ANÁLISIS| Máquinas Mortales

En mi caso particular, le doy más valor a una película fallida, pero con una premisa original, que a un rejunte de cosas que ya se han visto una y mil veces. La aventura espectacular cargada de efectos especiales y lugares comunes ya no suele tener impacto, sobre todo en una era y en un público expuesto a tanta demanda audiovisual. El problema principal de “Máquinas Mortales” (Mortal Engines, 2018) es su intrascendencia, su falta de originalidad, y su insistencia con querer atraparnos y conformarnos con un relato que no tiene absolutamente nada que ofrecer.

La culpa la puede tener el material original -la novela homónima de Philip Reeve, publicada en el año 2001-, o la adaptación a cargo de Fran Walsh, Philippa Boyens y Peter Jackson, curiosamente, los responsables de una de las mejores trilogías épico-fantásticas que nos dio el ultimo milenio: “El Señor de los Anillos” (The Lord of the Rings).

A ningún realizador se le ocurre hacer algo malo a propósito, sobre todo con tantos millones en juego (la película tiene un presupuesto estimado de cien millones de dólares), una doble responsabilidad para Christian Rivers, mago de los FXs y ganador de un Oscar por “King Kong” (2005), que acá debuta detrás de las cámaras. Por eso, la palabra que define mejor a los responsables del film es: perezosos, ya que invierten demasiado tiempo en el aspecto visual, y se olvidan de desarrollar un argumento y personajes interesantes.

 

   

Imposible transitar las más de dos horas de película sin que cada una de sus partes nos recuerde a algo. Ojo, esto pasa con el 90 por ciento de los estrenos, pero Rivers y compañía se olvidan hasta de las sutilezas y, encima, nos engañan, haciéndonos creer que estamos ante una historia post-apocalíptica con mucho olorcito a “Mad Max” y toda la estética del steampuk. Tomemos todos estos conceptos con pinzas, ya que después de su primera media hora, y una persecución espectacular al ritmo de los tambores de Tom Holkenborg -y sí, el mismo de “Mad Max: Fury Road”-, la narración se estanca y nos mete de lleno en una historia de poder y venganza, de buenos y malos, de destrucción cíclica y, claro, un poquito de romance.

Estamos ubicados más de mil años en el futuro, después de la llamada “Guerra de los Sesenta Minutos” -un ataque masivo que dejó al mundo en ruinas y lo envió derechito a la Edad Media-, donde los sobrevivientes se reagruparon en ciudades móviles depredadoras, dedicadas a cazar a asentamientos más pequeños en busca de recursos casi agotados. Estos “darwinistas municipales” se expanden por el continente (o lo que quedó de ellos) y se oponen fervientemente a la ideología de “La liga anti tracción”, la cual desarrolló una nueva civilización estática, más allá del Muro Escudo, la impenetrable muralla que rodea a Shan Guo (antigua China).

En este escenario, Londres es un mamotreto gigante que avanza a todo vapor destruyendo todo a su paso. Una ciudad elitista donde las clases sociales están bien remarcadas y los prisioneros suelen convertirse en semi esclavos. Tras apoderarse de la pequeña ciudad minera de Salzhaken, Thaddeus Valentine (Hugo Weaving), uno de los ciudadanos más prominentes de Londres y cabeza de los historiadores, tiene un encontronazo con Hester Shaw (Hera Hilmar), una joven que no se detendrá ante nada para acabar con su vida y conseguir la venganza por la muerte de su madre. El intento de asesinato no se concreta por la intervención de Tom Natsworthy (Robert Sheehan), un aprendiz de clase baja, fascinado con la “antigua tecnología”.

 

La cara de la venganza

 

Como dirían por ahí, pasan cosas, y los dos jovencitos terminan expulsados de la ciudad, viviendo aventuras en un mundo salvaje plagado de carroñeros y rebeldes anti tracción liderados por AnnaFang (Jihae). Resulta que Anna era gran amiga de Pandora, la finada mamá de Hester. La señora, arqueóloga ella, había hecho un gran, una pieza de vieja tecnología que podría volver a poner a todos en peligro. Pieza que ahora está en manos de Valentine y sus ansías de poder.

Hasta ahí no está tan mal, pero “Máquinas Mortales” suma un robot zombie interpretado por Stephen Lang (Shrike), personajes que entran y salen de escena sin ningún peso, y demasiadas previsibilidades y clichés. Sí, desde ese primer encuentro entre Shaw y Thaddeus sabemos por dónde viene la mano y cómo va a terminar esta historia. Nuestro instinto cinéfilo siempre nos pone un paso delante de los realizadores, matando todo suspenso, giro y sorpresa que nos puede tener preparada la trama… porque ya lo vimos en “Star Wars”, en “Mad Max” o en cualquier otra aventura sci-fi que se les ocurra.

Las falencias del guión acá se cubren con una bocha de efectos especiales, una gran puesta en escena y una parejita protagonista con muy poca química. Nada en el trágica historia de Hester nos conmueve, y hasta preferimos quedarnos con la ternura de Tom, un personaje mucho más empático y con pasta de héroe.

 

¿Este pibe no tenía poderes?

 

Ni el carisma de Weaving, y uno de sus tantos villanos exagerados, salvan esta película con dos o tres escenas de acción, muchos arquetipos, algunos flashbacks y demasiada explicación para sentar las bases de este universo que, seguramente, pretende tener una segunda incursión cinematográfica (estamos ante la primera novela de una saga). Con semejante fracaso en taquilla, no creemos que pase, y Rivers se asegura de darle un cierre optimista a su primera obra.