ANÁLISIS | A dos metros de ti
Análisis

ANÁLISIS | A dos metros de ti

Adolescentes enfermos y enamorados. Hay un lugar especial en el Infierno para los responsables de estas historias. 

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Por: Jessica Blady

Qué fetiche tan extraño tienen los representantes del Young Adult al construir sus historias a partir de adolescentes con enfermedades horrendas e incurables, ¿no? “A Dos Metros de Ti” (Five Feet Apart, 2019) parece un relato salido de la cabecita de John Green, pero hasta “Bajo la Misma Estrella” (The Fault in Our Stars, 2014) tiene un poco de decencia y credibilidad a la hora de querernos manipular con sus tramas románticas y lacrimógenas. Entendemos que hay muchos jovencitos que atraviesan esta realidad y también quieren verse reflejados en la pantalla, pero el nivel de fantasía (e incoherencia) que maneja la película dirigida por Justin Baldoni, es todavía más grande que el de toda la saga de “EL Señor de los Anillos” y “El Hobbit” en maratón continuada.   

Baldoni, más conocido por su faceta de actor (“Jane the Virgin”) que, de esta manera, debuta en la pantalla grande, nos mete de lleno en la historia de Stella Grant (Haley Lu Richardson, genial en “The Edge of Seventeen”), adolescente que sufre de fibrosis quística y vuelve al hospital para pasar una nueva estadía en tratamiento. Stella sigue en contacto con sus amigas, es aplicada con su rutina, sus medicamentos y sus estudios, y tiene una gran relación con los médicos y enfermeras, a los que parece conocer de casi toda su corta vida. Sus días pasan entre las paredes de la clínica, visitando a los bebés recién nacidos de la nurserie y sociabilizando con Poe (Moises Arias), amigo y compañero de FQ desde que tenía unos siete años.

Claro que la amistad se da un tanto a distancia, ya que los portadores de este padecimiento deben evitar todo contacto y permanecer, por lo menos, a dos metros de distancia para disminuir el riesgo de cualquier infección cruzada. Stella es muy de seguir las reglas porque tiene la intención de seguir viviendo, más allá de que los pronósticos y las probabilidades siempre estén en su contra. Por lo pronto, se dedica a crear aplicaciones y filmar videítos con sus propias experiencias para poder ayudar a otros chicos enfermos.

Su estricta rutina se pone patas para arriba cuando llega Will Newman (Cole Sprouse -el Jughead Jones de “Riverdale” o el Cody de “Zack y Cody”, si lo prefieren-), un jovencito bastante pesimista que viene a someterse a un tratamiento experimental porque lo de él, es todavía más raro y complicado. Su actitud ante la vida no le cae muy bien a su compañera de piso y, por algún motivo, Stella siente la necesidad de controla cada aspecto del día a día de este nuevo compañero. Antes de darse cuenta, ella ya le acomodó la habitación y la bandeja de medicamentos, a cambio de convertirse en modelo para sus dibujos y caricaturas.  

Los días pasan y la amistad va creciendo. También algo más, pero el contacto físico entre ellos está estrictamente prohibido, incluyendo darse las manos con los guantes descartables bien puestos (no, no es una metáfora para condones, hablamos de guantes de latex reales).

“A Dos Metros de Ti” cae en todos los lugares conocidos de este tipo de relatos romántico juveniles, pero a diferencia de muchos de sus congéneres cinematográficos (o literarios, acá no se trata de una adaptación), carece de toda verosimilitud y obliga a sus protagonistas a atravesar varias situaciones ridículas, sí, incluso más que las que viven los personajes de una película de terror genérica. Se supone que estos chicos son menores de edad (Will está a punto de cumplir los 18 y quiere tomar las riendas de su vida), viven básicamente dentro de un hospital y sus padres apenas se ocupan de ellos. O sea, que guionistas desalmados (¡hola Mikki Daughtry y Tobias Iaconis!) permiten que muchachites con enfermedades terminales no sean mimados y apoyados por sus progenitores.

Manteniendo la distancia

La ausencia paterna es el menor de los problemas de una narración que, en lugar de conmovernos, nos arranca varias sonrisas cuando los clichés y los momentos estúpidos se acumulan peligrosamente, sobre todo en el clímax de la película. Por supuesto que no puede faltar el golpe bajo, los protagonistas en constante riesgo y un romance fugaz que, aunque lo queramos, no puede concretarse PORQUE SE PUEDEN MORIR, ENTIENDEN.

Si bien la historia se hace eco de los síntomas y pormenores de convivir con FQ, no creemos que ayude positivamente a los pacientes y sus familias. Lejos de crear consciencia, la enfermedad es una mera excusa para mantener a estos dos tortolitos alejados (más divertido era “El Chico de la Burbuja”), y hacer hincapié en la necesidad del contacto físico.  

Lo único rescatable en este mar de ridiculeces e inverosimilitudes es la actuación de Richardson, quien se carga casi toda la película al hombro, tratando de darle sentido a la trama y su personaje. Una tarea bastante difícil que, en última instancia, nos hace extrañar un poquito a Hazel (Shailene Woodley), Gus (Ansel Elgort) y su romance.

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