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ANÁLISIS | Dumbo

Disney ya dejó bien en claro que la nostalgia le juega a su favor y que las adaptaciones live action de sus clásicos (y no tan clásicos) animados funcionan a las mil maravillas… en la mayoría de los casos. Veníamos teniendo estrenos esporádicos como “Maléfica” (Maleficent, 2014), “EL Libro de la Selva” (The Jungle Book, 2016) y “La Bella y la Bestia” (Beauty and the Beast, 2017), pero este 2019 promete inundar las pantallas con estas versiones fantásticas y su mezcla de actores de carne y hueso y mucho CGI, para el deleite de muchos y hartazgo de otros.

La relación de Tim Burton con el estudio del ratón es una ida y vuelta de despidos, abandonos, resentimientos, entredichos y muchas colaboraciones exitosas como el comienzo de esta “moda” de la mano de “Alicia en el País de las Maravillas” (Alice in Wonderland, 2010). Desde el lanzamiento de este mega hit -superó los mil millones de dólares en la taquilla internacional-, la carrera del realizador gótico sufrió unos cuantos traspiés (bah, todos), situación que se puede revertir con “Dumbo” (2019), esa historia del elefantito orejudo que, seguro, de chiquito te arrancó más de un llanto descontrolado.

En 1941, y a pesar de los quilombos de la Segunda Guerra Mundial y una huelga de animadores que golpeó a la compañía, “Dumbo” (1941) se convirtió en uno de los grandes éxitos cinematográficos del año, y uno de esos clásicos indiscutidos que los popes del genero señalan como su favorito. Era de esperar que el cuarto largometraje de Disney, basado en el libro infantil de Helen Aberson y Harold Pearl, consiguiera su versión en acción viva, para el deleite de las nuevas generaciones. Sí, el público se renueva y es hora de que los más chicos conozcan al pequeño paquidermo que puede volar.

Muy a pesar de lo que podríamos imaginar al leer su nombre, Burton y el guionista Ehren Kruger (“La Vigilante del Futuro: Ghost in the Shell”) se alejan de las aristas más dramáticas y brutales del relato original (al menos, el que conocemos), y nos entregan una historia familiar para amantes de la magia y los animalitos. Todo arranca en el año 1919 cuando Holt Farrier (Colin Farrell) vuelve de la guerra para reunirse con su familia en el circo de los hermanos Medici. Holt y su esposa solían ser el acto principal, pero ahora debe enfrentarse a varias pérdidas: la de su mujer (durante una epidemia que diezmó a la compañía), y la de su brazo, que ya no le permite montar como lo hacía antes. Max Medici (Danny DeVito), el dueño, le ofrece un nuevo trabajo cuidando de los elefantes, una tarea tediosa, pero que le sirve para reconectarse con sus pequeños hijos, Milly (Nico Parker) y Joe (Finley Hobbins), que perdieron tanto como él.

La crisis económica golpeó al circo y Max espera que su nueva inversión lo saquen de este pozo. El empresario acaba de adquirir una nueva elefanta embarazada (la señora Jumbo) y espera que su pequeño retoño de piel gris se convierta en la atracción principal para atraer al público. Las cosas se complican cuando el pequeño Jumbo Jr. llega al mundo y exhibe las orejas más grandes que se puedan imaginar, provocando las burlas de todos, en vez de admiración y ternura. Las risas y el maltrato hacia el animalito no le agradan a mamá, quien no tarda en mostrar su violencia sobreprotectora. Ya sabemos cómo sigue este cuento, y mientras mamá Jumbo es enviada de vuelta por donde vino, los Farrier se comprometen a cuidar al elefantito, ahora un miembro más de la troupe de los payasos.     

Milly -una entusiasta de los métodos científicos- y Joe son los que descubren la habilidad secreta del paquidermo (ahora rebautizado como Dumbo), capaz de utilizar sus enormes orejas para volar. La popularidad del elefante volador pronto llama la atención de V. A. Vandevere (Michael Keaton), empresario dueño de un imperio del entretenimiento que le ofrece a Medici el mejor trato de su vida.  

“Dumbo” no esconde secretos ni grandes sorpresas, pero tampoco se regodea en el sufrimiento de sus personajes, entregando una historia que conmueve hasta ahí, pero que deja lindas moralejas para los más pequeñines que, al menos, no van a salir traumatizados de la sala. Burton juega a lo seguro (y eso que tiene todo un circo a su disposición) y entretiene, despliega toda su imaginación en los escenarios y la puesta en escena -aplauso, medalla y beso para ESE momento de los elefantes rosados-, aunque no puede escapar de sus clásicos arquetipos tan presentes en la mayoría de sus obras. Acá, el protagonista absoluto es el animalito estrella (pura ternura y magia del CGI), y la familia trunca que va a conectar con él.

Lo de Eva Green y su trapecista, Colette Marchant, es bastante acotado (sorry, chicos) y sólo parece estar ahí por capricho (y fetiche) del director; cada escena de Danny DeVito es maravillosa, recordándonos el gran cómico que es; pero la gran decepción es el villano genérico y bastante torpe de Keaton, una mezcla de P. T. Barnum y el mismísimo Walt Disney (¡ups!) con sus sueños de grandeza. Hay una lectura bastante extraña entre líneas con este personaje y los parques de atracciones que, sorprende, haya sobrevivido a la isla de edición, pero tampoco no es el punto central de la película.      

“Dumbo” tiene todas las de ganar con su enfoque ‘family friendly’, buenos momentos y una gran parafernalia visual, a veces acertada y otras desmesurada. No es lo mejor dentro de la filmografía de Burton, pero sí una mejora destacable de lo que nos viene entregando en la última década. Eso sí, ¿tanto les costaba subtitular la única canción de todo el film?