desear y no genera partidos emocionantes (y por algún extraño motivo se barre constantemente para cortar con falta). Jugar con otras personas quizás sea la solución, pero eso no arregla los muchos problemas que tienen las mecánicas de base.

El estilo setentoso de los uniformes es de lo mejor del juego

Si bien Legendary Eleven intenta emular el fútbol de los 70’ y 80’, se queda a mitad de camino con esta intención. Los menúes, la música e incluso el estilo artístico a la hora de diseñar los jugadores se siente simplemente como un intento de darnos la idea de estar jugando un arcade, pero no termina de ser del todo efectivo. Nada tiene ni mucha onda, ni parece estar diseñado con buen criterio; el nivel de detalle se queda en el banco de suplentes y todo empeora cuando entramos a la cancha, donde la gente prácticamente ni se escucha ni reacciona a lo que sucede y donde no contamos con ningún tipo de comentario sobre el partido (no hay relatores y encima tampoco hay música aunque sea). Algunos diseños de camiseta nos van a sacar una sonrisa simplemente por factor nostálgico pero no mucho más; Legendary Eleven se pierde una gran oportunidad de apropiarse de una estética en particular y termina sintiéndose casi genérico.

Aquello que sí se puede destacar es un sistema de figuritas que van afectando a nuestro equipo. Vamos a poder usar cuatro en cada partido y nos dan beneficios como mejoras en las barridas, más velocidad en los defensores, delanteros más hábiles, cargar automáticamente la barra de super tiro si estamos perdiendo por dos o más goles faltando poco, etc. Estas figuritas las vamos destrabando con acciones dentro del juego (hacer tantos goles, ganar tantos partidos, entre otros objetivos) y la idea es ir completando un álbum muy al estilo de aquellos que cada Mundial intentamos completar. El recurso funciona más en la teoría que en la práctica, porque le podría agregar un componente estratégico a la preparación de cada partido, pero la realidad es que no terminan siendo tan cruciales como parece.

Vas a poder jugar con selecciones de todo el mundo

Uno pensaría que un juego con tan poco escala y que no parece exigir mucho a nivel técnico, va a funcionar correctamente y darnos unos buenos 60 cuadros por segundo a la hora de jugar los partidos. Para tristeza de todos, Legendary Eleven se las ingenia para estar repleto de errores gráficos, de performance y de caída de cuadros por segundo. Por ejemplo cuando se patea un tiro libre, todo lo que está detrás de la barrera tiene un efecto borroso pero que termina siendo un pixelado extremo que hace que directamente ni se muestre al arquero. Lo mismo sucede con las tribunas, con las repeticiones, con los arcos, etc. Claramente Legendary Eleven no se destaca por su fútbol champagne ni por ser los más líricos del barrio.

Tenía tantas ganas de que este juego fuera la gran vuelta de los títulos arcade de fútbol pero la decepción fue el equivalente a viajar a otro continente para ver a tu equipo campeón y que te terminen dando la vuelta en la cara. Nada en cuanto a su presentación termina de llamar la atención y así todo, lo insulso que es a nivel visual ni se compara con el hecho de que simplemente no es divertido de jugar. Y si no la pasamos bien con un juego arcade cuando tenemos el control en nuestras manos, estamos en la B.

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