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ANÁLISIS | Bumblebee

“Transformers: El Último Caballero” (Transformers: The Last Knight, 2017) fue un completo fracaso comercial -excepto por los 228 millones que recaudó en China, siempre salvando las papas de Hollywood- y de crítica, hundiendo la franquicia de Michael Bay hasta lo más profundo (bueh, tampoco para tanto). Paramount Pictures y Hasbro decidieron tomar cartas en el asunto y hacer lo que se estima en estos casos: rebootear la saga y empezar de cero con un enfoque totalmente diferente.

Así, Bay da un paso al costado dejando que Travis Knight se quede con la silla del director. Este realizador debutante en materia de live action es el responsable de la maravillosa “Kubo y la Búsqueda Samurái (Kubo and the Two Strings, 2016), en resumen, un tipo más afecto a la animación que a las historias con actores de carne y hueso… o robots.

La idea de Knight y la guionista Christina Hodson -la misma de “Birds of Prey (And the Fantabulous Emancipation of One Harley Quinn)”- es llevarnos al pasado, más precisamente a 1987, dos décadas anteriores al estreno (y los acontecimientos) de la primera entrega de Transformers, donde en algún lugar de la galaxia, los Autobots liderados por Optimus Prime llevan adelante la resistencia en medio de una guerra civil contra los Decepticons.

 

 

Cybertron está a punto de caer, y la única opción que les queda a los robots bonachones es encontrar refugio en algún otro planeta. El joven y entusiasta B-127 (voz de Dylan O’Brien) debe seguir las órdenes de su líder y partir hacia la Tierra con la esperanza de sentar una base para reagruparse y evitar la extinción de su especie.

Nuestro extraterrestre amarillo favorito tiene la mala suerte de caer en medio de un ejercicio de entrenamiento del Sector 7, una agencia secretísima del gobierno de los Estados Unidos que se encarga de monitorear, justamente, las señales de vida más allá del planeta. Como estamos en medio de la Guerra Fría y la paranoia de los rusos está a flor de piel, el coronel Jack Burns (John Cena) presupone que B-127 es el enemigo y, claro, primero dispara y después pregunta.

Bumblebee logra escapar sin saber que el decepticon Blitzwing le siguió los pasos con la intención de descubrir el paradero de Optimus y los rebeldes. La confrontación pone aún más alerta a los humanos desatando una masacre, y dejando al robotito sin memoria y bastante estropeado. Lo último que B-127 logra antes de apagarse, es tomar la forma de un viejo Escarabajo amarillo modelo 1967.  

 

Yo soy tu amigo fiel

 

No muy lejos de ahí, en algún lugar de San Francisco, vive Charlie Watson (Hailee Steinfeld), adolescente apática que todavía no logra superar la muerte de papá y el hecho de que mamá Sally (Pamela Adlon) haya seguido adelante con su vida de la mano de una nueva pareja. Lo único que quiere la chica (además de que la dejen en paz) es un auto propio, un símbolo de independencia y autonomía bastante difícil de alcanzar.

Todo cambia cuando encuentra a B-127 arrumbado en el depósito de chatarra de su tío Hank, quien lo convierte en su regalo de cumpleaños. Charlie pone manos a la obra para reparar el destartalado vehículo y pronto descubre que su Escarabajo es mucho más que un simple y modesto autito. En el proceso, B-127 se convierte en Bumblebee (claro, porque se parece a un abejorro), y sin recordar mucho de su origen, y sin querer queriendo, envía una señal de auxilio que pone en alerta a los malvados Shatter (voz de Angela Bassett) y Dropkick (voz de Justin Theroux).

Los decepticons enfilan para la Tierra y hacen buenas migas con los agentes del Sector 7, convenciéndolos que Bee es un peligroso fugitivo. Así comienza la cacería, mientras Charlie hace todo lo posible para proteger a su nuevo (y único) amigo.  

“Bumblebee” (2018) es por lejos la mejor película de la franquicia, aunque eso no es mucho decir teniendo en cuenta la debacle de CGI y súper acción descerebrada que nos entregó Bay a lo largo de cinco entregas. Knight y Hodson deciden encarar por el lado más humano, haciendo uso y abuso de cuanta referencia ochentera se les cruza por el camino. Ahí reside una de las constantes (y fatigas) de la historia, una que se agota a los pocos minutos, más que nada, por su eterno exceso musical. Ok, ya entendimos, es 1987 y hay que desplegar todos los hits del momento.

 

Nadie está a salvo cuando se trata de robots gigantes

 

Desde “Transformers” (2007),  Bumblebee se convirtió en un favorito, gracias a su lealtad y “humanidad”, si se quiere. La película explota esta faceta del robotito y su relación con Charlie, en busca constante de una conexión emocional tras la pérdida de su papá. Pero esto ya lo vimos, y con mejores resultados, en “El Gigante de Hierro” (The Iron Giant, 1999), una comparación que no podemos evitar, sobre todo, aquellos que veneramos el “clásico” animado de Brad Bird.

A su favor, “Bumblebee” rescata la inocencia y la aventura de los éxitos cinematográficos de la década del ochenta con una visión más moderna, pero bebe demasiado de sus influencias -alguien dijo “E.T., el Extraterrestre”-, olvidándose de contar una historia un tanto más original. Igual, triunfa a la hora del entretenimiento, de bajarle un cambio a los excesos de CGI y batallas robóticas, pero no logra escapar de los lugares más comunes y los arquetipos, como los soldados malos y los científicos ineptos.

Lo más importante, y destacable, es la personalidad de este abejorro gigante, y su conexión con la humana de turno. Una experiencia mucho más accesible para el público menudo y no tanto para el target gustoso de peleas entre robotitos y desmadres. De eso también hay, pero los enfrentamientos y la destrucción no son el foco para los realizadores que, con esta precuela, intentan cambiar el tono de Michael Bay y, tal vez, acercarse un poco más a la serie animada de mediados de los ochenta.

 

Acá no hay lugar para el romance, ¿o sí?

 

Steinfeld nunca decepciona, es la que se carga la película al hombro y aporta los momentos más emotivos junto a Bee, a pesar de que muchos de los personajes que la rodean sean un tanto caricaturescos. Los efectos, el humor, la banda sonora de Dario Marianelli -que poco se puede lucir entre tanto hit de Música Total-, están puestos al servicio de un relato que no trata de innovar (lo siento), pero sí de borrar el mal sabor de boca de las últimas entregas. Acá, los realizadores se concentran en contar una historia simple y precisa para poder expandir el universo de los Transformers, apelando a la nostalgia que tanto supieron explotar otras producciones como “Stranger Things” o “It (Eso)” (It, 2017).