Nadaremos, nadaremos
Análisis

ANÁLISIS | Aquaman

James Wan se la juega y se va hasta el extremo para contarnos del orígenes del rey de los Siete Mares. 

Avatar de Jessica Blady

Por: Jessica Blady

James Wan tenía pocas opciones a la hora de rescatar el orgullo (y la dignidad) de un personaje no muy bien visto por la cultura pop y, tal vez, el más trolleado dentro del panteón superheroico, al menos el de DC Comics. Su apuesta, ir a todo o nada para contarnos los orígenes del héroe y la vasta mitología de Atlantis y sus siete reinos.

Las posibilidades son infinitas pero el director, acostumbrado al género de terror -hablamos del responsable de “El Conjuro” (The Conjuring, 2013) y su secuela, entre otras cosas-, se decidió por la parafernalia visual, una aventura cosmopolita bien al estilo de Indiana Jones y los clásicos de la década del ochenta, un poco de drama shakesperiano (drama, no tragedia, porque a Wan no le interesa sumergirse en la oscuridad que el DCEU heredó de Zack Snyder) y esa fascinación por los relatos legendarios de la cultura grecorromana.    

“Aquaman” (2018)  es todo esto y mucho más, y aunque al leerlo parezca un rejunte de muchas cosas, el relato funciona, justamente, por su extraña mezcla de géneros y su capacidad de abrazar el “ridículo” (y hasta cierta cursilería) de un personaje que, entre otras cosas, ‘habla con los peces’. Así, Wan logra que cada una de esas imágenes risibles adquieran épica en la gran pantalla y nos entrega una de las películas comiqueras más entretenidas y sobrecargadas de los últimos tiempos.  

 

 

La historia de Arthur Curry (Jason Momoa) arranca mucho antes de su nacimiento, en Maine, donde papá Tom (Temuera Morrison) –cuidador de un faro- descubre a la inconsciente y malherida Atlanna (Nicole Kidman), princesa fugitiva que acaba de escapar de un matrimonio arreglado, cerca de la costa. Como buen caballero, cura sus heridas y pronto descubre que la chica tiene algo especial.

Dejando de lado el hilarante choque cultural, Tom y Atlanna no pueden evitar enamorarse, y el fruto de este romance prohibido, el pequeño Arthur, podría convertirse en el nexo que una a dos mundos muy diferentes. La felicidad de los Curry dura poco, y mamá decide volver a Atlantis con el único objetivo de proteger a los suyos.       

El tiempo pasa, Arthur se convierte en el gigantón medio bruto que conocemos y, tras los eventos de “Liga de la Justicia” (Justice League, 2017) intenta seguir por el buen camino, dando una manito, ahí donde el océano lo necesite. A los ojos del mundo, Aquaman sigue siendo un mito urbano, pero siempre está el freak que quiere creer que existe, al igual que la Atlántida perdida.

 

Este Arthur la cancherea

 

Entre sus actos heroicos, Curry decide frenar los planes de una temida banda de piratas con ganas de secuestrar un submarino ruso y toda la tecnología que cargan con ellos. El encontronazo es violento, y aunque logra salvar a la tripulación, las decisiones del héroe –tomar nota de la cagada que se manda- le ganan uno de sus más grandes enemigos. Así se produce el primer choque entre Arthur y David Hyde (Yahya Abdul-Mateen II), un antagonista con muy buenas razones para abrazar el alter ego de Black Manta y jurar venganza contra el protagonista.

Punto para Wan que nos entrega dos villanos bien justificados. Los argumentos de Manta son estrictamente personales, los de rey Orm (Patrick Wilson), bueno, tampoco podemos culparlo por todo ese resentimiento que acumula por los humanos, tan predispuestos a contaminar las aguas.

El actual monarca de Atlantis sólo necesita una excusa para atacar la superficie, pero también el apoyo y consentimiento del resto de los gobernantes como el rey Nereus (Dolph Lundgren) o el rey Ricou (Djimon Hounsou), regente de los pescadores.

 

Los hermanos sean unidos, ¿o no?

 

Ante la guerra que se avecina, Mera (Amber Heard), hija de Nereus y prometida de Orm, decide ir en busca de Arthur para que trate de reclamar un trono que le pertenece por derecho. Y sí, Curry y Orm son hermanastros por parte de madre, dos completos extraños que van a empezar su relación con el pie izquierdo.

Arthur no tiene ninguna intención de convertirse en rey de una civilización que persiguió a su mamá y no lo quiere por su condición de mestizo; Orm aborrece todavía más la idea, y a su propio hermano, por representar todas las debilidades de una raza inferior. Igual, está decidido a hacer estallar el conflicto y sólo Aquaman puede detenerlo. ¿Cómo? Atravesando su propia epopeya plagada de peligros y obstáculos, no muy diferente a la de cualquier titán de la mitología griega, y abrazando esa condición de héroe que tanto quiere esquivar y que cree no se ajusta a su naturaleza.  

De ahí que a Momoa le calce tan bien el personaje de superhéroe imperfecto y, por momentos, un tanto patético. Ojo, el pibe tiene todas las condiciones y es más inteligente de lo que parece a simple vista pero, ¿cómo podemos creer en él si él no cree en sí mismo?

Este es el papel que le asigna Wan y los guionistas David Leslie Johnson-McGoldrick y Will Beall, un tipo que actúa con naturalidad y se emborracha sin reservas, que tiene el temperamento a flor de piel y el humor como arma de defensa, pero que también se preocupa por sus seres queridos y no piensa darle la espalda a los más débiles, en este caso, los humanos, ignorantes totalmente de que bajo sus pies se alza una de las civilizaciones más tecnológicamente avanzadas, y un universo de criaturas marinas que son la envidia de James Cameron.

Mientras Arthur y Mera recorren el mundo en busca de aquello que puede detener a Orm y sus ganas de conquista, el director nos pasea por casi todos los reinos de la Atlántida, su rica historia y mitología, mezclando relatos milenarios, héroes de antaño, monstruos marinos y la imaginación desbordada, una jugada maestra y la única solución para un superhéroe tan vapuleado.

A Indiana Jones le gusta esto

“Aquaman” es, ante todo, una aventura súper entretenida, y una historia familiar que se cruza con otra cargada de venganza. La naturalidad de Momoa es la clave para no tomarnos las cosas demasiado en serio, y así y todo, adquiere sentido en medio de tanta locura visual. Sepan disculpar, pero no es tan fácil explicar con palabras ciertas escenas de batallas al estilo de “El Señor de los Anillos” (Lord of the Rings), aunque con la estética de los mundos de “Avatar” (2009). ¿Confundidos? Igual, estas cosas no se explican, se disfrutan en una buena sala.       

Es imposible llevar esta historia a la pantalla sin las herramientas digitales. “Aquaman” explota de CGI, pero la calidad del mismo y la cámara de Wan  nos sumergen en este universo computarizado sin ningún problema. Las escenas de pelea, las persecuciones y los enfrentamientos bajo el mar, curiosamente, funcionan mucho mejor que los desplieguen en tierra. Igual, celebramos la elección de no destruir el continente y dar los golpes necesarios para que se entiendan las justificaciones y las consecuencias. ¡Aguante ese mensaje ecológico!

 

Queremos que Mera se junte con Diana

 

Esta es una historia que, prácticamente, se circunscribe bajo el agua sin involucrar de forma directa al mundo de la superficie (aunque sean el objetivo primario). De ahí que “Aquaman” sea una historia tan diferente del resto del Universo DCniano que, al igual que “Mujer Maravilla” (Wonder Woman, 2017), brilla y se destaca porque se aleja de este formato de franquicia extendida que, en este caso, sabemos, que está mal construido. La “independencia” argumental y el no tener que rendirle cuentas a una trama más grande, es la clave para la libertad creativa de Wan que hace lo que se le canta con el personaje, como lo hizo Patty Jenkins con la princesa amazona. Este es el camino correcto para el DCEU (o Los Mundos de DC, si lo prefieren), que seguirá con “Shazam!” en abril de 2019.

Les advertimos, “Aquaman” no escapa a la cursilería y cierta ingenuidad que no parece propia del siglo XXI. De ahí que combine tan bien con su estilo de aventura ochentera, donde un personaje como Mera puede ser la guerrera más experimentada, o una dulce princesa, no tan diferente a la Ariel de “La Sirenita” (The Little Mermaid, 1989).

Wan jamás fuerza el mensaje feminista y pone a sus protagonistas a la misma altura que sus contrapartes masculinas. Atlantis es una sociedad que se rige por reglas un tanto arcaicas, pero las reglas se hicieron para romper y la heredera de Xebel se asegura constantemente de ello. Amber Heard es una grata sorpresa, como lo de Kidman que nunca había brillado como heroína de acción, y ni hablar de cierta voz legendaria convertida en el bicho más fiero de las profundidades.    

 

Y no, mucha pinta de héroe no tiene

 

“Aquaman” tiene un elenco que funciona a la perfección, tanto héroes como villanos. Su punto más fuerte es el humor que se desprende de las situaciones, su sentido aventurero, y una verborragia visual que se puede apreciar en todos sus matices, aunque por momentos nos inunde el cerebro. Tal vez carece un poquito de emoción como otras entregas de del DCEU, pero esa no es la idea principal de Wan, que igual logra conmovernos y sorprendernos con las imágenes más épicas para un superhéroe que, de esta forma, empieza a cerrar unas cuantas bocas.

Lo mejor: no se trata de ese rubiecito de las viñetas, sino de un actor que desde su genealogía (hablamos de un oriundo de Honolulu, mezcla de alemán, irlandés y nativo americano) encarna perfectamente las dificultades, los retos, la discriminación y, muchas veces, la falta del verdadero lugar de pertenencia que atraviesa el “mestizo”, aunque acá sea mitad humano, mitad atlante.        

En esta nota

Comentarios