Goku y Vegeta, codo a codo.
Análisis

ANÁLISIS | Dragon Ball Super: Broly (2018)

Dragon Ball demuestra que no necesita las esferas del dragón para revivir la franquicia. 

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Por: Rippy Rizza

¿Qué tiene Goku?¿Por qué nos pasa lo que nos pasa cuando vemos a Goku?¿Es su humildad y su inocencia?¿Es la naturalidad con la que le salen las cosas?¿Es por ser la prueba que aún en el peor de los contextos, llevando el mal en el código genético y siendo un ejemplar magistral de una especie depredadora, logra ser también una prueba de que el humano puede ser un ser de bien? No lo se. Probablemente el lomo esculpido con precisión japonesa, la melena radioactiva de león extraterrestre y tirar rayos de las manos también tenga algo que ver.

En todo caso, esos principios básicos no dejan de ser el ABC de la creación de Akira Toriyama y Dragon Ball Super: Broly los homenajea en cada cuadro de animación durante la extensión de la película. Personalmente, abandoné Dragon Ball sin terminar de ver GT. Sin hacer un juicio de su calidad, simplemente mis intereses fueron variando a determinada edad y por más que todavía podía reflejar mi fantasía de poder en Kakaroto, no me sentía identificado en su inocencia. Para cuando llegaron las películas modernas y Super, todo tipo de empatía hacia el producto se había disuelto. Pero tenía que aparecer Broly.

No se si tengo la capacidad, pero si tengo la paciencia como para sostener que Broly es el mejor personaje de este universo. Más allá de que es aún otro robo de Toriyama a Superman - literalmente Broly es a Goku lo que Doomsday a Superman... y las fechas cierran - todo lo chato y cabeza que es, resulta una contraposición perfecta a los tropos del Shonen convencional. Broly no tiene una sed de aventura, un ego sobredimensionado o una misión en la vida. Broly es una máquina de matar. No tiene una personalidad que lo defina, no tiene momentos de alivio cómico y en una suerte de conciencia meta, no tiene intención alguna de tener más protagonismo en la historia. Es un asesino por naturaleza o, por definición, el Saiyajin perfecto. Incluyendo la vibra políticamente negativa que siempre giró alrededor de ese concepto. Yendo ahora de fondo a esta nueva película - gracias por bancarse el preámbulo - todo esto comienza a cambiar esta vez, pero en una dirección más que interesante.  

Dragon Ball Super: Broly comienza unos 40 años atrás, antes de la llegada de Goku a la Tierra, recordándonos que el extraterrestre tiene más de 40 pirulos. Teniendo como setting el planeta natal de esta raza colonizadora, se nos pone en un contexto político donde los Saiyajins viven sometidos al yugo de Freezer, al tiempo que son maltratados por sus propios monarcas, quienes explotan a su pueblo desviando su impotencia. En dicho contexto social poco explorado para este anime de peleas, vemos la historia de Broly desde su nacimiento hasta el cruel destino que le espera y acto seguido, recordamos sin mucha pompa la historia de origen de Kakaroto, hasta el momento que es enviado a nuestro planeta.

Bardock. Mi único héroe en este lio.

De vuelta en el presente y sacándose de encima la mayor cantidad de chistes posibles durante una sesión de sparring entre Gokú y Vegeta, vemos a los personajes que más amamos conversar de trivialidades, haciendo tiempo hasta que se desate el conflicto. Y de ahí en más, el todo y la nada. Tomándose libertades que ni Michael Bay se atrevería con la peor de las Transformers, el resto de la película es una pelea constante en la que los actores de voz se llevaron un cheque por gritar vocales en distintos tonos durante cincuenta minutos. Y antes de que dejen la nota acá para ir a insultarme por Twitter, déjenme decirles que no creo que haya nada malo en esto.

La animación es uno de los puntos fuertes de esta película pero ni aún sabiéndolo podría haberme adelantado a que todo el largometraje es un deleite de experiencias audiovisuales. Las coreografías de las peleas son armoniosas, ingeniosas y violentas. La mezcla de animación tradicional y moderna contrasta positivamente en su gran mayoría y la vibrante musicalización original complementa todo, haciendo sudar energía a la pantalla y dando la sensación de que la película se quiere adueñar del espíritu de los videos .flv de Dragon Ball Z. Por momentos las proporciones de los combates se vuelven tan ridículas que todo toma dimensiones bíblicas y ahí, en ese momento, algo hace click dentro tuyo y te das cuenta que Dragon Ball nunca se vio así, pero siempre se sintió como lo estás viendo ahora. El resto es subirse a esta montaña rusa y aplaudir fuerte al final.

El Principe y el mendigo.

Ahora bien, que haya disfrutado su exacerbada propuesta y su bienintencionada ridiculez, no evita que la juzgue formalmente como película. La decisión de mostrar otro génesis luego del primero en lugar de tratarlos en paralelo, hace que uno como espectador sienta que lo hicieron retroceder un casillero, teniendo que ver la película empezar de vuelta. Personajes como Bulma o Bills solo están para cumplir con el fan, sin tener ningún tipo de función particular en la historia, arruinando un relato muy prolijo en su minimalismo. Gran parte del planeta se destruye y ni siquiera pudieron tener la cortesía de que algún personaje rellenara vagamente el agujero en la trama diciendo “Todo bien, después le pedimos a Shenlong que lo arregle”. Pero mientras todas estas cosas son detalles, el verdadero y único pecado de esta película es que nunca se plantea que algo esté en juego.

La pelea de los protagonistas no es a muerte. Nadie está buscando activamente conquistar el planeta. No hay cuentas regresivas, promesas ocultas o vueltas de tuerca inesperadas. Estos dos dioses guerreros se trenzan en combate durante el sesenta por ciento del film sin ninguna dirección aparente. Nadie jamás está ni a punto de perder ni ganar y, sabiendo ya desde hace años que estas personas se arrojan supernovas en la cara diariamente porque lo consideran divertido, este combate no deja de sentirse como tan solo un día más en la vida de Goku y sus amigos.

El verdadero Saiyajin legendario.

Por su propio bien, esto no termina de hundir a la película. Todo lo bueno de su arte, su humor, su acción y su musicalización, termina demostrando que desde un principio esto siempre buscó ser un espectáculo más sensorial que narrativo. El guión no es más que una excusa y mal que nos pese, a veces las excusas son muy buenas y no se les puede discutir.

Dragon Ball Super: Broly es una peli para todo fan de la saga. Tiene la suficiente cantidad de elementos nostálgicos y modernos, conoce sus fuertes, sabe lo que el público quiere y por encima de todas las cosas, se anima a seducirnos con aires de cambios, al canonizar al personaje que le da nombre a la película.

Diría, de todos modos, que lo que más me gusto fue como este personaje cuyos valores eran un conjunto de falencias, pudo tomar todo otro color al ser dotado de humanidad. Hasta me animé a ver en los ojos de Goku el momento donde lo reconoce como un digno sucesor. No soy tan inocente como pensar que eso podría pasar, pero hace años que Dragon Ball no me hacía plantearme teorías conspirativas como si habláramos de Westworld o de Game of Thrones. Y si eso no es volver a enamorarse de una ficción, yo no se que es.

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