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ANÁLISIS | Stray, una corta pero emotiva aventura

Mi primera mascota la tuve recién a los 11 años. En mi casa no querían perro y otros animales tampoco estaban en los planes. Pero una tarde un gatito bebé se nos pegó a mí y a mi hermana y desde ese día no volví a pasar un sólo segundo sin un gato como mascota. Legui (así se llamaba esa primera mascota que me acompañó durante 16 años) era bastante jodido con el resto del mundo, pero yo sentía que tenía una conexión especial. Probablemente esto le sucede al 90% de las personas que tienen gatos, así que no estoy llegando a ninguna conclusión reveladora, pero esa sensación de que cuesta ganarse el cariño de un felino y que no le demuestran aprecio a cualquiera que se les cruce es aquello que los vuelve tan fascinantes.

Son una compañía constante pero con un nivel de independencia que se adecúa perfectamente a una vida donde probablemente estemos haciendo más de una tarea a la vez; de hecho a la hora de escribir este análisis tengo a Eevee y Lilo encima mío en el sillón. Escribo todo este preámbulo para que quede claro que un juego protagonizado por el gatito virtual más detallado y adorable hasta la fecha no iba a pasar desapercibido en cuanto a mis juegos más anticipados para este año. Lo mismo le sucedió a la internet toda, donde los gatos son reyes totales protagonizando todo tipo de memes y videos en TikTok.

STRAY: ¡El esperado Juego del Gatito! ¿Cumple las expectativas?

Sin embargo no alcanza con tener a un michi en la tapa para generar semejante nivel de hype; Stray se convirtió en un abanderado del poder que puede tener un buen trailer colocado en el evento digital adecuado. Cuando lo vimos por primera vez en el showcase de presentación de la PS5, el juego desarrollado por BlueTwelve Studio se destacó no sólo por tomar la particular decisión de tener a un gato como su protagonista, sino también por lo atractivo que resultaba a nivel visual. Estamos en una época donde estudios chicos y con bajos presupuestos pueden crear obras que sean sumamente destacables en lo audiovisual.

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Lamentablemente en muchas ocasiones esto crea unas expectativas poco realistas o se le ponen mochilas demasiado pesadas a títulos que en otro contexto y en otro época pasarían un poco más por debajo del radar. Stray cae preso de todo este cocktail de circunstancias y lo que finalmente tiene para ofrecer es mucho menos de lo que pensábamos en ciertos aspectos como su duración, mecánicas y escala pero cuyo encanto e historia logran justificar una emocionante experiencia. Es un “walking simulator” (un género que en lo personal disfruto mucho) pero donde vamos a estar jugando con un gato; tiene puzzles, alguna que otra persecución, un par de secciones de sigilo y una sola mecánica de pseudo combate, pero principalmente se trata de conocer una historia, desentrañar un misterio y ayudar a nuestro felino amigo en su aventura. Si esperaban algo más complejo, grandilocuente o ambicioso que eso, probablemente terminen decepcionados, incluso cuando no es “culpa” del juego en sí.

La historia comienza cuando nuestro protagonista, un simpático gatito colorado y a rayas, estaba pasando sus días en un mundo retomado por la naturaleza y la vegetación y sin aparentes humanos a la vista. Por ciertos hechos desafortunados que prefiero no spoilear, termina cayendo a las profundidades de una ciudad y queda perdido y desolado. Luego de esta secuencia donde se me paró el corazón unas cinco veces y donde todo era desesperación, este gatito (y por ende nosotros como jugadores) empezará a descifrar cómo volver a la superficie.

Rápidamente nos damos cuenta que algo raro sucede en esta versión del futuro y del planeta Tierra. No hay otros animales y no hay humanos; las únicas otras criaturas son unos bichitos cuya forma y actitud es un homenaje tanto a los headcrabs como a los snark de la saga Half-Life. Una vez que escapamos de nuestro primer encuentro con estos enemigos, llegamos a un barrio poblado por androides que demuestran ser mucho más avanzados y conscientes de lo que uno creería. Con la agilidad propia de un gato callejero, vamos a ir saltando de plataforma en plataforma de manera automática con sólo apretar un botón y recorriendo esta extraña locación. Stray plantea un manejo de nuestro personaje muy fluido e intuitivo y aunque no es lo más común controlar un personaje en cuatro patas en un videojuego, se siente muy cómodo y familiar al poco tiempo de haber empezado a jugar.

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El mundo de Stray plantea una humanidad inexistente pero su legado cultural es retomado y en muchos casos preservado por esta serie de robots. Esta es una manera en la que el juego le escapa a lo trillado que pueden resultar ciertas temáticas referidas a inteligencia artificial y a la eterna pregunta de qué significa estar vivo. Cómo los robots de este mundo han logrado recrear y programarse emociones, sentimientos y personalidades elimina de manera bastante obvia ese interrogante: ellos son los nuevos habitantes de este planeta y sus preocupaciones, jerarquías, derechos y obligaciones son tan válidas e importantes como lo eran las de los humanos. Es sumamente interesante explorar cómo los aspectos culturales del extinguido mundo de los humanos y del actual mundo de androides se fusionan para darnos una versión distópica pero que sigue teniendo los mismos conflictos que nuestra vida real: pobreza, desigualdad, opresión, corrupción, discriminación, etc. Stray hace un trabajo narrativo muy interesante a la hora de fabricar las reglas, ideología y cultura de su universo.

En ese contexto era de esperarse que la llegada de un gato no fuese recibida con indiferencia y por eso la mayoría de los robots intentarán ayudarnos en nuestro viaje hacia la superficie. Nuestro principal compañero en esta travesía es un drone llamado B-12 que será nuestro nexo, traductor y principal herramienta de interacción con el universo tecnológico que nos rodea. Es quien va a traducir todos los diálogos y frases que cada robot nos va a ir diciendo y quien se encargue de activar todo tipo de botones o hackear ciertas estaciones. También nos va a permitir tener un inventario y entregar aquellos items que necesitemos usar para resolver los pedidos de los personajes con los que nos crucemos. Esa es una de las piedras angulares de Stray en materia de jugabilidad: muchas veces necesitaremos la ayuda de otros robots pero estos van a necesitar que les consigamos determinado item o querrán intercambiar uno por otro entre otras variantes. Es en esos momentos donde el juego tiene algunos tintes de aventura gráfica.

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No nos va a costar mucho tomarle cariño a B-12 y Stray hace un gran trabajo en crear un buen vínculo entre nuestro felino protagonista y su acompañante. Es un factor clave que hace que no sólo nos preocupemos por si algo le va a suceder o no al gato, sino también a esta inteligencia artificial; es una efectiva manera de hacernos sentir en constante alerta y con la sensación de que siempre tendremos algo importante que perder.

B-12 pertenecía al viejo mundo y poco a poco irá recuperando la memoria y brindándonos información sobre aquello que sucedió antes de que la humanidad desaparezca. Estos fragmentos de memoria se van recuperando a medida que accedemos a ciertos lugares o vemos algunos elementos que despiertan estos recuerdos. Son objetivos secundarios que podemos decidir perseguir y buscar pero que terminan siendo fundamentales para entender qué ocurrió en la realidad que plantea Stray. Son una buena recompensa para nuestra curiosidad, lo cual tiene sentido a nivel temático y por estar controlando a un gato, pero quizás me hubiera gustado secciones de plataformas o puzzles un poco más complejos para alcanzarlos.

Esa es la sensación con la que Stray me deja a la hora de analizar todos sus aspectos estrictamente jugables. El misterio, el armado del mundo, el desarrollo de personajes, lo variopinto de cada uno de los robots y sus personalidad es absolutamente fascinante; la manera en que muchas veces interactuamos con ese mundo o cómo llegamos a destino es un poco más mundano. Ninguna sección de plataforma requiere que pensemos mucho, ningún puzzle es particularmente complejo y las secciones de sigilo simplemente cumplen. Por suerte los desarrolladores tomaron la sabia decisión de no obligarnos a realizar durante un tiempo prolongado el mismo tipo de acciones y nada dura más de lo que debería (una filosofía de diseño de juego similar a ciertos juegos de Nintendo o incluso de la saga Half-Life).

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Lo que rescata a Stray no sólo es su historia sino su apartado técnico y su dirección artística, dos patas que cuando actúan en sintonía elevan a juegos que de otra forma podrían resultar olvidables. La obra de BlueTwelve Studios es sumamente atrapante, misteriosa y capaz de crear atmósferas únicas que nos producen todo tipo de emociones. Desde alcantarillas perturbadoras, pasando por barrios precarios pero con mucho corazón y hasta llegando a zonas urbanas llenas de vida y repletas de detalles en las que podríamos pasar horas y horas. Sin tener una búsqueda fotorealista, Stray opta por crear locaciones estilísticas y con mucha personalidad; es una pena enorme que no haya venido con un modo foto que le haga justicia a los increíbles ambientes que vamos a atravesar.

Cada robot, cada ropa, cada mueble, bar, departamento o pintada en la calle cuenta una historia en sí misma y está en nosotros indagar en los detalles que esconden y la información que tienen para darnos. Lamentablemente la manera de interactuar con cada uno de esos elementos no está a la misma altura y todo se reduce a un puñado de posibilidades que no brindan mucho lugar a la creatividad o a la improvisación.

La buena noticia es que cada una de esas acciones las va a ejecutar un gatito por el cual me sacrificaría sin dudarlo ni un segundo. Es espectacular el trabajo realizado en Stray en materia de animación y detalles audiovisuales que ayudan muchísimo a la inmersión. Este gato se mueve y se siente como cualquiera de la vida real; bastaba con simplemente mirar por el pasillo a una de mis gatas tomando agua para no encontrar diferencia cuando veía al protagonista de Stray hacer lo mismo. Cada vez que se estiraba, acostaba, saltaba o rascaba podía ver el amor y el respeto que el equipo de desarrollo muestra por estos entrañables animales.

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Es tan bueno lo que lograron en cuanto a animación que vamos a sentir aún más apego y cariño de lo normal por el personaje. Pero el efecto más importante que me generó en lo personal fue el hecho de por momentos tratar de pensar qué haría realmente un gato en esas situaciones e impulsarme a “rolearla” un poco. Si había un lugar para rascarse las uñas, me detenía y lo hacía, incluso cuando no era necesario o parte de ningún puzzle; si encontraba un lugar para tirarme a dormir me tomaba unos segundos para que este adorable amigo pudiera tomarse un descanso y ronroneara un poco. Al tener un botón designado para poder maullar en todo momento, no sólo lo hacía cuando el juego lo requería para interactuar con otros personajes, sino también cuando sentía que el gato se podría estar quejando o queriendo demostrar cierta emoción a lo que acababa de suceder.

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Cada uno de estos movimientos, maullidos, saltos y ronroneos están exaltados por un muy buen aprovechamiento de las capacidades del DualSense. Si bien no es un juego exclusivo de PlayStation 5 (también está en PS4 y PC), hay un énfasis en lo que tiene para ofrecer el control de Sony, sobre todo a la hora de usar su parlante y sus gatillos. Es uno de los tantos detalles que hacen de Stray una de las experiencias audiovisuales más atractivas de este año.

Lo que todavía no sé cuán unánimemente va a ser recibida es la duración de este juego. Siendo bastante meticuloso y recolectando prácticamente todas las memorias secundarias de B-12, Stray me llevó 5 horas y 20 minutos para completarlo. Si bien este género suele manejarse con esos parámetros de duración, no deja de sentirse un poco abrupta su conclusión, sobre todo cuando la última locación del juego es la más corta y hasta por momentos resulta algo apurada. La corta duración también deja en evidencia lo poco que en sí terminamos realizando en materia de mecánicas y secuencias: dos o tres lugares para charlar con personajes, recorrerlos y realizar puzzles y luego una gran secuencia de escape/combate y otro par basadas más bien en el sigilo.

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Si bien son mayormente entretenidas y efectivas, tampoco son momentos que no hayamos visto en muchísimos otros juegos ni nada extremadamente apasionante. Escondernos de un par de drones de seguridad o esquivar a unos bichos que quieren hacernos daño no es nada particularmente memorable. Por supuesto que tanto el hecho de controlar a un gato y estar en ambientes con una dirección artística de primer nivel ayudan pero no son más que un precioso exterior para un humilde interior.

Así y todo, Stray es un juego con un corazón enorme. Incluso en un mundo repleto de robots logra transmitir una calidez, una humanidad y una bondad que, si conectamos con la historia y su universo, nos va a compenetrar y comprometer con cada uno de sus enigmas y temáticas. Todo esto bajo la mirada de un gato que llena de esperanza y motivación a todos los personajes con los que se cruza; es notable el cariño que le vamos a tomar a NPCs con los que quizás pasamos tan sólo media hora pero que sentimos que conocemos desde hace años. Este gato es el vehículo a partir del cual muchos robots comienzan a encontrar un nuevo propósito y en ese aspecto Stray es un éxito a la hora de contar una historia que nos interpela a nivel emocional.

Si nos quedáramos sólo con lo adorable que es nuestro felino compañero, le estaríamos faltando el respeto a todo el genial trabajo narrativo que realizó el equipo de desarrollo. Con un par de mecánicas adicionales y un poco más de variedad en los puzzles estaríamos hablando de un producto superior y de lo más interesante del año; pero eso no significa que no valga la pena esta experiencia ni mucho menos. Stray, así como lo son los gatos en la vida real, no pretende ser perfecto y si lo sabemos apreciar, vamos a encontrar una compañía que nos va a llenar el corazón.

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STRAY

19/7/2022 (PC, PS4, PS5)
7.0